Sin el teléfono

Abre la puerta, sus llaves caen al piso, ella corre al baño. Llega, abre la puerta, desabrocha su pantalón y lo baja junto sus calzones. Se sienta. Ha dejado su bolsa en la mesa de la entrada. Las ventanas están cerradas y las cortinas descorridas. Son como las 5 de la tarde. Ha llovido. Una leve oscuridad comienza a incidir en el departamento. Es la planta alta, la más alta del edificio. Mientras orina piensa que el señor de los jugos es buena persona, recuerda que debe ir a comprar la despensa, y de pronto un pensamiento la ataca como flash: olvidó decirle a Jacinto que había cambiado de teléfono. Pasa menos de un minuto. Se levanta, sube sus calzones y sus pantalones. Abrocha de nueva cuenta el botón. Se dirige al lavabo, abre la llave, toma el jabón. El agua cae lenta y está fría. Se observa un momento en el espejo mientras se lava las manos. Nota en la repisa superior la falta de toallas femeninas. Debe ir por la despensa. Piensa en hablarle a Jacinto. Sale del baño y con un caminar como de gato marcha a la cocina.

La última vez que se puso falda estaba muy lindo el día. Puso agua para té, abrió las galletas alemanas que le regalo Claudia, tomó una copita de anís y abrió el periodico en la sección de cultura. Leyó la nota donde se hablaba de la última colección literaria en donde su ex, Antonio, iba a publicar su novela, la que decía era su obra maestra. Ella creía que Antonio debía ser mucho más pendejo que cualquier escritor promedio siempre que había aceptado el contrato con una baja remuneración y regalías variables. Pero así era él, por eso habían terminado. Después leyó sobre la presentación del maestro Jean Françoise Marmontell en el foro del Museo Nacional de Arte. Repetía para sus adentros que seguir trayendo a la intelectualidad francesa a costa de los creadores nacionales era importar basura de las generaciones traumadas por el muro de Berlín. Rió un poco al saber que al maestro Marmontell se le habían roto sus anteojos recién comenzaba su presentación y que tuvo dificultades para realizarla. Una nota más leyó mientras dejaba reposar su té de jengibre, recomendación de su compañera de la maestría de Historia, esa donde encontró que su profesor universitario, Rogelio Pedraza, había recibido el premio al mejor trabajo académico del año por su investigación sobre los flujos migratorios e intercambios económicos entre los Hopis de Nuevo México y los Apaches durante el siglo XVIII en el septentrión novohispano. Se detuvo, sin evitar dejar en el aire una sonrisa por su mentor y amigo, a quien pensó llamarle en el instante. Había apagado ya el té, comido un par de galletas y leído esas notas. Se despidió de la cocina con la gratitud de una alumna que encuentra el premio de ser aprendiz de un gran historiador.

Doblo a la izquierda y en el pasillo haló una silla junto a la mesita, descolgó el teléfono y de memoria marco el número de Rogelio Pedraza. Tuuuuuu, Tuuuuuu, Tuuuuuu: Hola, estás hablando al 56436789 por el momento no estamos en casa, deja tu mensaje. Ante la respuesta de la contestadora, dejó un saludo, un abrazo efusivo y la solicitud de un café en alguna fecha no muy lejana. Colgó de nuevo e intuyó que su profe Rogelio debía estar pasando el fin de semana en Cuernavaca. Dejó en el aire una nueva sonrisa y pensó en Jacinto, en hablarle. Desando el camino del pasillo, doblo a la derecha, entró a la cocina, abrió un estante, tomó una tasa, la puso en la mesa, se acercó a la estufa y con un trapo sostuvo la tetara caliente. La aproximó a la mesa para dejarla encima después de servirse su tasa de té. Se dio cuenta que no tenía miel para endulzarlo y dijo para sí misma, que bueno que Jacinto no tiene mi teléfono.

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Un pensamiento tuyo cuando hacíamos el amor sin que notaras que te observaba y te conozco

Pensabas en la geometría del silencio

cuando nos amamos

frente a la película oriental

aburrida como ostra en un tarro de cerveza.

