Sin el teléfono

Abre la puerta, sus llaves caen al piso, ella corre al baño. Llega, abre la puerta, desabrocha su pantalón y lo baja junto sus calzones. Se sienta. Ha dejado su bolsa en la mesa de la entrada. Las ventanas están cerradas y las cortinas descorridas. Son como las 5 de la tarde. Ha llovido. Una leve oscuridad comienza a incidir en el departamento. Es la planta alta, la más alta del edificio. Mientras orina piensa que el señor de los jugos es buena persona, recuerda que debe ir a comprar la despensa, y de pronto un pensamiento la ataca como flash: olvidó decirle a Jacinto que había cambiado de teléfono. Pasa menos de un minuto. Se levanta, sube sus calzones y sus pantalones. Abrocha de nueva cuenta el botón. Se dirige al lavabo, abre la llave, toma el jabón. El agua cae lenta y está fría. Se observa un momento en el espejo mientras se lava las manos. Nota en la repisa superior la falta de toallas femeninas. Debe ir por la despensa. Piensa en hablarle a Jacinto. Sale del baño y con un caminar como de gato marcha a la cocina.

La última vez que se puso falda estaba muy lindo el día. Puso agua para té, abrió las galletas alemanas que le regalo Claudia, tomó una copita de anís y abrió el periodico en la sección de cultura. Leyó la nota donde se hablaba de la última colección literaria en donde su ex, Antonio, iba a publicar su novela, la que decía era su obra maestra. Ella creía que Antonio debía ser mucho más pendejo que cualquier escritor promedio siempre que había aceptado el contrato con una baja remuneración y regalías variables. Pero así era él, por eso habían terminado. Después leyó sobre la presentación del maestro Jean Françoise Marmontell en el foro del Museo Nacional de Arte. Repetía para sus adentros que seguir trayendo a la intelectualidad francesa a costa de los creadores nacionales era importar basura de las generaciones traumadas por el muro de Berlín. Rió un poco al saber que al maestro Marmontell se le habían roto sus anteojos recién comenzaba su presentación y que tuvo dificultades para realizarla. Una nota más leyó mientras dejaba reposar su té de jengibre, recomendación de su compañera de la maestría de Historia, esa donde encontró que su profesor universitario, Rogelio Pedraza, había recibido el premio al mejor trabajo académico del año por su investigación sobre los flujos migratorios e intercambios económicos entre los Hopis de Nuevo México y los Apaches durante el siglo XVIII en el septentrión novohispano. Se detuvo, sin evitar dejar en el aire una sonrisa por su mentor y amigo, a quien pensó llamarle en el instante. Había apagado ya el té, comido un par de galletas y leído esas notas. Se despidió de la cocina con la gratitud de una alumna que encuentra el premio de ser aprendiz de un gran historiador.

Doblo a la izquierda y en el pasillo haló una silla junto a la mesita, descolgó el teléfono y de memoria marco el número de Rogelio Pedraza. Tuuuuuu, Tuuuuuu, Tuuuuuu: Hola, estás hablando al 56436789 por el momento no estamos en casa, deja tu mensaje. Ante la respuesta de la contestadora, dejó un saludo, un abrazo efusivo y la solicitud de un café en alguna fecha no muy lejana. Colgó de nuevo e intuyó que su profe Rogelio debía estar pasando el fin de semana en Cuernavaca. Dejó en el aire una nueva sonrisa y pensó en Jacinto, en hablarle. Desando el camino del pasillo, doblo a la derecha, entró a la cocina, abrió un estante, tomó una tasa, la puso en la mesa, se acercó a la estufa y con un trapo sostuvo la tetara caliente. La aproximó a la mesa para dejarla encima después de servirse su tasa de té. Se dio cuenta que no tenía miel para endulzarlo y dijo para sí misma, que bueno que Jacinto no tiene mi teléfono.

Un pensamiento tuyo cuando hacíamos el amor sin que notaras que te observaba y te conozco

Pensabas en la geometría del silencio

cuando nos amamos

frente a la película oriental

aburrida como ostra en un tarro de cerveza.

Presente ciego

Hoy aquí en este país de acero y carne, celebran misa masiva y renuevan la credulidad fanática. Se vive ese énfasis de exageración cuando los hombres mueren hoy. Exageración de su vida y de sus obras, exageración de su certeza y de sus méritos. Los anónimos, nosotros, quedamos inmersos en la dureza de la desatención. Los ánimos también se exageran cuando mueren los “grandes”. Los medianos hacen homenajes a sus ídolos totémicos. Los que siguen aquí intentan plasmar una memoria caudalosa en un instante y de pronto es el sentido manido de la historia como hazaña la que queda inscrita en el evento funerario. ¿Acaso los que estamos aquí, que según los grandes medios, los grupos, las élites, no somos alguien de valor, acaso nosotros no valemos también? ¿No valen nuestras ideas ni nuestros esfuerzos creativos? ¿No valen acaso nuestras lecturas y nuestras predilecciones? No, vivimos la ceguera fanática por todas partes. No hay antídoto contra la idolatría sensacionalista que maneja a las muchedumbres, ora política ora literaria ora televisiva ora académica, idolatría, fanatismo, ceguera, por todas partes. ¿No sabes nada del presente? Ceguera. ¿No leíste al premio Nobel? Ceguera. ¿No sabes quién es la estrella del momento? Ceguera. ¿No compartes la lucha política? Ceguera. Y todo se convierte en un nudo simple en donde no importa si tienes un punto de vista pues estás al margen, en los lindes mismos del acontecer. Ceguera fanática e idolatría masiva.  Se paga el precio de la evasión y la omisión con un aislamiento social crudo pero simple: nadie atenderá lo que puedas opinar o decir o creer o expresar. La anulación rotunda se ciñe sobre los que no participamos en el ajedrez global. Anulación social que conduce a la sociopatía individual. Frustración de los lazos afectivos, mercantilización de las emociones, nulidad, abismo cierto de un punto negro en el perfil blanco de la multitud. ¿Los matices? No son rúbricas de la fábrica social. Nada de eso. Anulada la perspectiva distinta, vivimos el ejercicio de la intolerancia colectiva a lo diferente que se nombra diverso pero es sólo parte del acto demagógico de las cúpulas gobernantes.

