Distancia tiempo

Hay escondites ciertos

como torrentes de luz

amalgamados, sueltos.

En la escarpada vida

soñamos y creemos

enmarcar el diario hacer

en la escarcha de la memoria.

Imanes de amores y cuerpos

nos dictan formas y retoños

en el andar que nos cifra.

Personas y momentos

escriben así torbellinos

de imágenes y entonces

cuando caemos en el recordar

fabricamos los límites

de un eco eterno y desvencijado.

En la plenitud de las sombras

partimos el compás del sol

en los tiempos abiertos

que doblegan nuestra inquieta

mirada a un horizonte continente

de las frágiles mareas de la existencia.

Disyunciones

¿Cuánto es dicho ahora

en este mar

de letras y palabras?

Erguimos nuestras voces

contra el espejo de luces

—generaciones entreveradas

sacudimos recuerdos—

pero también callamos

un interior robusto de maquinaciones.

 

Todo fuera

mitad del amor al destino

pero es

maldición

trueque el asomo a las tradiciones

—del registro de Babel estamos inmersos

contra su olvido, siempre, acaso, ronca

imagen que raspa una pulgada de sensatez—

cifradas, encriptadas, desveladas,

mutilación la teoría de leer

los años con la gubia del dolor.

 

Y la tristeza

en los rincones

de las personas amadas

que no te amaron…

Y los reflejos

de reflectores indómitos

cazadores de novedades.

 

En este capitalismo nuestro

de los últimos siglos

somos un segundo horizonte

de fracasos, roturas, marcas.

Yo escribo desde el abigarrado

soplo de un mar quebradizo,

desde el ardor rugiente de un desierto,

desde la fulgente sospecha

de lo intrascendente.

Afila el tiempo

coordenadas inservibles

como juguetes baratos.

¿Somos baratijas literarias?

Sí, también eso, porque

está prohibido amasar instantes

y desde la anchura de la envidia

atraparse, capturarse, entumirse

en traumas anquilosados

como interpretaciones históricas positivistas.

Soy estudiante del Centro de Estudios de las Tradiciones del Colegio de Michoacán generación 2017-2022

He vivido una saturación de memoria personal en muchos niveles, una sobredosis autobiográfica, extenuante, pero también racionalmente poco elaborada. Salí de la preparatoria en el año 2000 y estudie antropología social por casi 2 años. Quería ser, me interesaba ser, antropólogo cultural. Pero fracasé en ese intento, más por méritos propios que por situaciones contextuales. Cuando tuve de nuevo vocación para la universidad estudie letras españolas, donde encontré uno de mis más absorbentes temas de estudio, después de recorrer distintas tradiciones y escuelas. Al final me incliné por la vocación de historiador, iniciando estudios en el año 2012, particularmente por la tradición materna.

El año pasado me involucré en el ingreso al posgrado del ciencias humanas con especialidad en tradiciones del Colegio de Michoacán. Después de un proceso de selección fui admitido como alumno y empezó mi aventura zamorana. Ingresamos al posgrado el pasado octubre y ahora estamos en fase de resultados del trimestre anterior. La experiencia dicta que siempre es bueno colocar en perspectiva, de largo, mediano y corto alcance, las experiencias. Para mí ahora es una oportunidad para desarrollar una investigación original y apropiada.

Me he encontrado con muchas temáticas y situaciones académicas que me remiten a mis dos experiencias universitarias previas a mi desempeño como historiador. Considero que ahora estoy por enriquecer mi bagaje cultural, intelectual y conceptual, primero, pero también frente a un reto personal y académico serio.

Y ese parece el sentido primero de la historia, la investigación.

Teoría del instinto mutilado 5

Donde las nóminas de galardonados

revisten sociedades

otros nombramos otredades,

mitades, somos la oscuridad

contraparte, versificadores

de lo inútil. ¿Pereceremos

en este umbral de basura literaria

de concursos no obtenidos

y de lóbregas retahílas de mustiedad?

Donde otros son todo

nosotros somos nada, nadie,

ningún resquicio de esplendor

porque nuestro tiempo pasó.

Somos otros

contra el fondo roído del lenguaje.

