Rómulo Pardo Urías escribe

Sala de cine

Una fila no muy larga. Una sala de cine. Todos jóvenes. Hombres y mujeres. Por ahí quizá algún visitante más allá de los 30 pero nunca más allá de los 50. Vestidos ordinariamente. Todos, ahí. Una sala de cine donde no se venden alimentos. La amplitud del lugar y las butacas cómodas. Ella de ojos grandes y pechos redondos, curvilínea. Él barbado, con frac y anteojos. Todos formados aguardan la señal para ingresar a la sala de cine. Entran lentamente. Antes de ingresar deben desnudarse. Uno por uno se retiran sus prendas, se deshacen de sus ropas en la antesala. Retoman la fila. El boletaje está numerado pero cada quien tiene un sitio según ha ido llegando al lugar. Desnudos entran y toman sus localidades. Se hace una obscuridad como de noche de tormenta y empieza la función.

Ella está sentada junto a él. La proyección inicia. Con la luz que se refleja él voltea a verla y le pregunta sí en el clímax puede hacerlo con ella. Ella menea su cabeza afirmativamente, lo toma de la barba, y le da un beso mientas con su mano toma su pene un momento. Él tiene una erección pasajera. Se separan y vuelven su vista a la pantalla. Una sala de cine, una multitud desnuda, reunidos ahí para tener sexo.

La película llega a su clímax y ella y él vuelven a tocarse. El resto de los concurrentes ha escogido también a su pareja, que por lo común es en este tipo de reuniones la persona del asiento contiguo. Luego empieza la sinfonía de gemidos. La ternura se desborda. Todos son un estrépito de caricias y apasionados besos. Hacen lo suyo. Él a media luz toma sus senos y la sienta en su falo. Ella dándole la espalda se mueve de arriba a abajo, como haciendo flexiones. Voltea y lo besa, mientras siente las manos de él en su pechos que la aprietan. Todos han elegido posiciones distintas, pero todos y todas se retuercen en la gimnasia amorosa. Después llega la quietud y el descanso.

Pasan los créditos. El director es el mismo de la última vez. Sus películas son muy lentas. Pero sirven para la ocasión. Los asistentes se incorporan y lentamente se dirigen a la antesala por sus ropas. Una vez vestidos la congregación se diluye. Él con su frac sale a la calle y se dirige a la esquina. Ella lo reconoce afuera. Sin pensarlo corre hacia él. Lo detiene. Él voltea. Ella lo besa, toma sus manos y las coloca en sus senos, sobre su blusa. Él le dice que la función ya termino. Ella lo sabe. Le da otro beso y le recuerda -te veré aquí mañana-. Se despiden y toman direcciones opuestas. La próxima función quizá tengan otra pareja.

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