Rincón de una hostil penumbra esto que aquí se dice. Penumbra mía, esa nulidad que vivo, anulación interior y exterior, sombras de otros días, mutilación melancólica este sentir bilioso. De pronto te das cuenta que no cabes en el mundo.

composicióncollageañossalud

 

En las librerías de viejo

De pronto tus libros están ahí, pero no son los tuyos,

y yo, que los acomodé tantas veces y ahora no puedo,

los veo y pienso que no he leído nada, que soy un absurdo

lector de refritos y estilos ya superados. Ahí están, esos libros

que también están en la casa, que hablan de ti, que dicen

Margarita. Y las fechas y las vivencias me dicen también

que amigos llegan y otros se van, pero tú, ahí, los libros

las novedades repetidas en las librerías de viejo.

La tradición de adquirir ejemplares buenos me es dudosa.

No soy un buen coleccionista, pero te veo todo el tiempo,

leyendo esas novelas o poemas o ensayos o lo que sea

que leías cuando eras joven y radiante y entregada y eras tú.

Contra el polvo de tu biblioteca, ahora mal acomodada,

yo he traído a los españoles que quizá hubieras reprobado.

También he escrito y escrito y escrito y como tú no publico.

Pero no es el fin del mundo sino el fin de tu neurosis viva en mí.

No es más que eso y creer que un día pude entender algo tuyo

pero no es eso sino los años estos sin ti que so yo todo el tiempo.

Quédense con todo

1403826390964La cosa es que me encuentro perdido en los residuos e imágenes de lecturas que ya no son accesibles al presente. Estoy vivo, en este intervalo de siglo, con la torpeza de mantener una actividad reflexiva dudosa. Mi país se encuentra convulsionado. Muchos jóvenes salen a las calles a protestar. Vamos, a quien le gusta el lado ancho del embudo. Y lo que yo vivo como un trauma de la modernidad es quizá más que un sentimiento individual un pathos y un ethos detectable en nuestras últimas generaciones. ¿Por qué trauma de la modernidad? Bueno, si puede hablarse de una dialéctica entre posmodernidad y modernidad, entre modernidad y antiguo régimen, a manera de eslabonamiento histórico, yo, como parte de un grupo y sector social llamado jóvenes, no tengo en sí una posibilidad de definición generacional. No entró en las estereotípicas clasificaciones ni tampoco puedo vivir en el régimen de la unicidad moderna, no puedo acudir a la multiplicidad interpretativa y ejercer la tolerancia a una supuesta diversidad creativa sin perder, a mitad del camino, los vestigios que puedan dotarme de un nivel de identidad que trascienda todo particularismo y dé paso a la existencia presente. No puedo vivir en un mundo donde las falacias estriban en las antinomías vigentes a una sincronicidad abismada y una diacronía de mutilaciones constantes. No escruto en la argumentación estructuralista de mis vestigios ramplones y de mi séquito furibundo de autores mal digeridos. Es más, por eso mi vivencia es de trauma. Cuando la generación de mis padres trató de ensañarme algunas formas para vivir de pronto un grupo de intelectuales dicen que esas formas fueron vigentes pero están superadas, que ya no valen. Eso sería el giro posmoderno, tajante y contundente. Más aún, aniquilador de la experiencia sensorial y transgeneracional. La urdimbre que teje la relación nieto-abuelos compone, más aún, el trauma de haber crecido viendo caricaturas de los años 50’s y 60’s, creyendo que la dinámica deportiva era la punta más elevada de la creación humana, infiriendo que el éxito, traducido para muchos en cocaina, sexo con modelos y grandes sumas de dinero, era un especie de salvo conducto para la sobre vivencia.1403559340153

Aunado a eso la teorización ecológica que se traslada a la sociedad, esa de los nichos, resta validez a la empiria de mi experiencia: caer en las trampas más hostiles, seguras y verídicas del sistema universalista depredatorio; sucumbir y luego tratar de alzar la cara al futuro nuevamente. Todo es menos la esperanza que se ha vuelto una figuración inocente. De entre las multitudes que cabalgan, crean, proyectan, buscan, un lugar y un espacio en la digitalidad, quizá mis derroteros correspondan a un infructuoso ensayo y error que muchos quizá no tengan. Yo que mutilo mis blogs, que aparezco y desaparezco de internet. Y mucho más que un culto autoinducido, mucho menos que una personalidad ausente, me inscribo en un pliego de incertezas cuando escribo y me enfrasco en todo este recurso de poco fiar. Quién iba a decir que al perder el sitio de nacimiento iba a perderse un camino definido. Los tropiezos engrandecen y los sueños, que pueden ser pesadillas, son también nutrientes fósilisados en la magma del tiempo. Me gustaría mucho más que un simple vamos amigo, tú puedes, un vamos que aún falta poco para que todo sea inútil.