Nadamos en la corriente esbelta

de truculencias y fraudes editoriales,

cabalgamos sinuosos prados

de verborrea y palabrería. Pendemos

cerca del abismo fortuito de la necedad.

Troquelamos la síncopa

que desquicia el alma

porque somos ignorantes

porque no estamos de moda

porque no conocemos el canon

porque al final vomitamos

únicamente

unicidades

particularismos

irrelevantes… como gaviotas muertas

en un muelle californiano.

Todo es cuestión de egos heridos

de grandilocuencia y sensacionalismo

todo es un estéril eco de esterilidades.

Escritores de unicel

somos

aquí

cuando nadie más enquista

nuestra flacidez intelectual,

nuestro raquitismo estético,

cuando sembramos lejanos

del orbe literario presente.

Ya lo dicen otros

como Lipovetski

que nuestro vacío nos induce

a vivir falsamente, a crear falsificaciones.

No merecemos el mote

de literatos o escritores o hombres —y mujeres—

de letras, aunque de letras estemos hechos

y hagamos nuestra vida, libro a libro,

ladrillo a ladrillo. ¿Por qué perder

el pulso y aliento de esta ramplona

apología inservible? No es sólo

como dijeran otros que no hay escalafón

es también el retículo indomable

que digo yo sobre nosotros

que no merecemos una oportunidad

que no valemos un poco de árboles deforestados

es también ese ego nuestro, eso yo

mutilado, desproporcionalmente

reseco, no como Onetti, que sí era escritor,

sino como estos que deambulamos

por el mundo en la farse escritural.

Y perderemos el tiempo

porque el tema del reconocimiento,

dice un autor por ahí escribes o trabajas,

es el tema de la negación de la modernidad:

otros son y para que ellos sean otros no son,

porque las asimetrías perduran, porque

no hay un mundo equitativo,

porque el capitalismo cultural

es más salvaje que el económico

porque merca con emociones y objetos.

Aquí es tarde ya,

tarde como fue

la pretensión de contar este fragmento.

Inútiles también tenemos detractores,

tenemos enemigos,

son ellos, los nombrados

los distinguidos

los reconocidos

los de la nómina, ellos

y ellas, que en su pelea

sobajan, aniquilan y canivalizan

el acto de crear.

Sin sentido

Uno recuerda

ocasiones

en palpitar

de hierbas.

Aromas crecen

fugitivos.

¿Decimos años

que son silencios?

Andamos.

Una cuerda

corrompe

la lontananza.

Adiós

expresar la forma

escueto transitar

mascullando

el elixir del tiempo.

Cronofagia

emblema del alma

ansía, siempre

terminar

como dado

cuadrado:

dislocación también

la certeza disímbola.

Una vida, dos instantes,

tres mitades de quebrantos

nos inducen a decirnos

te amo ¿nos amamos?

Nunca, tú no fuiste tú,

fuiste otra, igual enigma

que guijarro, igual manto

que desvelo. Piedad

escupir osadamente

infamias a las juventudes.

En otras edades

medimos nuestra vida

parecemos también

ocasiones rotas,

pérdida este soplar

a la invención

los espejos truculentos

de la envidia. Destierro

de voces, languidecer

la visión, tormenta

infalible este escondite

que desde la rendija del aire

colinda con los quereres.

Tampoco había alternativa

y todo comulga con el ruido

espantoso: ¿qué de verdad

hubo en la distorsión

si la psique destruyo

desde el principio

el principio del placer? Vida

exclama tan pronto sacudas

los escombros lúcidos de otras

consciencias. Aquí donde esparcir

ideas es cortar el diálogo,

aquí donde camina

una ideología pútrida,

aquí, anacronismo insufrible,

aquí yacemos todos

contra la ventisca soporífera

de instantes carcomidos.

Famélicas cumbres de fama

nos impelen a la acción

¿dejamos de vivir amando?

Soledad es la moneda

que nos escribe porciones

de las noticias en este infierno

de todos los manantiales

noticiosos. Aguardamos mitades

de almas, horarios, eventos,

aguardamos toda la frenética

conducta que nos sacude

la violencia y nos inclinamos

ante el protector instinto

de la esfera que nos atrapa.

Mundo odiar es también ser parte de la vida.