Presente ciego

Hoy aquí en este país de acero y carne, celebran misa masiva y renuevan la credulidad fanática. Se vive ese énfasis de exageración cuando los hombres mueren hoy. Exageración de su vida y de sus obras, exageración de su certeza y de sus méritos. Los anónimos, nosotros, quedamos inmersos en la dureza de la desatención. Los ánimos también se exageran cuando mueren los “grandes”. Los medianos hacen homenajes a sus ídolos totémicos. Los que siguen aquí intentan plasmar una memoria caudalosa en un instante y de pronto es el sentido manido de la historia como hazaña la que queda inscrita en el evento funerario. ¿Acaso los que estamos aquí, que según los grandes medios, los grupos, las élites, no somos alguien de valor, acaso nosotros no valemos también? ¿No valen nuestras ideas ni nuestros esfuerzos creativos? ¿No valen acaso nuestras lecturas y nuestras predilecciones? No, vivimos la ceguera fanática por todas partes. No hay antídoto contra la idolatría sensacionalista que maneja a las muchedumbres, ora política ora literaria ora televisiva ora académica, idolatría, fanatismo, ceguera, por todas partes. ¿No sabes nada del presente? Ceguera. ¿No leíste al premio Nobel? Ceguera. ¿No sabes quién es la estrella del momento? Ceguera. ¿No compartes la lucha política? Ceguera. Y todo se convierte en un nudo simple en donde no importa si tienes un punto de vista pues estás al margen, en los lindes mismos del acontecer. Ceguera fanática e idolatría masiva.  Se paga el precio de la evasión y la omisión con un aislamiento social crudo pero simple: nadie atenderá lo que puedas opinar o decir o creer o expresar. La anulación rotunda se ciñe sobre los que no participamos en el ajedrez global. Anulación social que conduce a la sociopatía individual. Frustración de los lazos afectivos, mercantilización de las emociones, nulidad, abismo cierto de un punto negro en el perfil blanco de la multitud. ¿Los matices? No son rúbricas de la fábrica social. Nada de eso. Anulada la perspectiva distinta, vivimos el ejercicio de la intolerancia colectiva a lo diferente que se nombra diverso pero es sólo parte del acto demagógico de las cúpulas gobernantes.

Rincón de una hostil penumbra esto que aquí se dice. Penumbra mía, esa nulidad que vivo, anulación interior y exterior, sombras de otros días, mutilación melancólica este sentir bilioso. De pronto te das cuenta que no cabes en el mundo.

composicióncollageañossalud

 

En las librerías de viejo

De pronto tus libros están ahí, pero no son los tuyos,

y yo, que los acomodé tantas veces y ahora no puedo,

los veo y pienso que no he leído nada, que soy un absurdo

lector de refritos y estilos ya superados. Ahí están, esos libros

que también están en la casa, que hablan de ti, que dicen

Margarita. Y las fechas y las vivencias me dicen también

que amigos llegan y otros se van, pero tú, ahí, los libros

las novedades repetidas en las librerías de viejo.

La tradición de adquirir ejemplares buenos me es dudosa.

No soy un buen coleccionista, pero te veo todo el tiempo,

leyendo esas novelas o poemas o ensayos o lo que sea

que leías cuando eras joven y radiante y entregada y eras tú.

Contra el polvo de tu biblioteca, ahora mal acomodada,

yo he traído a los españoles que quizá hubieras reprobado.

También he escrito y escrito y escrito y como tú no publico.

Pero no es el fin del mundo sino el fin de tu neurosis viva en mí.

No es más que eso y creer que un día pude entender algo tuyo

pero no es eso sino los años estos sin ti que so yo todo el tiempo.

