Blogging poetico

Así reflejos

Esparcir voces todos los días en una vasija de barro, colocar los dientes infantiles en el altar, añadir bicarbonato de sodio, imprecar al vecino con un disco de rock sudamericano, pamplinas. El tinaco de los años se llenó con el heno de la tristeza y los huecos pérfidos de los amores juveniles son un reflejo que pasma los deliciosos instantes de la cinta proyectada en el aula pública. Todo es una densidad prófuga y las interrupciones de la audiencia son un alacrán que picotea la mano de la memoria. Pamplinas, rotoplas reforzado, tinaco de vivencias, rotoplas reforzado, pamplinas. En la mesita de noche queda guardado el volumen de cartas y postales en su cajita de zapatos y la lámpara con su pantalla de flores es un rincón donde los mosquitos anidan los piquetes futuros. Pero pensemos que es invierno y en el verano los mosquitos actúan. Las canciones rancias de los Beatles se han vuelto el helado azucarado de la nevera, maldito consumismo, maldita imploración de una vida al lado de una modelo de victoria secrets o peor aún longitud afirmativa de que no ha parado la pesadilla. Irrealidad constituida en tropeles de cariños falsos pero también de álbumes de colorear que ya de infantiles son neurosis prolongada de astucia indeleble. Facilidad de mutismo, mutismo abierto, si en el cielo sigue volando el planeador con propaganda es que el televidente sigue volteando hacia arriba.

Constricción, constipación, conflagración, anticipo del azote de la puerta cuando peleas con tu madre. Azules caminatas en Amsterdam toda la primavera, gris colina de Bogota, especie de racimo de uvas griegas en Atenas, todos los días son el mismo día desde que me rompiste el alma y no por eso dejo que la felicidad se vuelva una moneda. A cambio de los intercambios diplomáticos la cristalina influencia del beat nacionalista, argentino, mexicano, cubano. Rosticería de amores platónicos, falacia, di que una vez no fuiste encima de las praderas la niña sonriente que volteo a ver un río para que pueda decirte que también lloro de vez en vez tu nostálgico destierro. Alambiqué las costras de las canas en mi cabeza y volví una princesa sapo para que no dejáramos de besarnos. Cosa simple, cosa sencilla, pi-pi-pi-ri-pi-pi antagonismo escrito de la nublada cortina por los arrecifes de la lengua que sigue guardando voces en la vasija de barro, todos los días, como el primer día, como ese instante antes de que te fueras a vacacionar para siempre en una playa caribeña.

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