Crónica de una espora existencial

juventud deportivaNo puedo trascender mi tabaquismo en tanto representa una dualidad inexpugnablemente rotunda. Es decir, vivo la degradación de un deportista caído en la drogadicción y los vicios, algo bastante común. De hecho lo que sí trascendí fueron las substancias, pero no el tabaco. Y la relación con mi pasado deportivo me atormenta cuando veo a los maratonistas, esa moda deportiva, saludable, no sé, es un tormento. No pretendo ir al gimnasio y dejé pasar mis mejores años juveniles en los infiernos artificiales del floripondio, los psicodélicos, la mota, en fin. Y mis padres, que vivieron el auge y el boom de la experimentación con substancias, son ahora un algo indefinible. Una muerta, el otro cambiado, no sé. Al ser parte de la clase media mexicana no me atrevo más que a sentir un cierto rechazo de ese grupo al que intenté pertenecer y del cual nunca me he sentido parte. Y en cambio, en donde no pertenezco es de donde provienen mis mayores problemas emocionales. Esa clase media, donde es deseable usar drogas, donde se cultiva el libre pensamiento, donde se está en contra del gobierno, donde se busca que todo joven sepa conducir un auto o sea alternativo, donde se ejerce una crítica feroz, mas a veces inconsecuente, es esa clase media a la que pertenezco por naturaleza. Y el conflicto, existencial, es quizá el trauma de mi madre nombrándome burgués todo el tiempo o el de mi padre diciendo que no era suficientemente bueno para hacer las cosas. Y me refugio han sido libros e ideas, licenciaturas inconclusas, pero también la vivencia expedita de mi juventud rebeldeautodestructividad, de mi deseo, tanático desde la postura del psicoanálisis de Erich Fromm, de matarme o aniquilarme o simplemente vivirme como un guerrero derrotado, humillado, avergonzado, sacrílego, profanador, inútil. No hay un intervalo propio de la decadencia ni una desfiguración completa de mi yo interior ni exterior. Y esa clase media, que pulula en este país golpeado, tampoco me alienta a crecer, aunque hay excepciones. Lo degradante no fue mi renuncia a la vida, a la luz, a la grandiosidad de una salud y un equilibrio. Lo degradante fue asumir mi renuncia a ser feliz, a sonreír, y naufragar completamente en la tristeza, en el abandono, en la melancolía, en la nostalgia, en el blues asombroso de no sentirme parte de nada. Y poco a poco voy retomando un lugar en el mundo, poco a poco vuelvo a ser alguien para los otros. Pero ¿cuánto tiempo fui nada para todos? No es mucho menos que la traumática vivencia de una familia de clase media, con un divorcio a cuestas, con la incomprensión de dos o más sistemas simbólico-morales. No es más que mi esquizofrenia y mi afán por denigrarme a como dé lugar.
juventud musicalSoy un joven que intenta practicar la cultura, la escritura, que intenta ser alguien en el mundo, cuando el mundo es un desquicie completo. Y sí, no leo los periódicos porque no creo que el mundo del ser humano vaya a cambiar, no creo que exista utopía alguna por la que valga la pena enarbolar una lucha, no creo que sea posible la transformación, no creo en los transformadores, así como no creo en la eternidad ni en la religión oficial ni en “las alternativas” juveniles o jóvenes. No creo porque sé que provienen de esa clase que me despojó toda la vida, porque sé que muchos lo que buscan es protagonismo. Y yo prefiero ser protagonista de mi construcción y busco protagonizar mi existir. Y mi existencia, plagada de contradicciones, no es sólo una verbalidad confusa, no es sólo un deseo de ser nombrado o ser un alguien, personalidad o personaje, no, es también sentir la lluvia después de ir a comprar cigarrillos en la noche. Y sí, todos esos rebeldes mexicanos parece que sólo buscan una moneda para beber cerveza o mezcal o algún otro tipo de alcohol o fumar marihuana o ir a comer hongos alucinógenos en primavera o pretender participar del ritual del peyote y en el mejor de los casos serán ellos los que lideren y comanden y tejan la urdimbre de un futuro ya de por si podrido y descompuesto porque al final todo es parte de una humanidad desvencijada. Ya lo planteaba yo hace 14 años en una clase de antropología mexicana manifestacion juventud rebeldeen la Universidad Autónoma Metropolitana. ¿quién eres tú como antropólogo o como ser ajeno a un lugar para decir lo que es deseable para otros? Mi conflicto ético, desde ese punto comprendido como la incapacidad, no sólo empática sino moral, de adjudicarme pertenecer a algo que me es desconocido histórica y socialmente. Y no es el EZLN o los defensores de derechos humanos, no es mi mutilación emotiva ni es tampoco la especificidad de mi posible indiferencia. No es eso, porque la realidad no es tan simple como decir: lucho por ti, para ti, cuando veas estarás muerto o derratado y yo en el puesto institucional; no es vamos a luchar pero los tuyos moriran; no es hoy soy ideológicamente contrario, pero fomento el consumismo drogadictivo; no es seamos comunales, juguemos, vivamos, compartamos, pero mira, mi nombre aparece y el tuyo no; no es estar en contra de la cultura oficial y convertirse en una personalidad orgánica; no es estamos juntos pero en el negocio yo gano, tú mueres. Escribo esto como mecánica rota, desde mi evasora circunstancia. No es simplemente estar a mitad de una pugna transgeneracional, no, no soy el estandarte de ninguna novedad ni de ningún cambio de tampoco puedo asumirme como un transformador o como un luchador social. Nada de eso. Nada de eso es viable porque yo no comprendo ni puedo empatarme con esa clase media que se asoma al jet set y que dice luchar con el pueblo.

Vivir no amerita engañar con el fin de ser alguien en el mundo ni tampoco vivir engañado o en el engaño.

 

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