Blogging poetico

Hacia el funeral de la música

Vivo la muerte de la música en mi, el asesinato del sonido, como un caracol que inevitablemente cae presa del cloruro de sodio. Me enfrasco en las letras, mis letras, estas carcomidas instancias fétidas. Desisto de las obligaciones, me pierdo en el terreno de la depresión, la grisura del instante, el invierno, trece años de extravíos, rotunda formalidad de mantenerme alejado de la sociedad, de los grupos, de las personas. Mi claustro, ese claustro que nació en un viaje a Japón, es un claustro de irreverencia. La música muere en mi vida, muere poco a poco, distante, lejana, fugitiva. Como mi inocencia murió y como mueren también los recuerdos cuando son cápsulas que no dicen nada a nadie. Mi soledad, eso mata a la música, mi aislamiento, mi reclusión, mi fastidiosa intentona necia. Robustecida la melancolía es una tina de desperdicios. Spinetta decía que el pasado no es mejor sino que mañana es mejor y mis caminares por las rutas de la psicodelia argentina de los setentas no son ya más vigentes. Naufragué, en abril hace 13 años. Naufragué al automatismo terco y torcido de los momentos ralos por la cuesta de los tiempos, por la incomprensión del presente, por la negación de la maquinaria inmensa que me tragó. Espacio y tiempo, escasa coordenada de acomodo, torpeza, negrura, luto, sombras todas las canciones de amor cantadas, sombras los esbeltos arcaoíris, sombras la sonrisa y sombra la memoria. Altavoz de la penumbra, grandilocuencia, porción improductiva del ser contra los eclipses de la juventud. Torpeza, sombras, la música está muriendo en mi, como el regocijo, como el optimismo, como los atardeceres, como la sonrisa pispireta, como ir al cine, como la aceptación de la renuncia. Este abandono, este hueco de silencio, este golpe fatal, la música muere en mí y yo muero con ella.

 

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