De la memoria quebrada del año 2000

Muy bien era espolvoreada la amenaza del Y2K. Tomaba cerveza con mis amigos de la prepa, de la secundaria. Pasé semana santa en Puerto Escondido. No sé, sonaba una famosa canción de Café Quijano, la de Lola. En fin. Quería ser alguien, buscaba ser alguien. Terminaba el bachillerato. Probé mi primer toque de marihuana.

Al iniciar el año viví la ruptura de mi primer amor. Luego una sacudida rotunda estremeció mi deseo de ser antropólogo: quería ser revolucionario, decía, creía tener conciencia social. Leía a Erich Fromm sabiendo que era marxista. Todo parecía un estanque quieto entre Amsterdam y Berlín. No era verdadera mi vocación de luchador social ni tampoco lo era mi fatiga amorosa. Iba a graduarme, eso sí era cierto.

Tenía una libreta pequeña donde anotaba mis primeros versos en tanto versos, muchas veces sin sentido. Sonaban los Fabulosos Cádilacs, sonaba Café Tacuba, sonaban Los tres y la Ley de Chile, Alejandro Sanz, no sé, el típico Ricardo Arjona. No sé. Escuchaba películas de La máquina de hacer pájaros. Leía a Roberto Artl. Empezaba a comprar mi cajetilla de cigarros personal, Camel o Alitas. Veía la UEFA Champions League mientras tomaba sol en el Pacífico mexicano con 3 buenos compañeros de ruta. ¿Estoy siendo repetitivo? La repetición no trascienda los arrecifes coralinos de mi memoria torcida, como acróbata. No sé, incluso recuerdo a una hermosa niña que el último día de la estancia en la playa oaxaqueña, una niña de exquisito ver, me tiró la onda. Creo que ahí empezó mi complejo de galán mi trauma de no serlo. Inocencia.

Tocaba la guitarra a solas, a veces a algún amigo. Leía a Pablo Neruda, a Octavio Paz, traducciones de ciencia ficción rusa presentadas por Isaac Asimov, a Rafael Duarte Jiménez, a Eduardo Galeano, quería formarme una conciencia latinoamericana. Tampoco recuerdo bien cómo, pero conseguí el último disco de Fito Páez, no el de Rey sol, que conocí después, sino el de Abre.

Vamos que la escena era prometedora: libre de un amor de 4 años, tortuoso al final; preparándome para entrar a la universidad; atisbos de actividad parranderil; música, composiciones, poesía; cambio de casa; experimentación. También decía que quería ser escritor. Sin afán de nada. Inocencia.

El recuento anual de wikipedia es constrictivo. Año 2000, new century, new year, new life. Aún conservaba en un estado aceptable mi condición física. Jugaba foot ball soccer en un equipo de una liga local. Despreciaba a la clase media tecnocratizada y me figuraba haciendo ejercicios sociológicos a base del Monopoly. De pronto, quizá por algún trabajo escolar, leer a Talcot Parson, de pronto también tomar clases de mecanografía, de pronto las disputas en medio de un año electoral: ¿opciones? Cuahtemoc Cárdenas del PRD, mi cándidato, Francisco Labastida del PRI, Vicente Fox del PAN, Rincón Gallardo de un partido que olvidé, no sé, pero recuerdo que fui a tramitar mi credencial para votar con una camisa guatemalteca color verde turquesa en compañía de una excelente amiga. Salió la credencial y finalmente creí ser un adulto. La ley me reconocía como ciudadano. Elecciones. 2 de julio de 2000. Ernesto Zedillo Ponce de León era el presidente al que le tocaba reintegrar el poder a su partido o entregarlo a una “nueva” propuesta política. El calendario era inverosímilmente agradable: primavera, vacaciones playeras, verano, vacaciones chiapanecas, otoño, doloroso episodio familiar, invierno, primer cumpleaños en tragedia absoluta.

