Mi gangrenismo mental

Inteligencia gangrenada, esparcida por el territorio improductivo de la mecanización emotiva: mi boca mal oliente y los juicios externos que componen una sinfonía esquizoide. No sé, a veces me imagino que habría sido de mi si hubiera sido antropólogo, si hubiera acogido los consejos de los mayores cuando me internaba en el abismo autodestructivo. No sé tampoco de qué sirvió leer psiconanálisis ni mucho menos comprendo cuál es el motivo de mis discursos. ¿Desde qué trinchera podría analizarse mi discursividad? A ratos me encuentro como un enfermo y a veces como un ser que desahoga un alma vieja y cansada. A ratos me veo en el espejo y no me reconozco. No sé, me habría gustado dedicarme a algo más que a desgastar mis impulsos nerviosos. Sacudo los días de la tristeza que se instaló en los resquicios de mi corazón. No veo películas, no escucho música, me encuentro siempre perdido, extraviado, en el percance presente de los ecos magnificados de la tortura existencial.

Al final del día dudo de todo, menos del cigarrillo que enciendo y me pregunto si algo bueno vendrá porque estoy encerrado en una casa hermosa, en una ciudad provinciana, en un sitio donde no puedo entablar un diálogo con mis pares. Estoy aquí y me veo tan lejano, tan absorto, tan distante, y me duele.

 

Este Romulaizer

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