Chatarrismo simbólico-cultural postdigitalista

Ahora lo inombrable, residuos, soledad y migajas, devenir contrariado. Pensamiento amordazado como neblina fugitiva que satura los rincones de la fantasía. Viviremos una necrogonía compuesta de estatutos alfabetizados. Pero no dejamos perder el rancio instinto de la sabia escrutinadora que es la vida. Ninguna estética figurativa nos conduce por el óvalo semántico, al contrario, encontramos en los incidentes nemotéticos una composición pluridimensional que socava el telón de los cánones. Teleología inversa como rayo de luz a mitad de la pradera, los torrentes azules de todas las primaveras. La sapiencia vomitada entonces como después de una inmensa orgía romana y luego de nuevo la lectura para volver a vomitar ideas, símbolos, pensamientos, garabatos que rompen emociones. En definitiva, el caos postmodernista recalcitrante de conservadurismo es una espora que almacena transubjetividades, prolifera la ácida intervención quirúrgica de los tomos y volúmenes kantianos y rousseaunianos y luzánicos. Arbitrariedades, la ostra iluminista del ascenso, aüfklaren si es que así se escribía, dicther si es que así se pronuncia, narkotischen geist si es que eso es posible. Logofobia entrópica, algoritmo fútil, inmensidad conquistada que se arrebato a Aristóteles y Sócrates. El inmenso dolor de una occidentalización iniciada en el siglo IV a.c. y los escombros amarillos de las archivos históricos del Vaticano, no sé, santos, santas, hombres dedicados a la vida de otros hombres dedicados a la vida de otros hombres dedicados a la vida de Dios. Angustia pasajera, náusea constante, el absurdo ansioso, ese malecon moderno en Bali o mejor aún, la dimensión arquetípica de la sexualidad transgresora. Azules los cielos y las neblinas de letras y palabras que están aguardando ser descubiertas. De nueva cuenta los atardeceres conceptuales de la memoria y las luminarias del escrutinio que se escienden: totalidad culturalista de nuestros inmensos arropamientos abstractos.

La cuchilla del vocabulario y los lexemas trotando fantasías ideográficas. No sé, es mucho menos fácil hablar con sencillez que llegar a lo inombrable. Extracto apolíneo el sin sabor de los estertores realistas que plasman el acto fractálico. Ácido de nueva cuenta el amanecer del código de Amurabí y Alí Baba y los 40 ladrones y los 40 principales y toda la actitud y ser muy FM escuchando buena música. Estetofilia ramplona, tuerca mentalista: futilidad-postdigitalidad-occidentalidad-anacronicidad- periplo cierto de factura imbécil. Fragancia enmohecida, locación que asesina el racionalismo cartesiano y los números públicos de Ortega y Gasset que son en este momento un snobismo. Futilidad, esterilidad, postdigitalismo contra contractuallista, esporádica mancha de tinta, la vela del siglo XVII con la que San Agustín era leído, el papel del siglo XVII en que San Agustín estaba escrito, el fósforo del siglo XVII con el que se prendió la vela para leer el libro, Jean de LaFontaine como libertino fabuloso que excomulga al mal humor. Arbitrariedad del signo lingüístico, semantemas y Greimas y el estructuralismo francés y la división inherente a las formas simbólicas y todo eso que es el legado anticipado de los especímenes intelectuales transgeneracionales.

Todo eso, que es esto inombrable, es un grito que no describe más que la poéticidad teorética de un alumno atrapado en la lógica subformal.

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