Vomitividad inteligente

Repito, una vez, los días no fueron lo que son ni el basurero que escribe esta perfecta trompada verbal fue siempre un ruin campo de caricias amargas. Nada de eso. No siempre es posible creer que se piensa de la manera equivocada, no es cosa de acertar o si quiera de leer a los autores del momento. ¿Cómo se escribe la fracción de inmensidad abismada que sutura el rencor? Digamos que si alguna vez la cultura tuviera una finalidad trascendente a su versión capitalista no sería posible indagar las perlas de las ostras de la cantidad humana de artículos de opinión que se reciclan. Nada es más cruel que el sentimiento de insignificancia, quizás también la cortina cerrada de la intelectualidad transgeneracional. Pero ¿viven los intelectuales? ¿Son cumbieras? Podría ser que Kevin Johansen no estuviera sirviendo la mesa para el protagonismo de la ausencia rotunda y plasmada en este cuchitril de emociones. Ni qué decir del poema que hoy no recuerdo de T.S. Eliot o peor aún de la escasa lectura de la tradición inglesa o de la poesía griega contemporánea. Son todos los desfiguros propios de un efervescente mentalismo poco articulado, en el sentido del estructuralismo Saussureano. No comprender más allá de la posteridad y de la omnipostcomprensión. Mejor aún creerse heredero de una corriente autóctona de dubitar, como si el recapitular los estribos que la teoría comunicativa y la función poética del lenguaje permitiera creer legal y legítimo el apéndice focalista: más allá del marximos frustrante, más allá del culturalismo, más allá de la canción que distingue a los clásicos de los románticos, eso que es espectro de confusiones categóricas. Mucho más allá de Lyotard o de los neoconservadurismos, mucho más allá de la postestructuralidad, mucho más allá del poscolonialismo, mucho más allá de este discurso ramplón y generalizante. Esteticismo funcionalista que abre e increpa el acontecer material del desquicio. Corrosiva la memoria y el infértil golpe de páginas amarillas, como las cartas de Rilke al joven poeta o peór aún el fulgor esperanzsdor de la resistencia de Ernesto Sabatto y por qué no omitir a Borges y a Reyes y también, por si las dudas, a Ruben Dario. Omitir el discurso de Neruda cuando recibe el nobel, omitir a José Donoso, omitir todas las tazas de café que tomó Unamuno y que quizá además García Lorca habría superado de no ser asesinado. Quizá también el fulgor trepidante del periodismo de Kipling o mejor aún la colonialización portuguesa en Brasil y Camoens con As Luisiadas. Pero todo es eso y además Balbuena y Alonso de Ercila y también los futuros vestigios que imponen el giro al anglosajonismo de la modernidad: la Universidad de Berlín y los cursos de etnolgía de Frazer antes de la Rama dorada, el apogeo del incentivo abierto y los escombros del realismo junto a los jóvenes poetas simbolistas moribundos. Fumaderos de opio, industria pesada, identidades plurinacionales, como los residuos torpes del occidnete que no es nosotros pero que es nustro. Intersticio.

 