Escuchar la misma música que me gustaba en la adolescencia y ver que todos estos años nadie me ha dicho, oye ten este disco te puede gustar. La restricción, el encierro, la pérdida de contacto con el exterior. Todo, todo, todo está escrito aquí. Soy yo en un intento de sapiencia estéril: mi suicidio, mi sociopatia, mi repugnancia, mi falta de sentido común, el silencio de todos estos años quebradizos, la mejor respuesta a la pregunta más furiosa que pude proclamar vivo: no soy Freud ni tu mamá de la cantante pop Belinda. Noche, esmero, constancia, persistencia de un álgebra poeticocida. Poeticopédica de la sin razón esgrimitatoria. Esgrima de antes y después, como la pesadilla que no se repitió porque se volvió realidad. Todos estos años de gente, dirían Spinetta y Páez. Todo fuegos artificiales vistos un día de la independencia en México en 1991.

La cúspide desproporcionada del fracaso es como una torre de granito contra la que no se puede erguir nadie. No es más en este siglo cuando se puedan concretar los lazos del pasado inmediato. No parece haber más que un legado fortuito que se ensancha: el legado que abre de nuevo todos los peligros de todos los tiempos, los mismo designios destructivistas de cada nueva generación que se hace con el control de la maquinaria y el engranaje de la vida huamana. Noche triste porque en el terreno de la construcción ideológica no hay formas ni salidas decorosas sino porciones torpes del acantilado decantado del occidentalocentrismo. No pienso, no existo, compongo palabras como si fueran atisbos de islas que no significan nada en absoluto. Porciones torpes también. Contra todo lo que pueda parecer una crueldad parecer será cruel en sí mismo.

Adiós constante idea de una utopía realizable. No sé cómo me levanto en los días de primavera, ni como duermo con la cobija de las tristezas amarrada a mi garganta. No sé cómo puedo creer que en una imagen encapsulada de mi vida se queda registrada el proyecto inmenso de mi karma y dharma: la vida pasada quizá era el designio fortuito y la ruptura con el vínculo celestial es también un romper las amarras de lo unificado al orden espiritual. Quizá también debería pensar que soy más que un tendón escupiendo en un teclado. Pero no puedo. Quédense con todo.

Benedetto Croce quote

“Surge una tercera concepción de la crítica: la crítica como interpretación o exégesis, que se hace la pobrecita ante la obra de arte, limitándose a la humilde profesión del que quita el polvo a las cosas, las coloca con buena luz, cuenta anécdotas del tiempo en que fue pintado un cuadro o las cosas que representa éste y explica las formas lingüísticas, las alusiones históricas y los supuestos previos históricos o ideales de un poema. En un caso o en otro, cumplida su misión, esta crítica deja que el arte obre espontáneamente en el espíritu del que contempla o del que lee, que juzgará como le diga su gusto íntimo que deba juzgar”.

Breviario de estética, Espasa-Calpe, Madrd, 1967, p. 79.

Micro XXII

Aquí el sentido es

gritar para adentro

contra el polvo de los recuerdos.

El arco de la tormenta eres tú

Apoplejía de los árboles

es la tarde con las montañas de telón,

amor desenfrenado sin ropa a mitad del lago

-en ese botecito de remos donde nos desnudamos-

y el viento siempre silbando nuestra infidelidad.

¿Amor de unicel o de celofan? Ni flores ni chocolates.

La sintonía es nuestra farsa allí donde remolcamos

el ropaje de los años turbios que nos separaron.

¿Objeto del deseo? Amores con cicatrices ya de viejas

podredumbre de lo inverso: tu juventud y mí vejes.

Nuestra vejes y mí juventud, tu vejes y mí juvenil pérdida

de dirección y prudencia. Todo atardece y las montañas lo saben.

El río ya quedó atrás cuando nosotros somos tormenta.

Lacia la calma se esparce y el golpe de placer

-el bote se mece por nuestras acrobacias-

es la tinta de tus gritos y mi sudor: fantasma

el maridaje de nuestros alientos quebrados

por los años que fuimos madre e hijo sin serlo

y por los días que nos hirieron

y por el amor imposible que hoy realizamos.

Todo es gris en las nubes y la tormenta somos nosotros

que conocemos nuestras edades y nos lamemos el dolor

para hervir nuestro deseo y columpiarnos

-el bote queda tranquilo después del orgasmo mutuo-

en el interdicto que rompemos al besarnos,

al amarnos,

al chuparnos,

al buscarnos,

al tenernos,

al romper los códigos

y ser tormenta de un amor ya viejo

que era imposible igual que nuestro beso.

Encima de todo la tormenta que somos

-el bote es ya un rayo de sol que se extingue-

correr de las personas que nos unieron

que nos separaron

que nos juzgaron

que nos invitaron a ser esta tormenta que somos

este vaivén a mitad del lago desnudo como nosotros

-en el bote no tenemos más cobija que nuestro abrazo-

presenciando el seto que en la costa es apopléjico.

Nosotros carecemos de quietud porque somos lo prohibido.

Pero tú eres el arco de la tormenta

y nosotros somos la flecha de un Cupido

cansado de decirnos: ustedes no deben amarse.

