Micro XXXVI

Espectro aguado

la bocanada

salto

al tedio gris

de un tabaco encendido.

Changoidismo torcedura

Eso mismo, soy un chango, eso, no sé. He perdido la razón. Pero a cambio tengo pelo. No es cuestión de hormonas. No atraigo a las mujeres. Eso creo. No sé, es mucho más que una vandalización intelectualista verbal. Por si acaso, el camino lo marcó la indigencia académica. Al final es sólo una tinta más que no existe porque es luz, esto, exacto, luz, pero peluda. Por si estaban con el pendiente.

changoide torcido

Triangulación inservible

Osadía el acto de envolver regalos

por los tendederos de la existencia.

Canto, atropellada la dicha,

todas estas canciones de la psicodelia

argentina y sus alfajores y la misa dominical.

Los arrecifes de libros en las tiendas de San Telmo

los croquis de fiestas alocadas

los paseos por la Recoleta

eso que es una imagen gris y diluida:

un día hablamos y creímos ser amigos,

pero no sabíamos que a cambio de nadie

estábamos haciendo una costra almidonada:

la costra es nuestra olvidada sirena porteña.

El viaje, largo, a DF. Coyoacán. No sabía

que era factible asirse a los polvorientos cantos,

pero es osado envolver regalos cada navidad.

Dicen que existe un conocimiento popular

digo que los ácidos del vinagre van bien

con betabeles y lechuga romana. A cambio

el vuelo y el jet lag y el aroma aún del bife

en la parrilla de San Telmo, las mujeres,

los carniceros y esos taxis negros y amarillos.

Recuerdo de Puebla de los Ángeles, fastidio

eclipsada la tostada de pata de marrano en el mercado.

Sonámbulo es quien cocina longaniza por si a acaso.

Pero en el recinto barrial el líder sindicalista: charrismo

no sé, imagen de los anarquistas de la década de los 20.

Siglo XX. Tentáculo que eyacula palabras: aneurisma política.

Porción de estigma esa cruda ventana abierta por la tarde

con el atardecer a cuestas y los lingotes en el banco

todos tostados de oro y maciza precisión kilogramática.

Esos tangos de Gardel son también los torrentes

de mis abuelos y mi pasado. No sé por qué

pero la globalización ya existía, todo eso fragmento

e imán, por ello no dejo de creer que el triángulo

lo completa La Habana, no sé, a cambio

envolver regalos en navidad y en el cumpleaños

tremebunda osadía, quién sabe, ¿es hora de salir

del bar porque la chica que me corteja

quiere sexo desenfrenado, es eso?

Porte pagado, envío de paquetería. No sé. Alfonso Reyes

eso es un tropel de enemigos literarios.

Cinturones de polvo y de pobreza, el cine, eso mudo.

Imágenes que no promulgan el instante. Caireles de diva

del cine de oro mexicano. Hollywood, el mismo trauma,

todos los días son buenos para increpar a la osadía

de envolver un regalo. Por la rendija en la calle es de día.

Aquí es la noche la que incita, ¿qué incita? No sé, ¿pregunto?

Palabrería que no llega a verso ni versificación.

Esplendoroso tazón con espárragos humeantes en la cena diplomática.

Torcidos los tobillos de tanto baile. Acaso es eso.

Esto que es un eco de nadie es nada, nado. En esa piscina,

escribí la comisura de nuestros besos, pero es tarde.

Te has ido ya, vete, no sé, Alfonso Reyes y los enemigos

literarios, intelectuales, ¿amigos? ¿dónde? Paraíso no, Paradiso.

En fin, triángulo hispanoamericano. El foot ball también existía.

Contra bajo de Pérez Prado. Mambo. Por esa psicodelia argentina.

Tango feroz, tango, tango, bife de chorizo, entraña, mollejas.

Papeles periódicos inútiles en la ventana.

La colección completa de Bob Dylan es una reminiscencia.

Tostada de pata de marrano en Coyoacán. Falso protagonismo.

Aquí, ahora, envolver un regalo, no interesa el ahumado del salmón.

Ya olvidé que es tarde para ser alguien en este mundo.

La ciudad textualizada again

Posibilidad textulizadora de lo urbano, la ciudad textualizada. Composición a partir de escenas extraviadas.

Posibilidad textulizadora de lo urbano, la ciudad textualizada. Composición a partir de escenas extraviadas.