Quédense con todo

1403826390964La cosa es que me encuentro perdido en los residuos e imágenes de lecturas que ya no son accesibles al presente. Estoy vivo, en este intervalo de siglo, con la torpeza de mantener una actividad reflexiva dudosa. Mi país se encuentra convulsionado. Muchos jóvenes salen a las calles a protestar. Vamos, a quien le gusta el lado ancho del embudo. Y lo que yo vivo como un trauma de la modernidad es quizá más que un sentimiento individual un pathos y un ethos detectable en nuestras últimas generaciones. ¿Por qué trauma de la modernidad? Bueno, si puede hablarse de una dialéctica entre posmodernidad y modernidad, entre modernidad y antiguo régimen, a manera de eslabonamiento histórico, yo, como parte de un grupo y sector social llamado jóvenes, no tengo en sí una posibilidad de definición generacional. No entró en las estereotípicas clasificaciones ni tampoco puedo vivir en el régimen de la unicidad moderna, no puedo acudir a la multiplicidad interpretativa y ejercer la tolerancia a una supuesta diversidad creativa sin perder, a mitad del camino, los vestigios que puedan dotarme de un nivel de identidad que trascienda todo particularismo y dé paso a la existencia presente. No puedo vivir en un mundo donde las falacias estriban en las antinomías vigentes a una sincronicidad abismada y una diacronía de mutilaciones constantes. No escruto en la argumentación estructuralista de mis vestigios ramplones y de mi séquito furibundo de autores mal digeridos. Es más, por eso mi vivencia es de trauma. Cuando la generación de mis padres trató de ensañarme algunas formas para vivir de pronto un grupo de intelectuales dicen que esas formas fueron vigentes pero están superadas, que ya no valen. Eso sería el giro posmoderno, tajante y contundente. Más aún, aniquilador de la experiencia sensorial y transgeneracional. La urdimbre que teje la relación nieto-abuelos compone, más aún, el trauma de haber crecido viendo caricaturas de los años 50’s y 60’s, creyendo que la dinámica deportiva era la punta más elevada de la creación humana, infiriendo que el éxito, traducido para muchos en cocaina, sexo con modelos y grandes sumas de dinero, era un especie de salvo conducto para la sobre vivencia.1403559340153

Aunado a eso la teorización ecológica que se traslada a la sociedad, esa de los nichos, resta validez a la empiria de mi experiencia: caer en las trampas más hostiles, seguras y verídicas del sistema universalista depredatorio; sucumbir y luego tratar de alzar la cara al futuro nuevamente. Todo es menos la esperanza que se ha vuelto una figuración inocente. De entre las multitudes que cabalgan, crean, proyectan, buscan, un lugar y un espacio en la digitalidad, quizá mis derroteros correspondan a un infructuoso ensayo y error que muchos quizá no tengan. Yo que mutilo mis blogs, que aparezco y desaparezco de internet. Y mucho más que un culto autoinducido, mucho menos que una personalidad ausente, me inscribo en un pliego de incertezas cuando escribo y me enfrasco en todo este recurso de poco fiar. Quién iba a decir que al perder el sitio de nacimiento iba a perderse un camino definido. Los tropiezos engrandecen y los sueños, que pueden ser pesadillas, son también nutrientes fósilisados en la magma del tiempo. Me gustaría mucho más que un simple vamos amigo, tú puedes, un vamos que aún falta poco para que todo sea inútil.

Escuchar la misma música que me gustaba en la adolescencia y ver que todos estos años nadie me ha dicho, oye ten este disco te puede gustar. La restricción, el encierro, la pérdida de contacto con el exterior. Todo, todo, todo está escrito aquí. Soy yo en un intento de sapiencia estéril: mi suicidio, mi sociopatia, mi repugnancia, mi falta de sentido común, el silencio de todos estos años quebradizos, la mejor respuesta a la pregunta más furiosa que pude proclamar vivo: no soy Freud ni tu mamá de la cantante pop Belinda. Noche, esmero, constancia, persistencia de un álgebra poeticocida. Poeticopédica de la sin razón esgrimitatoria. Esgrima de antes y después, como la pesadilla que no se repitió porque se volvió realidad. Todos estos años de gente, dirían Spinetta y Páez. Todo fuegos artificiales vistos un día de la independencia en México en 1991.

