Mujer de fin de siglo

Paralizado en una lata de recuerdos, vieja su corazón todos los días. Pone su despertador, se levanta a las 5 am. Hace el desayuno. Pone una lavadora. Prepara café y fuma un cigarro de marihuana. A las 6 am está todo listo para trabajar un poco en su investigación histórica. A las 7 levantará a los niños para darles de desayunar y llevarlos antes de las 8:30 a la escuela. Avena con canela y pasas o hot cakes son los desayunos del domingo, especiales. A veces fruta con germen de trigo miel y limón o azúcar morena. No, no es una vida común ni es una resignación cualquiera.

Su auto es modesto, paga la renta mensualmente. A veces no puede más que reprender a sus hijos que no le ayudan a sacar la basura cuando suena la campana. Les grita ¡apúrense! y ellos, torpes y sin entender los protocolos y las instrucciones tantas veces dadas, van a los baños y toman las bolas de basura y van a la cocina y también lo hacen y luego, torpemente pero apresurados, salen a la esquina y tiran la basura. Y eso pasa cada vez que suena la campana.

En su instituto de trabajo ella tiene enemigos. Es parte del sindicato. Sabe ser rebelde porque es justa y porque sabe que el gobierno es una mierda desde siempre. Sabe más de lo que muchos invetigadores con mayores títulos saben. Ella eligió ser madre. Pero se frustra todo el tiempo porque sus hijos no la ayudan. Pero sí lo hacen. Ella exagera todo el tiempo, porque sabe que cuando era joven eligió y vivió un capítulo que le gustaría reescribir. Eso no es todo, pero es lo crucial, como su padre muerto prematuramente o el complejo de edipo de su hermano o peor aún el último amor que vivió y fue una traición. Pero eso no es todo. Paga sus impuestos, acude a congresos y reuniones académicas, incluso fue parte de un grupo selecto de investigadores. En la noche para dormir agarra un marlboro y con los dedos deslía la punta del cigarro para poner un poco de marihuana y fumarla antes de dormir. A estas alturas de la jornada enciende la televisión y ve alguna novela antes de las noticias. Ya hizo todo lo que podía y más. Duerme sola, en una pequeña cama, con una pijama informal, pagando renta, esperando quizás alguna llamada de larga distancia por la noche de algún amigo o familiar aliado. Todo eso es un fin de semana o entre semana o una noche cualquiera pero hay más.

10 pm y ella está rendida por su rutina monástica, casi de claustro. Su sacrificio no reditúa en el libro de investigación que quiere ni tampoco en el gran avance de sus indagatorias. Pero sus hijos crecen y sonríen, aunque a veces parece que no son felices, que la evaden, que no la entienden. Pero hay más. Sonríe sorpresivamente, sin anunciarlo, impredeciblemente. A la mañana siguiente será igual aunque no desconozca la esperanza que la sostiene. La lata de su corazón, de sus recuerdos, le da un toque a su mirada que pocos pueden comprender. Y ella, con el refugio incierto de ser nómada y trashumante, con la consigna de luchar por vivir, ella, con ese corazón y esa lata de recuerdos, ella, un día se da cuenta que ha sido infeliz pero no abandona su disciplina y en cambio cree que su amor verdadero, de hija, de madre, de amiga, de aliada, es más que esa infelicidad o esa frustración de no ver su libro impreso ni terminado o eso que siempre les reprocha a sus pequeños: no sé por qué no puedo publicar. Termina consultando el I Ching y pregunta y obtiene respuestas y esa disciplina monástica es parte de un misticismo suyo, entre psicoanalítico y orientalista, aunque nunca irá a ver a un psicoanalista ni psicólogo. Con su firmeza, como el firme rechazo que recibe de la sociedad y de las mujeres y del mundo, su corazón sonríe en los cumpleaños de los niños pero también sabe que un día ellos se irán. Pero hay más de una vida como esta en los rincones de todas las casas rentadas y de ese nomadismo suyo, de esa falta de centro, de ese hoy aquí mañana allá, donde yo quiera. Y en sus caprichos, que no son tanto caprichos como estratagemas de su vida, recorre los límites del episodio conformador de un país llamado México.

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