D’Alembert quote

“El sistema general de las ciencias y de las artes es una especie de laberinto, de camino tortuoso, en el que la inteligencia se interna sin conocer muy bien el rumbo que debe seguir. Acuciado por sus necesidades y por las del cuerpo al que está unido comienza por estudiar los primeros objetos que se le ofrecen; penetra lo más que puede en el conocimiento de estos objetos; no tarda en encontrar dificultades que lo detienen, y sea por esperanza o incluso por la desesperanza de vencerlos, se lanza a un nuevo camino; vuelve luego sobre sus pasos; franquea a veces las primeras barreras para encontrar otras nuevas; y, pasando rápidamente de un objeto a otro, hace sobre cada uno de estos objetos, en diferentes intervalos y como a saltos, una serie de operaciones en las que la discontinuidad es un efecto necesario de la misma generación de sus ideas. Pero este desorden, por muy filosófico que sea por parte del espíritu, desfiguraría, o más bien destruiría enteramente un árbol enciclopédico en el que quisiéramos representarlo”

Jean Le Rond D’Alembert, Discurso preliminar a la Enciclopedia, [1759], reimpr. Madrid, Editorial Sarpe, 1985, pp. 74-75.

Cotidiano

Vejez el truco del sol

atardecemos contra la ventana

en un beso torpedo al abismo

decibel, contra el granito de lo cotidiano.

De la memoria quebrada del año 2000

Muy bien era espolvoreada la amenaza del Y2K. Tomaba cerveza con mis amigos de la prepa, de la secundaria. Pasé semana santa en Puerto Escondido. No sé, sonaba una famosa canción de Café Quijano, la de Lola. En fin. Quería ser alguien, buscaba ser alguien. Terminaba el bachillerato. Probé mi primer toque de marihuana.

Al iniciar el año viví la ruptura de mi primer amor. Luego una sacudida rotunda estremeció mi deseo de ser antropólogo: quería ser revolucionario, decía, creía tener conciencia social. Leía a Erich Fromm sabiendo que era marxista. Todo parecía un estanque quieto entre Amsterdam y Berlín. No era verdadera mi vocación de luchador social ni tampoco lo era mi fatiga amorosa. Iba a graduarme, eso sí era cierto.

Tenía una libreta pequeña donde anotaba mis primeros versos en tanto versos, muchas veces sin sentido. Sonaban los Fabulosos Cádilacs, sonaba Café Tacuba, sonaban Los tres y la Ley de Chile, Alejandro Sanz, no sé, el típico Ricardo Arjona. No sé. Escuchaba películas de La máquina de hacer pájaros. Leía a Roberto Artl. Empezaba a comprar mi cajetilla de cigarros personal, Camel o Alitas. Veía la UEFA Champions League mientras tomaba sol en el Pacífico mexicano con 3 buenos compañeros de ruta. ¿Estoy siendo repetitivo? La repetición no trascienda los arrecifes coralinos de mi memoria torcida, como acróbata. No sé, incluso recuerdo a una hermosa niña que el último día de la estancia en la playa oaxaqueña, una niña de exquisito ver, me tiró la onda. Creo que ahí empezó mi complejo de galán mi trauma de no serlo. Inocencia.

Tocaba la guitarra a solas, a veces a algún amigo. Leía a Pablo Neruda, a Octavio Paz, traducciones de ciencia ficción rusa presentadas por Isaac Asimov, a Rafael Duarte Jiménez, a Eduardo Galeano, quería formarme una conciencia latinoamericana. Tampoco recuerdo bien cómo, pero conseguí el último disco de Fito Páez, no el de Rey sol, que conocí después, sino el de Abre.

Vamos que la escena era prometedora: libre de un amor de 4 años, tortuoso al final; preparándome para entrar a la universidad; atisbos de actividad parranderil; música, composiciones, poesía; cambio de casa; experimentación. También decía que quería ser escritor. Sin afán de nada. Inocencia.

El recuento anual de wikipedia es constrictivo. Año 2000, new century, new year, new life. Aún conservaba en un estado aceptable mi condición física. Jugaba foot ball soccer en un equipo de una liga local. Despreciaba a la clase media tecnocratizada y me figuraba haciendo ejercicios sociológicos a base del Monopoly. De pronto, quizá por algún trabajo escolar, leer a Talcot Parson, de pronto también tomar clases de mecanografía, de pronto las disputas en medio de un año electoral: ¿opciones? Cuahtemoc Cárdenas del PRD, mi cándidato, Francisco Labastida del PRI, Vicente Fox del PAN, Rincón Gallardo de un partido que olvidé, no sé, pero recuerdo que fui a tramitar mi credencial para votar con una camisa guatemalteca color verde turquesa en compañía de una excelente amiga. Salió la credencial y finalmente creí ser un adulto. La ley me reconocía como ciudadano. Elecciones. 2 de julio de 2000. Ernesto Zedillo Ponce de León era el presidente al que le tocaba reintegrar el poder a su partido o entregarlo a una “nueva” propuesta política. El calendario era inverosímilmente agradable: primavera, vacaciones playeras, verano, vacaciones chiapanecas, otoño, doloroso episodio familiar, invierno, primer cumpleaños en tragedia absoluta.