La cúspide desproporcionada del fracaso es como una torre de granito contra la que no se puede erguir nadie. No es más en este siglo cuando se puedan concretar los lazos del pasado inmediato. No parece haber más que un legado fortuito que se ensancha: el legado que abre de nuevo todos los peligros de todos los tiempos, los mismo designios destructivistas de cada nueva generación que se hace con el control de la maquinaria y el engranaje de la vida huamana. Noche triste porque en el terreno de la construcción ideológica no hay formas ni salidas decorosas sino porciones torpes del acantilado decantado del occidentalocentrismo. No pienso, no existo, compongo palabras como si fueran atisbos de islas que no significan nada en absoluto. Porciones torpes también. Contra todo lo que pueda parecer una crueldad parecer será cruel en sí mismo.

Adiós constante idea de una utopía realizable. No sé cómo me levanto en los días de primavera, ni como duermo con la cobija de las tristezas amarrada a mi garganta. No sé cómo puedo creer que en una imagen encapsulada de mi vida se queda registrada el proyecto inmenso de mi karma y dharma: la vida pasada quizá era el designio fortuito y la ruptura con el vínculo celestial es también un romper las amarras de lo unificado al orden espiritual. Quizá también debería pensar que soy más que un tendón escupiendo en un teclado. Pero no puedo. Quédense con todo.

Benedetto Croce quote

“Surge una tercera concepción de la crítica: la crítica como interpretación o exégesis, que se hace la pobrecita ante la obra de arte, limitándose a la humilde profesión del que quita el polvo a las cosas, las coloca con buena luz, cuenta anécdotas del tiempo en que fue pintado un cuadro o las cosas que representa éste y explica las formas lingüísticas, las alusiones históricas y los supuestos previos históricos o ideales de un poema. En un caso o en otro, cumplida su misión, esta crítica deja que el arte obre espontáneamente en el espíritu del que contempla o del que lee, que juzgará como le diga su gusto íntimo que deba juzgar”.

Breviario de estética, Espasa-Calpe, Madrd, 1967, p. 79.

Micro XXII

Aquí el sentido es

gritar para adentro

contra el polvo de los recuerdos.

El arco de la tormenta eres tú

Apoplejía de los árboles

es la tarde con las montañas de telón,

amor desenfrenado sin ropa a mitad del lago

-en ese botecito de remos donde nos desnudamos-

y el viento siempre silbando nuestra infidelidad.

¿Amor de unicel o de celofan? Ni flores ni chocolates.

La sintonía es nuestra farsa allí donde remolcamos

el ropaje de los años turbios que nos separaron.

¿Objeto del deseo? Amores con cicatrices ya de viejas

podredumbre de lo inverso: tu juventud y mí vejes.

Nuestra vejes y mí juventud, tu vejes y mí juvenil pérdida

de dirección y prudencia. Todo atardece y las montañas lo saben.

El río ya quedó atrás cuando nosotros somos tormenta.

Lacia la calma se esparce y el golpe de placer

-el bote se mece por nuestras acrobacias-

es la tinta de tus gritos y mi sudor: fantasma

el maridaje de nuestros alientos quebrados

por los años que fuimos madre e hijo sin serlo

y por los días que nos hirieron

y por el amor imposible que hoy realizamos.

Todo es gris en las nubes y la tormenta somos nosotros

que conocemos nuestras edades y nos lamemos el dolor

para hervir nuestro deseo y columpiarnos

-el bote queda tranquilo después del orgasmo mutuo-

en el interdicto que rompemos al besarnos,

al amarnos,

al chuparnos,

al buscarnos,

al tenernos,

al romper los códigos

y ser tormenta de un amor ya viejo

que era imposible igual que nuestro beso.

Encima de todo la tormenta que somos

-el bote es ya un rayo de sol que se extingue-

correr de las personas que nos unieron

que nos separaron

que nos juzgaron

que nos invitaron a ser esta tormenta que somos

este vaivén a mitad del lago desnudo como nosotros

-en el bote no tenemos más cobija que nuestro abrazo-

presenciando el seto que en la costa es apopléjico.