Dicotómica

Lo que pasa es que no existe el olvido. Ni mi memoria es lo suficientemente fuerte ni prolongada ni tampoco es posible mantener el acto evasivo de la realidad. Si la función de la escritura es la memoria, su virtualidad es una configuración para iniciados. ¿En qué pensaban los griegos cuando hablaban de gramática? ¿En qué los latinos cuando hablaban de literatura? ¿En qué es posible descifrar los garabatos de un acertijo alfabético que no rompe el surco semántico de la inmediatez? La memoria tampoco existe, ni la pertinencia dicotómica entre la omisión y el recuerdo. Por eso se trata de rituales cuando se trata de repeticiones. Por eso las normas y los reglamentos de la organización colectiva. Contra los vientos novedosos la cima de las auroras históricas y las eras desprestigiadas de la humanidad.no es tan simple imaginar el muro de los lamentos sincrónicos

¿Falacia? ¿Constricción? Perpetración atómica entreverada: símbolos colapsados y el ojo vidriado por una lágrima. Rotundo fracaso, memoria-olvido. La historicidad es proclive a los años luz de distancia que oscilan entre las galaxias próximas a los desencuentros extrasensoriales. ¿Extrasensorial? La vainilla natural, el cultivo de tabaco, plantaciones de caucho, no sé, invento cada vez un escrúpulo sociológico interrumpido. Desistir de las canciones y los amigos, abrir una trayectoria entrecortada a la repisa de los años. Esquemática torre de libros viejos, esquemática de una heredada estructuralidad falaz, estructuralismo francés, colonialismo intelectual, academicismo de principios del siglo XXI, demasiada ciencia ficción rusa, escasez de un proyecto desobjetivador del materialismo histórico: antagonismos generacionales. Cimarronaje ideológico, astucia de maquinista del trenes del siglo XIX, galope de indio sioux con rifle al costado, imaginario de Lewis Henry Morgan y el evolucionismo de Herbert Spencer. Platos sucios en el fregadero. Escribir, mucho más que un impulso por enaltecer un efigie del tiempo. Redactar, colapso de terquedad hostil. Fatalidad sincrónica de la diacronía universal. Univesalismo y tendenciosa fenomenología del acento castellano. Longitudes recorridas entre los signos arbitrarios del otro vuelto ninguno, diosas prehelénicas sucuben a lo presente y el cuerpo de Adonis es una escultura falsa de David. No es para menos, siempre que se olvidan los autores y las corrientes. Está demás mencionar a la quebrada línea de escuelas faltas de sentido: Fernández Retamar lo había impugnado en los setentas pero mucho más allá de la grandeza poética del genio uruguayo, mucho más allá de la prosa gentil de London o de las pesquisas durkheimnianas sobre la religión, mucho más allá del atisbo longitudinal del presente colgado al retrete de fin de siglo, hay una especie de aroma que se impregna en todos los días que es siempre desigual pero no confunde el atardecer con el oscuro pasaje de Avellaneda en Buenos Aires.

lugar común del intelectual del siglo XXOlvido-memoria distancia dicotómica. Pocilga tenue el ocaso cansino de autores que se vuelven canon. Eso es. Y pensar que a la distancia todo es siempre la misma reproducción social de la que imaginé hablaba Lévi-Strauss aunque no pudiera afirmar nada menos que el testimonial progreso de la decadencia. Arbitrariedad: diremos que no escribimos en ninguna parte y que no publicamos en ningún lado, es más, no nos diremos escritores. Porque ¿a caso el hecho de encontrar la ruta de investigación de tres siglos de crítica e historia literarias son avales de un pensamiento congruente con el presente? Entonces, a la intemperie de lo institucional, el naufragio no es tan grave.

Nice

We don’t have endless pain

we have endless lies

and we ride the time

hoping to be nice

but we aren’t in love and we know

something is wrong with us.

Nice we say every single day

nice to be with

nice to hear it

nice to taste it

nice to feel it,

but we are not yet invited

to the glamour table, our sight

hide either blod or terror

and we care about each other

not too much

because is nice

to be wondering

who will kill

the other love.

 

Esa alegría de estar rota (*Segunda experiencia “La Poesía no muerde” *)

Algo que publican los amigos de la poesía no muerde en su blog. Ha sido grandioso poder contribuir con ellos. Lo comparto con alegría y gratitud. Saludos a las y los lectores de este sitio oxidado.

LA POESÍA NO MUERDE

LaRataGRis, Raúl Sánchez LaRataGRis, Raúl Sánchez

Esa alegría de estar rota y llegar a ningún lado

Encima de todo llegué tarde

al club, noche de lluvia encima de mí,

encima esa nube de cigarrillos y cervezas.

Contra la ira de la multitud, mi sonrisa,

aunque contra mí el rompecabezas urbano

en el tejido contra mis ideas mi cráneo

yo, encima contra la rubia de la barra y sus tetas.

Estridencia, rock y algo de dulce fastidio

ante la estupidez de tus razones

mi razón constante y ante el hueco de mi cabeza,

que eres tú pero no lo sabes, la costra de mi rebeldía

ante todo esta calle del club donde te pierdo

porque ante el abismo de hastío, ese que me dejas,

una tocada y una noche y una ligera sorpresa, mi sonrisa,

que aborda ante el escenario un bajo. Lo enchufé

tarde también, pero toqué y sonreí y te olvidé. Pero…

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Cinta

Canción con

cal

cima

contra

caricias curvas

Octavio Paz quote

“Para recrear la discontinuidad, el arco iris se disgrega (origen del cromatismo, que es una forma atenuada de la continuidad natural); el veneno niega por su función su naturaleza (es una sustancia mortífera que da vida); y la comadreja se transforma, en ciertos mitos exaltados y siniestros tintes sexuales, de homólogo de la enfermedad y la ‘mujer fatal’ en nodriza e introductora de la agricultura”

Octavio Paz, Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de esopo, Joaquín Mortiz, 1969, p. 47

Fall mix

 

 

 

Cita

Nuestra pesadilla es hoy

no llegues tarde

si no la eternidad se enfada.