No debería creer que la tradición matemática es menos figurada que la tradición de novelas ilustradas rusas como algunos cuentos de Pushkin. No debería si quiera intentar recordar las revoluciones científicas de Kuhn, porque todo eso habla de mi lectura mutilada de Jüng y su inconsciente colectivo del cual bebo todos los días el licor ácido del fastidio. Ni siquiera podría creer que he leído a Claudio Magris, ni siquiera podría pensar que vendí una antología de Pessoa hace algunos años, ni siquiera podría creer que el México indígena de Juan Pérez Jolote no es más lejano de la realidad que la invención de América de O’Gorman. Tampoco debería sentirme privilegiado por enlistar códigos bibliográficos. No es un rencor auténtico el que me guía ni es tampoco la colección fantasma del marxismo antropológico ni sociológico ni histórico ni filosófico que me rompe todas las veces por dentro y que me dice: pequeño burgués hijo de finales del siglo XX. Nada de eso, ni tampoco los consomes de pollo que pudo haber tomado Alberto Ruy Sánchez cuando se enfermo del estómago o el puchero que tomó Roland Barthes una vez que le cayo mal la comida. No es tampoco el alucinante universo de Arenas ni mucho menos la trunca idea de Lezama Lima que llevo dentro de mi. No es mucho menos el escueto bagaje circunstancial derivado de definiciones filosóficas de diccionarios franceses. No, es algo mucho más allá de la filosofía del mundo de Sofía, algo mucho más allá del eco rutilante de Albert Camus susurrando contra Sartre una serie de payasadas y tampoco es ser mexicano sin poder decir que Bonfil Batalla es un hombre del pasado. Nada de eso. Nada de las querellas gremiales, nada de desfiguros más que los míos que son tradicionalmente falaces. Como un río que se rompe, Heráclito naufraga en mis oídos y roto el curso del agua, el helenismo y Heródoto que se abre y el clasicismo griego de nuevo con Homero y sus poemas o novelas o simplemente su recuerdos escritos. La confabulación tampoco inserta a Octavio Paz con sosiego ni mucho menos estima el cuento de Gonzálo Selorio o los tímidos reflejos que Gabriel Zaid ha plasmado en esta imaginación algoritmicamente cansada. Es quizá el vetigio de Malthus o de Clifford Geertz, el afán del relativismo histórico de Boas, las charlas de café con figuras ausentes de la intelectualidad cosmopolita del siglo anterior y también, por qué no, el cansancio de autores y libros no recorridos. Prospección.

La materialidad abruma el cause que conduce a la lógica paradójica de Erich Fromm, pero también al Tao Te King o mejor aún al I Ching, porque no es sencillo olvidar a Mao Tse Tung ni tampoco recorrer los libros de otra vida, de otro tiempo, de otra persona, sin caer en la tentación de corromper sus interpretaciones. No es quizá el escueto bagaje simbólico de Cassirer ni el aparato teórico de Lévi-Strauss. Nada de eso, no es Anagrama ni Siglo XXI ni Alianza ni Fondo de Cultura Económica ni Paidos ni Gredos ni Gedisa no, no es Ruth Benedicth ni Marguerite Yourcenar ni Guadalupe Dueñas. No son los cuentos de la Alahambra de Washington ni tampoco el teatro de Oscar Wilde ni mucho menos un regalo mal entregado y un capítulo de la novela que narra la muerte de un maestro. No es Bulgakov ni Shakespeare ni Cervantes. No son los hilos abiertos de la ciudadanía letrada ni los atisbos rotos de Heraclio Zepeda en Poesía en movimiento. No es eso ni Carlos Fuentes ni José Emilio Pacheco ni Elena Poniatowska ni Sergio Pitol ni Octavio Paz. No son los acercamiento a la inmadurez personificada en el registro panfletario de lo ignorado. Los atisbos tampoco hablan de los expressos que se tomó Salvador Elizondo ni de los cognacs que bebió Sergio Galindo ni del tequila Don Julio que le regalo Héctor Aguilar Camín a Ángeles Mastreta o José Joaquín Blanco. No es José María Pérez Gay ni Rolando Cordera. No son los años quebrados ni el algoritmo contumaz de la evanescente memoria. No son los estantes de sus libros de otra vida y otra persona sino los desvarios propios de leer a Italo Calvino hace ya muchos viajes de hongos alucinantes y churros de marihuana y nuevas vidas sin drogas ni alcohol y toda la imaginación posible al revivir un cuento peruano sobre un niño llamado Santiago. No es satisfacción ni orgullo. Es una fragancia de todos los días en este provincia de basural.

Inspiración perdida en portales digitales

Así el eco torcido, por rancio,

del galope de una letra rota

es una reunión de frijoles metafóricos

no es el titilo de la luna el que habla

sino la metafísica abrupta del hervor.