Nosotros carecemos de quietud porque somos lo prohibido.

Pero tú eres el arco de la tormenta

y nosotros somos la flecha de un Cupido

cansado de decirnos: ustedes no deben amarse.

Dicotómica

Lo que pasa es que no existe el olvido. Ni mi memoria es lo suficientemente fuerte ni prolongada ni tampoco es posible mantener el acto evasivo de la realidad. Si la función de la escritura es la memoria, su virtualidad es una configuración para iniciados. ¿En qué pensaban los griegos cuando hablaban de gramática? ¿En qué los latinos cuando hablaban de literatura? ¿En qué es posible descifrar los garabatos de un acertijo alfabético que no rompe el surco semántico de la inmediatez? La memoria tampoco existe, ni la pertinencia dicotómica entre la omisión y el recuerdo. Por eso se trata de rituales cuando se trata de repeticiones. Por eso las normas y los reglamentos de la organización colectiva. Contra los vientos novedosos la cima de las auroras históricas y las eras desprestigiadas de la humanidad.no es tan simple imaginar el muro de los lamentos sincrónicos

¿Falacia? ¿Constricción? Perpetración atómica entreverada: símbolos colapsados y el ojo vidriado por una lágrima. Rotundo fracaso, memoria-olvido. La historicidad es proclive a los años luz de distancia que oscilan entre las galaxias próximas a los desencuentros extrasensoriales. ¿Extrasensorial? La vainilla natural, el cultivo de tabaco, plantaciones de caucho, no sé, invento cada vez un escrúpulo sociológico interrumpido. Desistir de las canciones y los amigos, abrir una trayectoria entrecortada a la repisa de los años. Esquemática torre de libros viejos, esquemática de una heredada estructuralidad falaz, estructuralismo francés, colonialismo intelectual, academicismo de principios del siglo XXI, demasiada ciencia ficción rusa, escasez de un proyecto desobjetivador del materialismo histórico: antagonismos generacionales. Cimarronaje ideológico, astucia de maquinista del trenes del siglo XIX, galope de indio sioux con rifle al costado, imaginario de Lewis Henry Morgan y el evolucionismo de Herbert Spencer. Platos sucios en el fregadero. Escribir, mucho más que un impulso por enaltecer un efigie del tiempo. Redactar, colapso de terquedad hostil. Fatalidad sincrónica de la diacronía universal. Univesalismo y tendenciosa fenomenología del acento castellano. Longitudes recorridas entre los signos arbitrarios del otro vuelto ninguno, diosas prehelénicas sucuben a lo presente y el cuerpo de Adonis es una escultura falsa de David. No es para menos, siempre que se olvidan los autores y las corrientes. Está demás mencionar a la quebrada línea de escuelas faltas de sentido: Fernández Retamar lo había impugnado en los setentas pero mucho más allá de la grandeza poética del genio uruguayo, mucho más allá de la prosa gentil de London o de las pesquisas durkheimnianas sobre la religión, mucho más allá del atisbo longitudinal del presente colgado al retrete de fin de siglo, hay una especie de aroma que se impregna en todos los días que es siempre desigual pero no confunde el atardecer con el oscuro pasaje de Avellaneda en Buenos Aires.

lugar común del intelectual del siglo XXOlvido-memoria distancia dicotómica. Pocilga tenue el ocaso cansino de autores que se vuelven canon. Eso es. Y pensar que a la distancia todo es siempre la misma reproducción social de la que imaginé hablaba Lévi-Strauss aunque no pudiera afirmar nada menos que el testimonial progreso de la decadencia. Arbitrariedad: diremos que no escribimos en ninguna parte y que no publicamos en ningún lado, es más, no nos diremos escritores. Porque ¿a caso el hecho de encontrar la ruta de investigación de tres siglos de crítica e historia literarias son avales de un pensamiento congruente con el presente? Entonces, a la intemperie de lo institucional, el naufragio no es tan grave.