Nunca te olvidaré.

No siempre la vida te da otra oportunidad

Mi país está en guerra, humeante, descontento, dividido. Circunda aquí una especie de dolor que avasalla todo. Algunos deciden luchar de distintas formas, otros mantienen el status quo, otros viven al día o ni siquiera eso. Estado de crisis mucho menos que derrota de nuestro legado generacional: opresión sistemática, iniquidad en la distribución de la riqueza y las oportunidades de crecimiento y desarrollo social e individual, explotación desaforada en todos los niveles, falsificación cotidiana de resultados gubernamentales y de la realidad vigente, legitimidad del criminalismo como vía vital, legado todo esto del siglo XX nacional mexicano. No soy un analista político ni tengo conocimientos suficientes para demostrar mi particular punto de vista. No leo los periódicos. No soy luchador social. No soy parte de ningún partido político. No profeso ninguna religión. No creo en utopía alguna ni en la posibilidad de realización de un proyecto humanista de sociedad. Mi esperanza no está fincada, si hay alguna en mí, en la alternativa de modificar un ente podrido como es México, México y sus mexicanos, yo entre ellos. La podredumbre social asume el deplorable ethos nuestro, expresado en fanatismos, racismos, clasismos, sexismos, dogmatismos, anacronismos y muchas otras formas de enjuiciamiento dudoso que son la argumentación evidente de la retrovolución histórica nacional. Retrovolución que implica el desarrollo neoliberalista y el desfase de su proyecto y de los sujetos que lo encabezan con respecto a una población global que parece cada vez más anónima, famélica y objeto directo de sometimiento.

México y los mexicanos estamos podridos: creemos que por tener deportistas destacados a nivel internacional nuestro país es otro, creemos que por tener instituciones educativas, cada vez más de orden privado, con cierto reconocimiento nuestro país es otro, creemos que por participar de las migajas del proyecto de modernidad occidental nuestro país es otro, creemos que por reconocer nuestra diversidad cultural, étnica y lingüística más que nada, nuestro país es otro, creemos que por tener intelectual, académicos y escritores premiados en el extranjero nuestro país es otro. Sin ir más lejos, creemos que por alzarnos violentamente nuestro país es otro o que por ver televisión satelital nuestro país es otro o mejor aún creemos que por que el hombre más rico del mundo es mexicano nuestro país es otro. ¿Debería ser otro? No hay duda de que la riqueza del territorio denominado México es inmensa. No hay duda de que los pobladores de este país, al menos los que desean vivir (con un mínimo de dignidad, tranquilidad y armonía), no son parte del proyecto nacional. No es gratuita la farsa de la democracia panista ni es gratuito el modelo de enduedamiento económico. Es más, y eso que yo no fui ni soy parte de los protestantes ni inconformes (no del todo), preguntemos a los mexicanos si se atreven a ver en su sociedad algo más que alcoholismo, machismo y charrismo. Preguntemos a los dirigentes políticos si creen que nososotros, los que nos quedamos aquí después que ellos han saqueado y se marchan a vivir a otros países, qué se siente ver los campos de maíz sin cultivar o a los niños indígenas pidiendo monedas en los cruceros de las grandes ciudades o qué pasa con el equipo medico que es robado por los propios médicos de los hospitales públicos para montar sus clínicas privadas. Preguntemos a ellos si en la situación de sobrevivencia que los que nos quedamos aquí vivimos, ellos podrían pensar. ¿No actuarían ellos en defensa de los suyos? Pamplinas. Se mandan matar unos a los otros, se cubren unos a los otros. Y los que nos quedamos aquí, que no podemos armarnos ni podemos quemar casetas ni tampoco tomar aeropuertos ni mucho pretendernos anarquistas o guerrilleros porque estamos haciendo la vida desde un sitio en el cual sabemos movernos, nosotros que nos quedamos aquí y no viajamos a costa del erario público, que vemos cómo las verdulerías incrementan sus precios, que notamos cómo vivimos en una carencia, que no por ser menos “directos” en la lucha tenemos también nuestros puntos de discordia pero que decidimos persisitir en una forma de sobrevivencia civil, más que en una confrontación que quizá nos lleve a la muerte (biológica, social o moral), insisto, nosotros, aquí (y quizá este plural no deba ser sino yo), nos levantamos en este lugar que llamaron México pero que no existe. Preguntemos a los anarquistas y los guerrilleros donde quedaron sus antecesores. Preguntemos a los artistas si dejan de cobrar su sueldo, si por oponerse al Estado no pagan impuestos ni dejan de comer en restaurantes o de tener seguidores. Preguntemos a los maestros quien fue Ignacio Zaragoza y a los alumnos démosles a leer a José C. Valades. Preguntemos a los comprometidos sociales, a los empresarios, qué pasa con sus vidas cuando esta podredumbre social en la que vivimos los alcanza. México y los mexicanos estamos podridos. Nuestros ghetos diversos no rompen ni conforman un México posible. Porque esos ghetos de la podredumbre nacional son construcciones históricas de la sociedad del siglo XX todo encarnado en la vigencia de lo heredado.

