Noche de final

El flujo es mucho menos que un mecanizado reflejo promotor de alientos saturados de nicotina. Es mucho más decir que en portugués es casi imperfecto el seno izquierdo de la modelo con respecto a su muslo derecho aunque en francés no sea igual el queso y los gusanos. Pamplinas nuevamente. Deserto de la colina iracunda y movediza se empotra mi ausencia. ¿Cómo evitar el auge de la conquista rutinaria del espejo si al final de los años es nuevamente un aire roto el que se ciñe? Corceles de cuentos infantiles, matutinos, escriben historias verídicas que no figuran en el tren de la verosimilitud arcaica. Tremendo y abierto el bife argentino es también un cuento que nadie escribió. Pero todo es mucho menos que la gastronomía internacional y su reconocimiento, como esas macetas con hierbas finas que usas cuando cocinas chuletas de cordero pero que olvidas regar y casi se secan. No es por ello el mecanizado reflejo el que circunda los mares de lo apacible sino la humareda del yakimeshi y el recuerdo del tren japonés cuando se escucha mamonaku. Torbellinos son tus dedos con los palillos que te trajo el embajador desde Osaka, pero a quien diablos le interesa saber que no eres la mujer más idónea para el sadomasoquismo sino que prefieres mantener una imagen frágil porque en el fondo tu cuerpo es tan poderoso como una espada medieval. Nace así, cuando hacemos el amor, el mecanismo que es reflejo mecanizado: besarnos, contagiarnos, ensuciarnos. Totalidad escrita en nauseabunda distancia el algoritmo ese con el que hiciste tu tesis de doctorado que redefine la teoría del magnetismo cuántico. Sorpresa, ya no leo las Cartas Marruecas de Cadalso porque un día me dijiste que para ser diplomático no debía saber un carajo de historia nacional, y a cambio he persistido en la raquítica simulación de comprar best sellers de autores gringos que tanto detestas pero que sé también lees. Y a cambio de la malanga frita que aprendimos a comer en La Habana, donde por cierto encontré a Evelyn, la mulata esa con la que hicimos el trío durante tres días y terminamos perdiendo 4 kilos de peso por hacer el amor desenfrenadamente, los embajadores siempre me agradecen que evoque tu nombre cuando la conversación ha sido ya concluida y me preguntan invariablemente por nuestro mecanizado reflejo. Y luego de pronto, como un golpe de knock out, como un jab directo al pómulo izquierdo, despierto y veo mi departamento en la Condesa hecho una mierda por la fiesta de ayer y noto que mis delirios diplomáticos, más oníricos que reales, no se corresponden con la imagen pornográfica que tengo de tus tetas y de tus bocas. Descubro que te has ido y ni una nota dejaste. Me pierdo y lo único que hay a mi alcance es la botella de whisky que bebíamos antes de coger tan rico. Y entonces soy una pieza más de la longeva tristeza de saber que soy tu amante número 573. Despertar y nuevamente con el sueño ese de que soy embajador, baya tortura. Nadie sabe en el edificio que tienes copia de la llave de mi departamento. Nadie sabe que te aprieto las tetas y que te chupo las bocas, sobre todo la de abajo, cada vez que fingimos desconocernos, cuando jugamos a que somos hermanos y nos preguntamos por qué nuestros sexos son distintos pero ambos están llenos de pelo. Me levanto, un sorbo de whisky, voy al baño. Me tomo mi antidepresivo. Ubico mi rasuradora, tomo un poco de gel y me afeito. Al diablo la oficina donde Virginia me la chupa mientras capturo los códigos de los clientes. Malditas corporaciones. En fin, a ella no la quiero como a ti ni le aprieto las tetas como a ti ni le chupo sus labios adultos e infantiles como a ti, a ella solo la uso como pasatiempo laboral. Y a cambio el maldito sueño de que soy embajador de este pútrido país en un rincón lejano de Malasia. Y no me he rasurado aún, sino que me estoy poniendo el gel en el rostro, y me imagino a Virginia y sus trajecitos esos que se pone, siempre con los botones de arriba de la camisa desabrochados para que todos le veamos las tetas y para que Rodríguez se excite y siempre reciba un no por respuesta. Ese Rodríguez es todo un pelele, pero yo no puedo ser algo distinto cuando soy tu amante 573. ¿Mañana te veré? Clara es un cuento aparte, siempre que en la tienda me lleva a la bodega para chupármela y para que le meta los dedos en su caverna. Pero a Clara sólo la veo un par de veces al mes por qué rota su puesto. Y no importa. Lo importante es qué significa que sueñe con que soy embajador. Y al final mis aventuras sexuales, con Clara, con Virginia, con la indigente que se cogen los policías, con la chica transexual que se descarga en mi, son toda una parafernalia de nuestro romance que es para ti el 573. Ya fui a la oficina. Me corté la cara al rasurarme. Virginia me dijo que debía poner más cuidado. Curiosamente también hoy estuvo Clara en la tienda de autoservicio. Con las dos tuve acción. Llegué a mi departamento, abrí la botella de whisky que compré, ese barato que es bueno, y los ostiones ahumados los devoré para tener algo en el estómago. Tomé mi antidepresivo y seguí bebiendo. Soy el 573 para ti y no sé cuándo te vuelva a ver. Suena la puerta de mi casa y es Raquel, la chica trans. La dejo pasar. Abre su bolsa y me muestra 7 paquetitos de cocaína. Nos espera la fiesta pero le digo que estoy cansado, que se vaya con eso a otra parte. Me ruega chupármela y la dejo mientras le aprieto sus tetas. Se va pero me deja de regalo 2 paquetes de coca. La noche es corta para mi que estoy cansado y pienso en ti. ¿Por qué demonios desde que te conozco sueño que soy embajador? Pamplinas. Eso es nuestro mecanizado reflejo y entonces de nuevo la puerta y eres tú y me dices: no volveremos a vernos.

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