http://es.wikipedia.org/wiki/2000

Olimpiadas en Sidney. Jubileo Vaticano. Yo debía haber estado en esas olimpiadas, quería estarlo. Abandoné el Tae Kwon Do mucho antes de poder saber que mi trauma olímpico no tenía si quiera avisos de ser potencialidad. Medalla en Tae Kwon Do por Victor Estrada Garibay, de quien recibí un seminario de combate de pésima calidad. Eso sí, él era impactante, por donde se viera. Constipación mi memoria, inocencia, el recuento formalizado. Entré a la carrera de antropología social en la Universidad Autónoma Metropolitana. Vaya primer día: ya estaba enamorado de unos ojos, de los más hermosos que haya visto, pero sobre todo llegué tarde a mi primera clase porque me perdí en el pasillo, aunque quizá Claudio, con quien entré retrasado a la clase de Antropología Social 1 de Ricardo Falomir Parker, pueda recordarlo. Yo no sé cómo esta manía neurótica me convierte en una fluidez axiomática dudosa. Conquistar los años es una grandeza de poca prontitud. Inocencia.

 No había manera de profundizar en mis mecanismos oníricos. Escribí un ensayo sobre la educación en México. Gran cosa. Quedé finalista del concurso donde lo mandé. Gran cosa. Fui a la ceremonia de premiación. Gran cosa. El primer lugar lo declararon desierto. Gran decepción. Creo que el segundo también y sólo dieron el tercer lugar. Pero eso sí, tomé vino, conocí a dos chicas, una que estudiaba sociología y otra periodismo. Estuvo amena la plática. Charlamos. Bebimos. De la inocencia a la iniciación. Luego tuve que cruzar la ciudad de México desde el CIDE hasta Tapo orinándome. Llegué a la terminal, fui al baño, compré mi boleto y salí para Xalapa. Gran cosa, aprender a moverme en el Distrito Federal, al menos llegué al CIDE solo. Pero no era la facilidad la que me mantenía al margen de cambiar los artículos deportivos o musicales por las libretas y los libros. Me daba hueva leer. Me chocaba. Me aburría. No lo soportaba. Y en cambio, componer canciones, grabarlas, tocar la armónica, hacer veladas con amigos, conocer la mota. Inocencia.

Recuerdo que leí Juan Pérez Jolote cuando asistía al Congreso de Estudiantes de Antropología organizado en la Metropolitana. Conocía  Federico Besserer, no sé, iba recomendado por dos amigos queridos de Xalapa. Pero nada, nada es más que lo contado, trivialidad los tacos de suadero que me daban miedo en Tlapán. Conocimiento profundo de la urbanidad, proceso de urbanización radical, epopeya de una muerte materna prematura, dolorosa, rotunda y radical. Año 2000. Eso es, inocencia. Primer acercamiento a la libreria del Fondo de Cultura Económica en Miguel Ángel de Quevedo, que era una mirruña. Recuerdo que Mariana Elizondo, mi ex maestra de música, me invitaba a tocar con Jaime López, o a improvisar o algo así. Nunca acepte. Decían que era buen guitarrista. Nunca he creído ser bueno en algo, ni si quiera disfrutándolo. Inocencia.

Metro Barranca del Muerto, Teatro de los Insurgentes. No sé, qué más, a sí, Coyoacán, Manuel Sosa, no sé, Samborns, cerveza, billar, nuevos amigos y amigas. Finalmente la universidad. Y cómo todo se desmorona cuando tu madre muere. Como de pronto te dice uno de tus maestros: ¿es cierto que murió Margarita Urías? Responder: sí. Nueva pregunta: ¿tu mamá? Responder: sí. Sin saber qué es la vida morder la tristeza, sin saber qué es la muerte, morder la tristeza, cantar el Amor después del amor de Fito Páez en dueto con mi hermano mayor, Pollos rostizados de Trico, tequila, chupe, dolor, viaje a Naolinco. Estaba lejos de Xalapa cuando mi madre murió. Lo último que me dijo fue no te vayas. No hice caso. Siempre mi necedad. Al fin de cuentas, ese invierno, la Marcha del golazo solitario. En la vida no queremos sufrir, queremos tocar el cielo.