Mi frustración política, ideológica, pragmática, simbólica, afectiva, social, individual, artística, religiosa, incluso mi frustración nacional, no pueden leerse desde una galopante esfera del desfase polisaturado. Mi frustración, mucho más que emocional y psicológica, real, estriba en un problema de referencias: si México existe y los mexicanos existimos, ¿cómo llegamos a estar podridos?

En el año 2000 comencé a “experimentar” con substancia prohibidas por ser parte de un grupo social donde es bien visto, incluso deseable, usarlas. Gradualmente me interné en un infierno de drogadicción. Estuve 10 años ahí. Quedé solo, exceptuando a pocas personas, más bien cercanas y familiares. Pero de los compañeros con los que fume marihuana o me metí cocaína, de los “amigos” con los que subí a cortar hongos alucinógenos o con los que fui al desierto a comer peyote, de esas personas con las que me encerré a viajar en LSD escuchando música electrónica, actualmente aquí, junto a mi, no hay nadie. Desde que se vio que las substancias me hacían daño, me ponían mal, muchos se fueron de mi vida. A raíz de estas vivencias juveniles desarrollé esquizofrenia. Vivo medicado. Todas esas personas no vieron trunca su vida. Prosiguieron. Yo no pude, no aguante. Terminé metido en tables dances y burdeles. Absolutamente solo. Perdidamente solo. Extraviado y solo. Fui un hijo de la chingada con mi familia. Despilfarré dinero. Lastime a mujeres que me quieran para tener una vida en el futuro conmigo. Deje inconclusas 2 carreras universitarias. Intenté ser poeta. Comencé a trabajar y ganar mi propio dinero. Traté de suicidarme. Estuve internado en una clínica psiquiátrica. Me perdí el funeral de personas queridas. Me escondí en cuartos para gritar a la calle babosadas. Sufrí ataques paranóicos, delirios y alucinaciones. Aprendí a vivir en cautiverio, encerrado, aprendí y entendí que no soy libre, que perdí mi libertad. Y despierto al mundo y a la realidad y todo es tan convulso o más pero semejante a mi estado convulso de la primera década del siglo XXI.

Estoy tratando de hacer una vida nueva. Dejé las drogas. Escribo, aunque a veces soy políticamente incorrecto. Tengo trabajo remunerado. He encontrado a personas lindas, amigables y solidarias que me acompañan. Estoy tratando de terminar una tercera carrera universitaria. No tengo novia ni pareja sentimental. Me he reconciliado con la mayor parte de mi familia. tengo 3 libros escritos por mí en un cajón. Y estoy consciente de que la vida no siempre te da otra oportunidad.

 

Micro XVIII

Es un ritmo

el que rompe

tus ojos

el ritmo

de un hot dog

en el puesto callejero.

Micro XVII

Así, dale, suave, al, sol.

Do, re, mí, fa. Al, sol.

Da, lee, los, todos, los, días.

Dar, es, sí, es, dar. Al, sol.

Autonulidad

Lo relativo a una forma de pensamiento claro, lógico, coherente, es más, metamoderno, no me es propio. Al contrario, no sé pensar, no sé sostener un ápice de claridad. Ahora sí, mis rimbombantes neologismos no me pueden salvar ni describen o nombrar algo que tenga un referente real. Sí, soy un intelectualista fugaz. Pero la vivencia del trauma de la modernidad es más bien un álgido torpedo de falsas lecturas, es más, ni siquiera mi falaz comprensión del estructuralismo del siglo XX puede salvarme. No, tampoco la negación del existencialismo nietzchano o mejor áun comprender que el existencialismo de Sartre se distingue del de Camus. Pamplinas, no he leído a Ortega y Gaset. Soy un snob, peor que eso, soy un snob que cree que merece el título de escritor. A duras penas redacto, frases e intenciones también falaces.

Ni Habermas me salva ni Lyotard ni tampoco me salva Herman Hesse. No, pero la modernidad es un trauma. Si la economía global del conocimiento es herencia de la modernidad, la disposición que arremete contra la literariedad discursiva de los torrentes disciplinarios es una conjunción factual de idearios mal recorridos, de cristales que distorsionan toda óptica vigente. ¿Dónde está la vigencia? Nuevos autores, nuevos libros, nuevos fenómenos, nuevos sistemas interpretativos, pamplinas.

Todo ha sido una mala administración del objeto de conocimiento, una mala distribución del capital cultural, una égida de torpezas, ramplonas como los árboles caídos para ser papel para libros de la década de 1940. Pamplinas con los recursos estilísticos y el sistema retórico de Aristóteles. Ni siquiera he leído a Platón. Lo que sí puedo decir es que me ahuyenta el cisma generacional. No estoy desvariando demás, es una dosis profiláctica, una dosificación de abono mental. No son los poemas de Rilke ni tampoco La resistencia de Sabato. Nada de eso. El salvajismo es una conducta natural, pero cuando se vuelve ese regetón que lo falsifica, el salvajismo es mucho menos que una voracidad capitalista. A quien no le gustaría estar involucrado con una modelo, las escritores no son sensuales, las poetas no son gordibuenas, las cirugías estéticas cuestan muchos millones de dólares. Transexualizo el eco que atisba una enseñanza perdida: los ilustrados franceses no deben quedar vivos. Y a cambio me pierdo leyendo traducciones, pero ya no leo nada, ya no quiero leer, estoy en huelga. Eso, pamplinas.