Sangran los años el paladar de la historia

las campiñas de la eternidad y los garbanzos antropoides

caminan silentes contra la muchedumbre

solazada hacia la retórica solar.

Costras de avena y trigo son almacenes de ideas

como el año de la garza y los truculentos instantes

del tallarín golpeado en el sancocho de verduras.

El abolengo del eco torcido

es una recámara colindante con el zahuan del sabor.

Trópico de cockteles amarillos por el ron añejo.

Nada es más lúgubre que la fritanga espacial.

Cuestionis ad ego sapientia

Cansancio de años contra los libros equivocados puede ser el síntoma de la frugalidad amorfa, de las tradiciones mezcladas, de este método mío informe y apresurado. Falta de experiencia y colmillo. Exhaustividad infértil y cáscaras de los escasos autores recordados. Toda mi duda, mucho más que cartesiana, es una abismada entidad metódica.

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Naufrago a cada momento con el problema de los géneros literarios. Me pierdo en un instante poético, por teórico y verbal. No logro concitar un hilo que me permuta leer un arsenal de lecturas que ta no explican el mundo. Todo se ha vuelto posterior: posmoderno, poscolonial, pospornográfico, posvanguardista, poshistórico, posoccidental. Todos los alfabetos no permiten lugar a dudas. Los cascabeles de mis letras espasman y conspiran contra una reputación decente. Pierdo toda proporción y veo que la inmortalidad juvenil de la que habló Hazlit ha pasado. Todas las novelas francesas y rusas y latinoamericanas que están en algunos de los estantes de los libreros de esta casa no son mías ni las he leído.

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Y la ausencia de noticias, ese aislamiento voluntario del exterior tampoco ayuda. Ni tampoco el cambio climático ni los sistemas represivos ni el ácido lisérgico ni la cura contra la hepatitis c ni la vacuna del papiloma humano ni ir al dentista ni dejar de fumar ni el imperialismo azucarado de coca cola. Es como la entrañable modernidad cultural de la que no recuerdo más que las películas apócrifas del trash americano. Pamplinas. Cortapisa mi lenguaje y el advenimiento secular de mi sistema filosófico: desobjetivación del materialismo histórico. Virtualismo y pertinencia de un eco humanista que no llegará a madurar.

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El recurso del pastiche

La conquista humana de la tecnología no infiere ni intuye las representaciones ideológicas de sus desarrollos. ¿No es un espasmo la electricidad funcional acumulada? El eco de los hitos ideológicos es una marca compulsiva de las transfiguración colectiva en una masa simbiótica desproporcionada del decibelaje cultural. ¿No es el exceso de lo posterior en todos los terrenos humanos el exceso mismo de la torpeza desarrollista? Siempre que el humanismo se levanta es para defender un conjunto axiológico que deviene de asimilaciones culturales hoy quizás etnocentristas. Pero la vinculación interior entre la tecnología y sus ideologías no es sobre todo maligna ni contraria a un esquematismo naturaleza/cultura sino que se inserta en la contemporaneidad abismada de la globalidad digital. Si la tecnología marca los torrentes evolutivos de las sociedades, su anclaje temporal representa una síntesis de conjunción complexa entre las necesidades individuales y las colectivas.

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Hoy soy silencio

Soy un nombre obtuso
una voz carente de sentido
una mente extraviada.
Soy este presente putrefacto
forma total de la renuncia
a la esperanza y la justicia.
Plenipotenciaria mi desolación
juega conmigo a que soy un muerto.
Titila mi aliento un vaho gris e ingrato.
No tengo con quien llorar ni a quien amar. Ni mis ojos surcan el cielo ni ven las estrellas ni buscan acaso una flor que sonría.
Nada de eso es latido
sino esta costra de años y fracasos.
Hoy soy silencio y me quedo asombrado de esta tristeza de océano que me roba la sal de mis ojos.