Blogging poetico

No siempre la vida te da otra oportunidad

Mi país está en guerra, humeante, descontento, dividido. Circunda aquí una especie de dolor que avasalla todo. Algunos deciden luchar de distintas formas, otros mantienen el status quo, otros viven al día o ni siquiera eso. Estado de crisis mucho menos que derrota de nuestro legado generacional: opresión sistemática, iniquidad en la distribución de la riqueza y las oportunidades de crecimiento y desarrollo social e individual, explotación desaforada en todos los niveles, falsificación cotidiana de resultados gubernamentales y de la realidad vigente, legitimidad del criminalismo como vía vital, legado todo esto del siglo XX nacional mexicano. No soy un analista político ni tengo conocimientos suficientes para demostrar mi particular punto de vista. No leo los periódicos. No soy luchador social. No soy parte de ningún partido político. No profeso ninguna religión. No creo en utopía alguna ni en la posibilidad de realización de un proyecto humanista de sociedad. Mi esperanza no está fincada, si hay alguna en mí, en la alternativa de modificar un ente podrido como es México, México y sus mexicanos, yo entre ellos. La podredumbre social asume el deplorable ethos nuestro, expresado en fanatismos, racismos, clasismos, sexismos, dogmatismos, anacronismos y muchas otras formas de enjuiciamiento dudoso que son la argumentación evidente de la retrovolución histórica nacional. Retrovolución que implica el desarrollo neoliberalista y el desfase de su proyecto y de los sujetos que lo encabezan con respecto a una población global que parece cada vez más anónima, famélica y objeto directo de sometimiento.

México y los mexicanos estamos podridos: creemos que por tener deportistas destacados a nivel internacional nuestro país es otro, creemos que por tener instituciones educativas, cada vez más de orden privado, con cierto reconocimiento nuestro país es otro, creemos que por participar de las migajas del proyecto de modernidad occidental nuestro país es otro, creemos que por reconocer nuestra diversidad cultural, étnica y lingüística más que nada, nuestro país es otro, creemos que por tener intelectual, académicos y escritores premiados en el extranjero nuestro país es otro. Sin ir más lejos, creemos que por alzarnos violentamente nuestro país es otro o que por ver televisión satelital nuestro país es otro o mejor aún creemos que por que el hombre más rico del mundo es mexicano nuestro país es otro. ¿Debería ser otro? No hay duda de que la riqueza del territorio denominado México es inmensa. No hay duda de que los pobladores de este país, al menos los que desean vivir (con un mínimo de dignidad, tranquilidad y armonía), no son parte del proyecto nacional. No es gratuita la farsa de la democracia panista ni es gratuito el modelo de enduedamiento económico. Es más, y eso que yo no fui ni soy parte de los protestantes ni inconformes (no del todo), preguntemos a los mexicanos si se atreven a ver en su sociedad algo más que alcoholismo, machismo y charrismo. Preguntemos a los dirigentes políticos si creen que nososotros, los que nos quedamos aquí después que ellos han saqueado y se marchan a vivir a otros países, qué se siente ver los campos de maíz sin cultivar o a los niños indígenas pidiendo monedas en los cruceros de las grandes ciudades o qué pasa con el equipo medico que es robado por los propios médicos de los hospitales públicos para montar sus clínicas privadas. Preguntemos a ellos si en la situación de sobrevivencia que los que nos quedamos aquí vivimos, ellos podrían pensar. ¿No actuarían ellos en defensa de los suyos? Pamplinas. Se mandan matar unos a los otros, se cubren unos a los otros. Y los que nos quedamos aquí, que no podemos armarnos ni podemos quemar casetas ni tampoco tomar aeropuertos ni mucho pretendernos anarquistas o guerrilleros porque estamos haciendo la vida desde un sitio en el cual sabemos movernos, nosotros que nos quedamos aquí y no viajamos a costa del erario público, que vemos cómo las verdulerías incrementan sus precios, que notamos cómo vivimos en una carencia, que no por ser menos “directos” en la lucha tenemos también nuestros puntos de discordia pero que decidimos persisitir en una forma de sobrevivencia civil, más que en una confrontación que quizá nos lleve a la muerte (biológica, social o moral), insisto, nosotros, aquí (y quizá este plural no deba ser sino yo), nos levantamos en este lugar que llamaron México pero que no existe. Preguntemos a los anarquistas y los guerrilleros donde quedaron sus antecesores. Preguntemos a los artistas si dejan de cobrar su sueldo, si por oponerse al Estado no pagan impuestos ni dejan de comer en restaurantes o de tener seguidores. Preguntemos a los maestros quien fue Ignacio Zaragoza y a los alumnos démosles a leer a José C. Valades. Preguntemos a los comprometidos sociales, a los empresarios, qué pasa con sus vidas cuando esta podredumbre social en la que vivimos los alcanza. México y los mexicanos estamos podridos. Nuestros ghetos diversos no rompen ni conforman un México posible. Porque esos ghetos de la podredumbre nacional son construcciones históricas de la sociedad del siglo XX todo encarnado en la vigencia de lo heredado.

Mi frustración política, ideológica, pragmática, simbólica, afectiva, social, individual, artística, religiosa, incluso mi frustración nacional, no pueden leerse desde una galopante esfera del desfase polisaturado. Mi frustración, mucho más que emocional y psicológica, real, estriba en un problema de referencias: si México existe y los mexicanos existimos, ¿cómo llegamos a estar podridos?

En el año 2000 comencé a “experimentar” con substancia prohibidas por ser parte de un grupo social donde es bien visto, incluso deseable, usarlas. Gradualmente me interné en un infierno de drogadicción. Estuve 10 años ahí. Quedé solo, exceptuando a pocas personas, más bien cercanas y familiares. Pero de los compañeros con los que fume marihuana o me metí cocaína, de los “amigos” con los que subí a cortar hongos alucinógenos o con los que fui al desierto a comer peyote, de esas personas con las que me encerré a viajar en LSD escuchando música electrónica, actualmente aquí, junto a mi, no hay nadie. Desde que se vio que las substancias me hacían daño, me ponían mal, muchos se fueron de mi vida. A raíz de estas vivencias juveniles desarrollé esquizofrenia. Vivo medicado. Todas esas personas no vieron trunca su vida. Prosiguieron. Yo no pude, no aguante. Terminé metido en tables dances y burdeles. Absolutamente solo. Perdidamente solo. Extraviado y solo. Fui un hijo de la chingada con mi familia. Despilfarré dinero. Lastime a mujeres que me quieran para tener una vida en el futuro conmigo. Deje inconclusas 2 carreras universitarias. Intenté ser poeta. Comencé a trabajar y ganar mi propio dinero. Traté de suicidarme. Estuve internado en una clínica psiquiátrica. Me perdí el funeral de personas queridas. Me escondí en cuartos para gritar a la calle babosadas. Sufrí ataques paranóicos, delirios y alucinaciones. Aprendí a vivir en cautiverio, encerrado, aprendí y entendí que no soy libre, que perdí mi libertad. Y despierto al mundo y a la realidad y todo es tan convulso o más pero semejante a mi estado convulso de la primera década del siglo XXI.

Estoy tratando de hacer una vida nueva. Dejé las drogas. Escribo, aunque a veces soy políticamente incorrecto. Tengo trabajo remunerado. He encontrado a personas lindas, amigables y solidarias que me acompañan. Estoy tratando de terminar una tercera carrera universitaria. No tengo novia ni pareja sentimental. Me he reconciliado con la mayor parte de mi familia. tengo 3 libros escritos por mí en un cajón. Y estoy consciente de que la vida no siempre te da otra oportunidad.

 

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