http://es.wikipedia.org/wiki/2000

Olimpiadas en Sidney. Jubileo Vaticano. Yo debía haber estado en esas olimpiadas, quería estarlo. Abandoné el Tae Kwon Do mucho antes de poder saber que mi trauma olímpico no tenía si quiera avisos de ser potencialidad. Medalla en Tae Kwon Do por Victor Estrada Garibay, de quien recibí un seminario de combate de pésima calidad. Eso sí, él era impactante, por donde se viera. Constipación mi memoria, inocencia, el recuento formalizado. Entré a la carrera de antropología social en la Universidad Autónoma Metropolitana. Vaya primer día: ya estaba enamorado de unos ojos, de los más hermosos que haya visto, pero sobre todo llegué tarde a mi primera clase porque me perdí en el pasillo, aunque quizá Claudio, con quien entré retrasado a la clase de Antropología Social 1 de Ricardo Falomir Parker, pueda recordarlo. Yo no sé cómo esta manía neurótica me convierte en una fluidez axiomática dudosa. Conquistar los años es una grandeza de poca prontitud. Inocencia.

 No había manera de profundizar en mis mecanismos oníricos. Escribí un ensayo sobre la educación en México. Gran cosa. Quedé finalista del concurso donde lo mandé. Gran cosa. Fui a la ceremonia de premiación. Gran cosa. El primer lugar lo declararon desierto. Gran decepción. Creo que el segundo también y sólo dieron el tercer lugar. Pero eso sí, tomé vino, conocí a dos chicas, una que estudiaba sociología y otra periodismo. Estuvo amena la plática. Charlamos. Bebimos. De la inocencia a la iniciación. Luego tuve que cruzar la ciudad de México desde el CIDE hasta Tapo orinándome. Llegué a la terminal, fui al baño, compré mi boleto y salí para Xalapa. Gran cosa, aprender a moverme en el Distrito Federal, al menos llegué al CIDE solo. Pero no era la facilidad la que me mantenía al margen de cambiar los artículos deportivos o musicales por las libretas y los libros. Me daba hueva leer. Me chocaba. Me aburría. No lo soportaba. Y en cambio, componer canciones, grabarlas, tocar la armónica, hacer veladas con amigos, conocer la mota. Inocencia.

Recuerdo que leí Juan Pérez Jolote cuando asistía al Congreso de Estudiantes de Antropología organizado en la Metropolitana. Conocía  Federico Besserer, no sé, iba recomendado por dos amigos queridos de Xalapa. Pero nada, nada es más que lo contado, trivialidad los tacos de suadero que me daban miedo en Tlapán. Conocimiento profundo de la urbanidad, proceso de urbanización radical, epopeya de una muerte materna prematura, dolorosa, rotunda y radical. Año 2000. Eso es, inocencia. Primer acercamiento a la libreria del Fondo de Cultura Económica en Miguel Ángel de Quevedo, que era una mirruña. Recuerdo que Mariana Elizondo, mi ex maestra de música, me invitaba a tocar con Jaime López, o a improvisar o algo así. Nunca acepte. Decían que era buen guitarrista. Nunca he creído ser bueno en algo, ni si quiera disfrutándolo. Inocencia.

Metro Barranca del Muerto, Teatro de los Insurgentes. No sé, qué más, a sí, Coyoacán, Manuel Sosa, no sé, Samborns, cerveza, billar, nuevos amigos y amigas. Finalmente la universidad. Y cómo todo se desmorona cuando tu madre muere. Como de pronto te dice uno de tus maestros: ¿es cierto que murió Margarita Urías? Responder: sí. Nueva pregunta: ¿tu mamá? Responder: sí. Sin saber qué es la vida morder la tristeza, sin saber qué es la muerte, morder la tristeza, cantar el Amor después del amor de Fito Páez en dueto con mi hermano mayor, Pollos rostizados de Trico, tequila, chupe, dolor, viaje a Naolinco. Estaba lejos de Xalapa cuando mi madre murió. Lo último que me dijo fue no te vayas. No hice caso. Siempre mi necedad. Al fin de cuentas, ese invierno, la Marcha del golazo solitario. En la vida no queremos sufrir, queremos tocar el cielo.

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