Dos proyectos literarios

Soy un escritor virtual, no publico en papel, para mal, para bien. He participado, sin embargo, en algunos proyectos colectivos interesantes y trascendentes, no puedo negar mi gratitud y mi agradecimiento a personas que me han abierto las puertas para ser parte de sus foros, para socializar mi trabajo, del que hablan por lo común de buena manera. Y es grato encontrar los vestigios de mi sinuosa trayectoria, de mi periplo creativo, distante de becas, distinciones, premios, fama y gloria. Lo mío es escribir y trabajar. Y ahora comparto dos enlaces a dos textos de tiempos distintos.

El primero se enmarcó en el colectivo Adict@s a la Poesía de la ciudad de Xalapa, que fuera dirigido y coordinado por Mirna Viveros. De ese colectivo recibí mucho apoyo, muchos comentarios y entusiasmo para seguir escribiendo. A veces termino cayendo en el pesimismo porque no logro mover mi trabajo, pero con Adict@s a la Poesía logré establecer un cierto compromiso de participación, quizá muy por debajo del conjunto de actividades que el colectivo emprendió. Pero queda la huella y el registro de la colaboración y el compañerismo que representó nuestro vínculo. Sin mayor protagonismo que el que merece uno más de sus participantes, dispongo a continuación los enlaces de algunas participaciones en este colectivo que tanto extraño en la ciudad de las flores:

http://issuu.com/abierta/docs/abiert_2?e=0/11522053

http://www.adictosalapoesia.org/category/romulaizer/

 

La otra participación es mucho más reciente, más cercana en los días, pero también distante por tratarse de una comunicación epistolar, de correo, virtual. Se trata de mi estimado poeta y Mauricio Mallet quien conocí gracias a Roberto Sandoval, maestro mío e historiador radicado en Malinalco. Un día Roberto me escribió para pedirme si podía orientar un poco a un amigo suyo que estaba en eso de la escritura. Recibí el correo de Mauricio poniéndonos en contacto y en adelante hemos tenido una relación, mayor o menor, de intercambio literario. A finales del año pasado, Mauricio me compartió su participación en un proyecto de revista digital llamada NOOB y me invitó a colaborar en ella. Preparé unos textos, de los más recientes que tenía, y fui publicado por el equipo de NOOB en la edición de invierno de 2014. Agradezco mucho el espacio y la oportunidad de publicar con un equipo joven, talentoso, entusiasta, creativo y propositivo. Aquí les comparto el enlace:

http://issuu.com/revistanoob/docs/revista_noob_4/1

 

Un saludo a la audiencia y disculpas por el abandono, estoy atiborrado de pendientes.

 

Romulaizer Pardo

Distingos

De la poesía y la historia

una que cuenta

cómo deberían ser las cosas

otra que cuenta

como son.

Del signo lingüístico

el significado

imagen conceptual

y el significante

imagen acústica.

De la cultura

la materia y los símbolos.

Del fetiche de las mercancías

el valor de uso

que se mide con el trabajo acumulado

y el valor de cambio

entrecruzamiento de mercancías.

De las ciencias

las de la naturaleza

y las del espíritu.

De la ilustración

la razón y la teología.

De todos los distingos

ninguno hay más roto

que el del niño y el hombre.

Chatarrismo simbólico-cultural postdigitalista

Ahora lo inombrable, residuos, soledad y migajas, devenir contrariado. Pensamiento amordazado como neblina fugitiva que satura los rincones de la fantasía. Viviremos una necrogonía compuesta de estatutos alfabetizados. Pero no dejamos perder el rancio instinto de la sabia escrutinadora que es la vida. Ninguna estética figurativa nos conduce por el óvalo semántico, al contrario, encontramos en los incidentes nemotéticos una composición pluridimensional que socava el telón de los cánones. Teleología inversa como rayo de luz a mitad de la pradera, los torrentes azules de todas las primaveras. La sapiencia vomitada entonces como después de una inmensa orgía romana y luego de nuevo la lectura para volver a vomitar ideas, símbolos, pensamientos, garabatos que rompen emociones. En definitiva, el caos postmodernista recalcitrante de conservadurismo es una espora que almacena transubjetividades, prolifera la ácida intervención quirúrgica de los tomos y volúmenes kantianos y rousseaunianos y luzánicos. Arbitrariedades, la ostra iluminista del ascenso, aüfklaren si es que así se escribía, dicther si es que así se pronuncia, narkotischen geist si es que eso es posible. Logofobia entrópica, algoritmo fútil, inmensidad conquistada que se arrebato a Aristóteles y Sócrates. El inmenso dolor de una occidentalización iniciada en el siglo IV a.c. y los escombros amarillos de las archivos históricos del Vaticano, no sé, santos, santas, hombres dedicados a la vida de otros hombres dedicados a la vida de otros hombres dedicados a la vida de Dios. Angustia pasajera, náusea constante, el absurdo ansioso, ese malecon moderno en Bali o mejor aún, la dimensión arquetípica de la sexualidad transgresora. Azules los cielos y las neblinas de letras y palabras que están aguardando ser descubiertas. De nueva cuenta los atardeceres conceptuales de la memoria y las luminarias del escrutinio que se escienden: totalidad culturalista de nuestros inmensos arropamientos abstractos.

