Quédense con todo

1403826390964La cosa es que me encuentro perdido en los residuos e imágenes de lecturas que ya no son accesibles al presente. Estoy vivo, en este intervalo de siglo, con la torpeza de mantener una actividad reflexiva dudosa. Mi país se encuentra convulsionado. Muchos jóvenes salen a las calles a protestar. Vamos, a quien le gusta el lado ancho del embudo. Y lo que yo vivo como un trauma de la modernidad es quizá más que un sentimiento individual un pathos y un ethos detectable en nuestras últimas generaciones. ¿Por qué trauma de la modernidad? Bueno, si puede hablarse de una dialéctica entre posmodernidad y modernidad, entre modernidad y antiguo régimen, a manera de eslabonamiento histórico, yo, como parte de un grupo y sector social llamado jóvenes, no tengo en sí una posibilidad de definición generacional. No entró en las estereotípicas clasificaciones ni tampoco puedo vivir en el régimen de la unicidad moderna, no puedo acudir a la multiplicidad interpretativa y ejercer la tolerancia a una supuesta diversidad creativa sin perder, a mitad del camino, los vestigios que puedan dotarme de un nivel de identidad que trascienda todo particularismo y dé paso a la existencia presente. No puedo vivir en un mundo donde las falacias estriban en las antinomías vigentes a una sincronicidad abismada y una diacronía de mutilaciones constantes. No escruto en la argumentación estructuralista de mis vestigios ramplones y de mi séquito furibundo de autores mal digeridos. Es más, por eso mi vivencia es de trauma. Cuando la generación de mis padres trató de ensañarme algunas formas para vivir de pronto un grupo de intelectuales dicen que esas formas fueron vigentes pero están superadas, que ya no valen. Eso sería el giro posmoderno, tajante y contundente. Más aún, aniquilador de la experiencia sensorial y transgeneracional. La urdimbre que teje la relación nieto-abuelos compone, más aún, el trauma de haber crecido viendo caricaturas de los años 50’s y 60’s, creyendo que la dinámica deportiva era la punta más elevada de la creación humana, infiriendo que el éxito, traducido para muchos en cocaina, sexo con modelos y grandes sumas de dinero, era un especie de salvo conducto para la sobre vivencia.1403559340153

Aunado a eso la teorización ecológica que se traslada a la sociedad, esa de los nichos, resta validez a la empiria de mi experiencia: caer en las trampas más hostiles, seguras y verídicas del sistema universalista depredatorio; sucumbir y luego tratar de alzar la cara al futuro nuevamente. Todo es menos la esperanza que se ha vuelto una figuración inocente. De entre las multitudes que cabalgan, crean, proyectan, buscan, un lugar y un espacio en la digitalidad, quizá mis derroteros correspondan a un infructuoso ensayo y error que muchos quizá no tengan. Yo que mutilo mis blogs, que aparezco y desaparezco de internet. Y mucho más que un culto autoinducido, mucho menos que una personalidad ausente, me inscribo en un pliego de incertezas cuando escribo y me enfrasco en todo este recurso de poco fiar. Quién iba a decir que al perder el sitio de nacimiento iba a perderse un camino definido. Los tropiezos engrandecen y los sueños, que pueden ser pesadillas, son también nutrientes fósilisados en la magma del tiempo. Me gustaría mucho más que un simple vamos amigo, tú puedes, un vamos que aún falta poco para que todo sea inútil.

Escuchar la misma música que me gustaba en la adolescencia y ver que todos estos años nadie me ha dicho, oye ten este disco te puede gustar. La restricción, el encierro, la pérdida de contacto con el exterior. Todo, todo, todo está escrito aquí. Soy yo en un intento de sapiencia estéril: mi suicidio, mi sociopatia, mi repugnancia, mi falta de sentido común, el silencio de todos estos años quebradizos, la mejor respuesta a la pregunta más furiosa que pude proclamar vivo: no soy Freud ni tu mamá de la cantante pop Belinda. Noche, esmero, constancia, persistencia de un álgebra poeticocida. Poeticopédica de la sin razón esgrimitatoria. Esgrima de antes y después, como la pesadilla que no se repitió porque se volvió realidad. Todos estos años de gente, dirían Spinetta y Páez. Todo fuegos artificiales vistos un día de la independencia en México en 1991.

La cúspide desproporcionada del fracaso es como una torre de granito contra la que no se puede erguir nadie. No es más en este siglo cuando se puedan concretar los lazos del pasado inmediato. No parece haber más que un legado fortuito que se ensancha: el legado que abre de nuevo todos los peligros de todos los tiempos, los mismo designios destructivistas de cada nueva generación que se hace con el control de la maquinaria y el engranaje de la vida huamana. Noche triste porque en el terreno de la construcción ideológica no hay formas ni salidas decorosas sino porciones torpes del acantilado decantado del occidentalocentrismo. No pienso, no existo, compongo palabras como si fueran atisbos de islas que no significan nada en absoluto. Porciones torpes también. Contra todo lo que pueda parecer una crueldad parecer será cruel en sí mismo.

Adiós constante idea de una utopía realizable. No sé cómo me levanto en los días de primavera, ni como duermo con la cobija de las tristezas amarrada a mi garganta. No sé cómo puedo creer que en una imagen encapsulada de mi vida se queda registrada el proyecto inmenso de mi karma y dharma: la vida pasada quizá era el designio fortuito y la ruptura con el vínculo celestial es también un romper las amarras de lo unificado al orden espiritual. Quizá también debería pensar que soy más que un tendón escupiendo en un teclado. Pero no puedo. Quédense con todo.

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