Rómulo Pardo Urías escribe

La moneda de Shanghái

Todas las calles del mundo están llenas de baratijas similares, de envoltorios similares, de periódicos deshechos, de un registro de pisadas incesante. Hace tiempo, cuando la vida era predominantemente rural, la función de las calles era otra. Ahora su función parece un símil porque las calles son como mercados extenuantes y porque además responden a un algo mucho más grande que los diseños urbanos de Vitrubio. ¿De qué símil puede tratarse cuando se habla del campo? Los historiadores dicen que es el antiguo régimen, en el fondo se trata de una metáfora de formas de vida más próximas a los ciclos de la naturaleza. No por nada las calles representan la conjunción precisa de multitudes constantes y diarias. Eso que llaman modernidad, eso mismo, eso que es transitar por sitios con luz eléctrica y drenaje, con goteras y charcos de aguas sucias. Contra las novedades luminosas de Ginza o Times Square, los escenarios de los bajos mundos se localizan en la anatomía urbana oscura y tenebrosa de las favelas de Río de Janeiro o los campamentos de pepenadores en las cercanías del Distrito Federal o de Buenos Aires. Luz y oscuridad, parámetros confusos de una regla extremosa, estratificación infinita de la ciudad y sus habitantes, algunos de los cuales viajan en primara clase por Continental Airlines y otros que ni siquiera logran pagar el microbus o el boleto de subte. Pero en La Habana —tenía que ser en La Habana— los caminos que esconden el ron, los cigarros y las mulatas, entre el mar y el malecón, entre el gua guanco y el son, abren en un punto la gota de felicidad que supera ver cualquier cuadro de Vilhelms Purvitïs o de Rodolfo Abularach.

En 1989 no estaba seguro de tener un trabajo fijo. Es más, las ciudades me daban miedo. Estaba en su máximo esplendor el tema de ETA. La perestroika desmoronaba los residuos de un comunismo ya agrio y caduco. La Comunidad Europea arrancaba un atisbo de consolidación. Yo no podía ni quería dejar mis campos de arroz en Lao Cai, no podía dejar mi pasión etnográfica, menos aún renunciar a contar la historia de la invasión china. Mi beca Fulbright aún estaba vigente y la traducción al catalán del trabajo de Nigel Barley, traducido y publicado al español por Anagrama al poco tiempo, me daba algo de créditos y unas monedas por derechos para hacer una vida dedicada a mi investigación. ¿Algo más? Tenía una cámara Sony Handycam de 8mm. Hacía excursiones en la provincia hacia Batxat, Sapa y Moungkhuong, realizando grabaciones con el fin de registrarlo todo para mi gran documental sobre la frontera entre Vietnam y China al concluir el siglo XX. Como una ostra abierta de pronto me encontré desnudo ante mi destino. Una llamada de la American Anthropological Association cambio todo de golpe. Era Phill Williams quien me hablaba para pedirme que fuera a Boston con urgencia. Algo había pasado. Phill pedía que olvidara la aventura oriental: —¿Quién diablos crees que eres? No he terminado mi grabación y mi etnografía está incompleta, ¿qué te pasa?— respondí con una ira auténtica y rotunda. La suya fue una respuesta más bien contundente: —Michael, Rebeca está grave de salud y quiere verte, me ha dicho que debe pedirte algo último—. Entonces, con el corazón sorprendido y los ojos llenos de lágrimas, tuve el valor de colgar, empacar mis cosas y buscar la manera de cruzar el pacífico. Fue eso lo que me condujo hasta Shanghái.

Esta noche es mucho más que una forma de rememorar. Hoy que estoy aquí en La Habana, justo hoy, que han pasado ya 20 años desde ese momento en que abandoné Lao Cai. Nunca volví a Vietnam y hoy me preguntó por qué ni siquiera hice la edición de mis cintas. Amor finat és el més dolç oblit, diría mi poema favorito de la Barcelona de mis abuelos. Pero la travesía oriental fue un espejismo auspiciado por mi lectura de Margaret Mead o de Franz Boas. Cuando Phill me habló, que me decía Michael porque le costaba menos trabajo que decirme Miguel, habían pasado meses sin que tuviera noticias de Rebeca. Ahora estoy ahogado en ron. He tomado mojitos toda la tarde. Son las 9 de la noche. Ya no puedo fumar un cigarro más. Laura, la mulata que me cobra 500 pesos la noche, me dijo que hoy quiere ir a ver su hijo. Le pedí que hagamos lo nuestro y después se vaya, que hoy quiero dormir solo. En esta Habana, este invierno, este último día del 2009, pienso que quizá la petición de Rebeca hubiera sido un salvoconducto para el resto de mi vida. No lo sé. Desde esa llamada hecha por Phill hay algo que me rompió por dentro, algo que va acompañado de esta moneda, unida a mí desde ese viaje hasta hoy.

Empaqué, me despedí de mis amigos, cruce la frontera hacia China y me dirigí por tierra a Hong Kong, sitio por ese entonces bajo dominio inglés. Mi creencia era que sería más fácil hacer el viaje desde ahí. Las palabras de Phill eran claras y estremecedoras, Rebeca estaba muriendo. Cáncer, pensé. Ha fumado por 35 años. Cruzar a China no fue gran problema por mi pasaporte norteamericano, el problema se presentó cuando llegué a Hong Kong, sospechosamente no había viajes directos a Estados Unidos. Así que debía pasar o por Tokio o por Shanghái, de ahí conectar a San Francisco o Seattle y después volar hasta Boston. Nada lo suficientemente rápido para calmarme, claro. Y mi pesadilla se había vuelto realidad justo cuando desempacaba el borrador de un artículo de Francis Fukuyama que Roger Fieldington me había hecho llegar hasta Lao Cai, apenas dos semanas antes, para que lo revisara y pudiera tener un mapa político del momento. No sé bien cómo pero todas mis cosas habían llegado sanas y salvas hasta Hong Kong. Así que tomé dos decisiones. Conseguí los servicios de paquetería de DHL para mandar el grueso de mis cosas hasta nuestro departamento en Boston y decidí comprar mi boleto de avión pasando por Shanghái, pues Tokio me parecía un exceso innecesario. Viajaría hasta Seattle y de ahí hasta Boston. Lo había decidido.