Con el ácido de un autor me compongo febrilmente de eslabones rotos: del siglo XX del siglo XIX, nulo, del siglo XVIII. Debería leer a Petrarca y Dante y Bocaccio. Pero no, más bien debería estar haciendo mi tarea. Pamplinas. No tengo soporte y la diacronía imperfecta de los diccionarios digitalizados de la Real Academia Española no me van a dar ninguna respuesta de fiar. Pero aún, pretender leer periódicos de una época y creer que es posible revivir algo de esa época. Meollo historiográfico, focalidad cruenta de la imposible recopilación documental. ¿Es esto un documento? Son los días del año 2014 y las noches del aó 2013 y los medio días del año 2012 y las tardes del año 2011 y las estrellas del año 2010 y por si eso fuera poco, que es decir que sea de escasa relevancia, ni siquiera Marc Bloch o peor aún Josep Pico o Aldus Huxley o Henry Lefebvre o Adam Schaft pueden servir de consuelo para la interpretación carente y faltante y oscurecidad. Pamplinas, soy un snob. Eso mismo. No es cierto que entienda lo que es la historicidad ni tampoco puedo recordar los nombres de autores recientes. Soy un sujeto del olvido, mi conocimiento es un objeto subjetivo del conocimiento que olvida.

Los años que cantan

La música es la misma

sonidos

historias

vidas

todo es ninguna parte.

La fiesta es torcedura

salto al torrente social.

La celebración con magia

es sonidos y oportunidad

baile, afecto, ternura, amor.

Es eso más que la desgracia vivida.

Cinta en la cabeza

en el corazón

en la cintura

cinta de compás

de conjunciones sonoras.

Galope por el lindero de uniones

ancestros, ritos, pasajes.

Lo años que cantan

contra el silencio que es muerte.

Subtensión del voltaje presente

Los segundos hechos trizas
dentro del realismo farsante
y todo el gentío envuelto 
en imágenes de cadáveres inocentes.
¿Qué importan los corazones rotos
o el racismo de Elvis? No, es otro silencio
el que ronda las murallas de este otoño.
Las calles son un espectro trasnacionalizado
en comida chatarra y el campeonato de obesidad mundial.
Azúcar diría la cantante cubana
pero de tanto baile ya la diabetes es la norma.
Callejón sin salida, la patria y sus honores.
Compra venta y mutilación generacional,
alquimia yankee, verosimilitud del saqueo impostergable
de cada rincón en el territorio del pulque y el nopal.
Sin su profeta, nopalero, sin su voz ni su arraigo
la ínfima porción de lluvia de este verano
es también un caudal de sangre enterrada y ceniza
como si quisieran fertilizar estos lugares con cuerpos humanos.
Pero también hay pasos que juegan a la pelota
y hay muñecas que enseñan la parte superior de sus pechos
ocultos en el bikini, también de importación,
y los caldos knor suiza, el populismo regionalista,
los corridos y el narcótizado flujo de consciencias.
Rotunda y fracasada psicodelia, herencia fracasada,
hogar que repugna y rechaza, máquina de escribir sin aceitar,
galope de mitades falsificadas e incompletas.
Especies en peligro de extinción, caparazón
de tortuga caguama y sus huevos traficados.
Paulina, El niño, La niña, todos los ciclones
de estas temporadas también expurgan la muerte
y afloran los tendones raquíticos del pulso roto de zozobra.
También el maldito pájarraco de hierro
que vale más que el producto interno de tiempos coloniales,
también los reyes que vuelven a este lugar que antes
no visitaron, también los antiguos pobladores
que ahora hacen rock and roll y literatura y son reconocidos.
Oh torpeza de los arqueólogos de los años 30
que no indagaron en las profundidades de Teotihuacan
oh gloria de la tecnocratización de la vida diaria
oh slogans de sopa maruchan, oh sabritas oh coca cola
oh corona oh indio oh sol
oh mezcal oh tequila oh aguardiente de Mahuixtlán
oh zotol oh chocolate abuelita.
Todo es rancio porque no enciende la máquina del porvenir.
Desperdicio de ortografía dudosa los arrecifes
que esperan 12 millones de ingreso esta navidad.

Mujer de fin de siglo

Paralizado en una lata de recuerdos, vieja su corazón todos los días. Pone su despertador, se levanta a las 5 am. Hace el desayuno. Pone una lavadora. Prepara café y fuma un cigarro de marihuana. A las 6 am está todo listo para trabajar un poco en su investigación histórica. A las 7 levantará a los niños para darles de desayunar y llevarlos antes de las 8:30 a la escuela. Avena con canela y pasas o hot cakes son los desayunos del domingo, especiales. A veces fruta con germen de trigo miel y limón o azúcar morena. No, no es una vida común ni es una resignación cualquiera.

Su auto es modesto, paga la renta mensualmente. A veces no puede más que reprender a sus hijos que no le ayudan a sacar la basura cuando suena la campana. Les grita ¡apúrense! y ellos, torpes y sin entender los protocolos y las instrucciones tantas veces dadas, van a los baños y toman las bolas de basura y van a la cocina y también lo hacen y luego, torpemente pero apresurados, salen a la esquina y tiran la basura. Y eso pasa cada vez que suena la campana.