La cuchilla del vocabulario y los lexemas trotando fantasías ideográficas. No sé, es mucho menos fácil hablar con sencillez que llegar a lo inombrable. Extracto apolíneo el sin sabor de los estertores realistas que plasman el acto fractálico. Ácido de nueva cuenta el amanecer del código de Amurabí y Alí Baba y los 40 ladrones y los 40 principales y toda la actitud y ser muy FM escuchando buena música. Estetofilia ramplona, tuerca mentalista: futilidad-postdigitalidad-occidentalidad-anacronicidad- periplo cierto de factura imbécil. Fragancia enmohecida, locación que asesina el racionalismo cartesiano y los números públicos de Ortega y Gasset que son en este momento un snobismo. Futilidad, esterilidad, postdigitalismo contra contractuallista, esporádica mancha de tinta, la vela del siglo XVII con la que San Agustín era leído, el papel del siglo XVII en que San Agustín estaba escrito, el fósforo del siglo XVII con el que se prendió la vela para leer el libro, Jean de LaFontaine como libertino fabuloso que excomulga al mal humor. Arbitrariedad del signo lingüístico, semantemas y Greimas y el estructuralismo francés y la división inherente a las formas simbólicas y todo eso que es el legado anticipado de los especímenes intelectuales transgeneracionales.

Todo eso, que es esto inombrable, es un grito que no describe más que la poéticidad teorética de un alumno atrapado en la lógica subformal.

Micro XXXIV

Alfabeto antiguo

tu boca

mi deseo

ojo que lee con luz de vela

la arqueología de tu aliento.

Micro XXXIII

Triple acción del desamor

acción lava heridas

acción

detergente: el amargo degustar

tus exquisitas formas que me rechazaron.

 

Changoidismo filogenético

Los asuntos teocráticos no pueden equipararse a las constataciones de la divinidad en cualquiera de sus formas. Quizá parece que el simio, el chango, el homínido, es algo más que una simple referencia animal de la especie a la que pertenecemos. Bueno, les tengo una simple eleboración retoricista: este changoide que soy no puede evadir la lógica parafernalia que ostenta su simbolismo ramplón, así que a falta de bananas, y de chicas en bikini, el bramido estero de una longitud de onda como la proporcionada por el ácido muriático no es una canción de la temporada psicodélica de los Beatles. Al final de cuentas no hay trascendencia en el acto salvaje, retorcido, de intelectualizar un changoidismo, fútil y rancio, siempre que los changos, felices en la jungla, aunque no en el Amazonas, adquieren una popularidad sinuosa cuando se trata de la jugarreta del pasado. Oscuridades profilácticas componen una sílaba esdrújula que no dice más que árbol, pero eso sí, los cánticos falaces del simbolismo changoideo mantienen posturas que no perfilan el acto deportivo del comentario ignorante de la estrella mundial.

No es para menos si pensamos que el acto de vandalismo cultural es inercia del periplo verbalizado: años, años, años, años, años, así, contra la pared y el arbusto, contra la columna rota de la hacienda abandonada, no sé, años, más años, el evento traumático de un rave, pamplinas ramplonas. Eso es. Un chango es natural, yo, changoide, soy artificial, artificio, artilugio, no sé, años, años, todos esos idiomas no aprendidos, esas letras dislocadas, mitad pelo, mitad razón, entre el número creciente de digitalistas virtualistas blogueros al infinito. Pamplinas. Como tinaco de casa del siglo XVIII, pero oxidado por la sal en el océano de los arrecifes discursivos del siglo de las luces.

Changoide, eso que pasa contra el papel de baño cada vez que hace falta una  limpieza de fondillo. No es sátira, es que no me sale otra cosa. En fin, la barba impuso su ley: el régimen del peludismo changoideo.