Llegué a DHL y mandé mis cosas desde Hong Kong hasta Lincoln Street en Boston Massachusetts. Tomé un descanso, comí algo estilo occidental, hablé a la embajada de Estados Unidos, compré mi boleto a Shanghái y fui a dormir al Hilton. Al día siguiente volaba. Con ese vuelo mis incertidumbres crecían. Desde mi habitación llamé a Rebeca y finalmente me dio la certeza: —Miguel, tengo cáncer, no había podido decirte, no quería interrumpir tu trabajo—. Enfurecí. Lloré. Respondí: —cómo te atreves a ocultarme algo así, ahora entiendo porqué tu estudio sobre los Hopis no fue concluido. ¿Desde cuándo me ocultas esto?—. El silencio se abrió entre nosotros como un abismo que ahora se volvía menos estrecho, abismo de años dedicados a nuestros proyectos antropológicos. —Joder Rebeca, desde que vivíamos en Barcelona no había sentido tanta falsedad de tu parte, ¿qué pasó contigo?—. Dijo: —cálmate, respira, sé fuerte. ¿Cuánto tiempo tardas en llegar? No sabía cómo decirte—. Contesté: —Voy en camino, pero paso por Shanghái. Llego en un par de días, seguimos en contacto—. Colgué y de inmediato me entró una nausea que me condujo al baño a vomitar. Después fui al bar y tomé un whisky junto con mi cena. Volví al cuarto y dormí.

Cuando llegué a Shanghái, con todos los inconvenientes posibles en un país como China, la recepcionista de Continental me atendió como nadie. Su voz era cálida y cordial y sin ser tan evidente notó mi estado de ánimo cabizbajo. En un inglés poco convencional me preguntó: —What’s the matter?—. Sólo murmuré —my wife is dying— de una forma quizá ininteligible. Su gesto dijo lo contrario. Inclinó la mirada y metió su mano al interior de su bolsa. Estaba apunto de cruzar de nuevo el Pacífico, también estaba desesperado. Ella me entretuvo un momento, me hizo entender con sus gestos que había comprendido que mi esposa estaba muriendo. De pronto, dijo reiteradamente —your hand, your hand, your hand—, y no supe qué hacer pero extendí mi mano en frente de ella. Sonrió y deposito lentamente un abalorio en mi palma. —Lucky coin—, dijo,—and ancient—, finalizó. —For you— a la par que me entregaba los restos de mi documentación. Cerré mi puño, guardé la moneda junto a los papeles en mi cartera, le dí las gracias y sonríe. Salí de ahí soprendido antes de mi travesía de 23 horas hasta Seattle. Ingresé al avión D3549X7 de Continental Airlines con destino a la ciudad de Seattle. Eran las 6:50 de la tarde de fin de año, ese 1989. No pensaba en nada más que en los motivos de Rebeca para no decirme nada acerca de su padecimiento. El coraje no me permitió hacer otra cosa más que pedir un whisky tras otro hasta la cena. Después caí dormido y sólo desperté cuando sirvieron el desayuno. Algo estaba roto en mí y empezaba a crecer.

En La Habana he pasado unos días desoladores. La compañía de Laura me ha hecho sentir menos triste, pero no puedo olvidar a Rebeca. Estoy aquí, donde Becky y yo celebramos nuestra luna de miel y sólo pienso en ella. Abro mi cartera y pongo en la mesa la moneda de Shanghái, esa de 1989. Empiezo a llorar. La borrachera no me deja lugar a dudas y termino recriminando a mi difunta esposa sus motivos para ocultarme que tenía cáncer. Me remuerde pensar en lo que quería pedirme antes de morir. Quizá eso habría cambiado el resto de mi vida. Además, la rotura en mis adentros no cicatriza, no es más que una cavidad profunda de dolor y tristeza. He perdido todo menos mis cintas vietnamitas, que por la mañana le mandé a Phill por paquetería junto a una carta. El departamento de Boston lo vendí y con el dinero me he dedicado a la borrachera. Si hubiera sabido lo de Rebeca, si me hubiera quedado en Lao Cai, si hubiera hecho mi etnografía sobre la invasión china en Vietnam. Quizá no habría dejado de amar la antropología, de amar la vida. A quién le importa. Sólo sé que Laura está en la tina, esperando a que vaya y tengamos sexo. No puedo dejar de pensar en Rebeca. Ella era mi vida. Lo único que ahora me une a ella es esa moneda oriental, esa ancient coin. No pude llegar y ver de nuevo a Becky. Murió unas horas antes de que tomará el avión hacia Boston. Hoy en La Habana no quiero olvidarme de nada, no puedo. Voy al baño, le digo a Laura que se vista y se vaya. No quiero saber más de los placeres del mundo. Ella finalmente se va. Tomo la moneda de Shanghái. Me dirijo al balcón y la arrojo al mar. ¿Qué dolor inmenso se levantó estos 20 años dentro de mí? ¿Si hubiéramos tenido hijos habría sido diferente? Igual que hace 20 años hoy no celebraré el año nuevo. En pocos minutos emprenderé un nuevo vuelo. Seré un cuerpo que se estrella contra el acantilado.

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