En su instituto de trabajo ella tiene enemigos. Es parte del sindicato. Sabe ser rebelde porque es justa y porque sabe que el gobierno es una mierda desde siempre. Sabe más de lo que muchos invetigadores con mayores títulos saben. Ella eligió ser madre. Pero se frustra todo el tiempo porque sus hijos no la ayudan. Pero sí lo hacen. Ella exagera todo el tiempo, porque sabe que cuando era joven eligió y vivió un capítulo que le gustaría reescribir. Eso no es todo, pero es lo crucial, como su padre muerto prematuramente o el complejo de edipo de su hermano o peor aún el último amor que vivió y fue una traición. Pero eso no es todo. Paga sus impuestos, acude a congresos y reuniones académicas, incluso fue parte de un grupo selecto de investigadores. En la noche para dormir agarra un marlboro y con los dedos deslía la punta del cigarro para poner un poco de marihuana y fumarla antes de dormir. A estas alturas de la jornada enciende la televisión y ve alguna novela antes de las noticias. Ya hizo todo lo que podía y más. Duerme sola, en una pequeña cama, con una pijama informal, pagando renta, esperando quizás alguna llamada de larga distancia por la noche de algún amigo o familiar aliado. Todo eso es un fin de semana o entre semana o una noche cualquiera pero hay más.

10 pm y ella está rendida por su rutina monástica, casi de claustro. Su sacrificio no reditúa en el libro de investigación que quiere ni tampoco en el gran avance de sus indagatorias. Pero sus hijos crecen y sonríen, aunque a veces parece que no son felices, que la evaden, que no la entienden. Pero hay más. Sonríe sorpresivamente, sin anunciarlo, impredeciblemente. A la mañana siguiente será igual aunque no desconozca la esperanza que la sostiene. La lata de su corazón, de sus recuerdos, le da un toque a su mirada que pocos pueden comprender. Y ella, con el refugio incierto de ser nómada y trashumante, con la consigna de luchar por vivir, ella, con ese corazón y esa lata de recuerdos, ella, un día se da cuenta que ha sido infeliz pero no abandona su disciplina y en cambio cree que su amor verdadero, de hija, de madre, de amiga, de aliada, es más que esa infelicidad o esa frustración de no ver su libro impreso ni terminado o eso que siempre les reprocha a sus pequeños: no sé por qué no puedo publicar. Termina consultando el I Ching y pregunta y obtiene respuestas y esa disciplina monástica es parte de un misticismo suyo, entre psicoanalítico y orientalista, aunque nunca irá a ver a un psicoanalista ni psicólogo. Con su firmeza, como el firme rechazo que recibe de la sociedad y de las mujeres y del mundo, su corazón sonríe en los cumpleaños de los niños pero también sabe que un día ellos se irán. Pero hay más de una vida como esta en los rincones de todas las casas rentadas y de ese nomadismo suyo, de esa falta de centro, de ese hoy aquí mañana allá, donde yo quiera. Y en sus caprichos, que no son tanto caprichos como estratagemas de su vida, recorre los límites del episodio conformador de un país llamado México.

Averiguación de un deseo de enamorar

¿Qué del profundo ser del tiempo

colecta tu vista? ¿Qué de lo efímero

resguarda el cincel de tu aliento?

¿Qué forma tiene tu secreto llamado pasado?

¿Esgrime tu cuerpo un tiento y un vértigo?

¿Es de tus manos un recorrido la silueta de tu voz?

Torpes indagatorias las mías ¿Qué del infinito

escondes en tu piel? ¿Qué del viento corre por tu sangre?

Igual que una onda en el agua la espiral de tu incógnita

ensancha el eco de mi imprecisión e incertidumbre.

No soy la pieza clave de los años venideros

ni la gota de esperanza de un amor macizo

o el terraplén de la quietud y el consuelo.

Torpes indagatorias las mías y esa torpeza escribe

un algo confuso asomado al solar de tu existencia.

¿Qué de los juegos y de los años

y de las comidas familiares

almacena tu aroma

y confunde tu pelo y tu sonrisa?

¿Qué de todo lo que se mueve en ti

y en torno tuyo

eres tú

y qué es todo eso ajeno

-como yo de ti-

que reverbera instantes intersectos

en la periferia de tu tacto?

¿Qué es eso que te envuelve

y que sopla

un efigie de ternura y calidez?

¿Acaso mi miopía reduce tu aura

a un trayecto de eternidad

que sacude -quizá sólo el mío-

el universo todo en sus cimientos longevos?

Escribo aquí esta torpe relatoría

y veo mi documentación rotunda

que eres tú entre mis pensamientos,

entre mis angustias,

entre mis deseos,

entre mi ser  y ese enigma que eres

a cada paso mío en la ciudad,

en cada minuto de mi torpeza,

ora nocturna ora matutina,

en la sopa del medio día y

en la arqueología de mi presente

-sin ti- o en el archivo de los golpes

de amores viejos y oxidados

o del motor que aceitas -este corazón mío-

sin que te lo propongas ni lo busques ni lo intentes quizá.

Con el otoño

mi indagatoria sobre ti

no es más que una hoja seca

de una existencia tuya

que no alcanzo,

que invento para mí mismo

porque necesito creer,

como el hombre primitivo,

en algo como una madre-diosa

o como una amiga

o como una sincera cascada de emociones para un preso liberto.

¿Qué de las noches está escrito

en la cúpula de tu pensamiento

y qué es noche en ti cuando piensas y deseas y quieres?

¿Es mucho este cuestionarme sobre ti?

¿Es mucho, tal vez, pensarte así?

Escondida en esta luna llena de hoy, que es de otoño,

se levanta una luz titilante en mí.

¿Durará hasta el próximo verano?