Vuelvo

Reloj de sol

Descansé un poco de la escritura aquí. Es fácil perder el ritmo, difícil retomarlo. Quizá el silencio tampoco sea una manera apropiada cuando se va construyendo una audiencia. He vuelto, con distintas vivencias, sorprendido por muchas cosas, extrañado, algo cansado. No estoy en un momento bueno, no estoy contento ni me encuentro satisfecho con mi vida, exitosa, triunfante, pero triste y vacía, insípida, acartonada. Y no es para menos. Hace poco decía en Facebook que estoy traumado eróticamente. Podría agarrar este volver como una síntesis terapéutica. No lo haré. Hace más o mens 3 años y medio decidí volver a las aulas universitarias. Estudio historia y estoy en mi proceso de tesis. Si mi traumatización erótica no fuera suficiente, es decir mi incapacidad para tener vínculos afectivos con chicas pero también mi impulso vital obstruido por mi visión necropática de la vida, me arremete la culpa cuando dedico tiempo a este espacio y me digo a mi mismo: debería estar haciendo mi tesis. Voy terminando mis materias y se perfila el final de mi ciclo académico vigente. Me llena de miedo. Y tengo en mente un tema inmenso, novedoso, al cual mi asesor le pone siempre negativas. Y me siento más frustrado, más incapacitado, con menos instancias al diálogo. Vivo ese bloqueo propio de los gremios: parar ser parte de uno debes pasar por sus ritos de paso, conocer sus reglas, aceptarlas, jugarlas, trascenderlas. Y dicen que me paso de inteligente, que abarco demasiado, que no es para tanto. Localizo también mi inocencia, mi indisciplina, mi falta de rigor, mi escueto bagaje intelectual, quizá no escueto, otro, inconexo para una investigación. No es suficiente tener buena ortografía, saber citar, argumentar, construir conocimiento. No, soy un alumno y no puedo tener propuestas novedosas, soy inexperto.

A principios de mes nos fuimos a tomar la foto de generación al puerto de Veracruz. Y yo estoy

En la foto de generación

oxidado, fuera de contexto, distante, haciendo popurris irreverentes de éxitos del momento. En mi país, México, se vive un ethos de descomposición que genera un pathos violento. El ethos se refiere no sólo al narcotráfico, a las negligencias y abusos de la clase política, al sesgo ridículo y obcecado de los medios masivos de comunicación nacionales (TELEVISA y TV AZTECA), sino también a la podredumbre de un tejido social históricamente construida, al retorno del Revolucionario Institucional a la presidencia, a la reformulación saqueadora del hipercapitalismo global inserto en estas tierras. Todo esto se puede sintetizar en la expresión personal de que México es un rancho, el rancho nacional: la ley de las armas y del más fuerte, las correrías y corruptelas como sistema operativo en todos los niveles sociales, el conservadurismo religioso, fanático, el etnocentrismo racial, la discriminación y los ataques constantes a la población femenina no hablan más que de este ranchito, donde todo se arregla a pistolazos o con fajos de billetes, donde no hay derechos humanos en la práctica, aunque si en las leyes, donde la democracia es una farsa teledirigida de sostenimiento del sanguinismo político. A principios de mes nos fuimos a tomar la foto de generación, ¿qué le interesa a los jóvenes? Todo es broma, risas, chelas, alcohol, sexo, o conservadurismo, moralismo, recato, no sé… ¿Y yo dónde estoy? ¿qué soy? ¿en qué dimensión social puedo integrarme?

Rinconcito donde hacen sus nidos las olas del mar, Agustín Lara.

Estoy traumado eróticamente porque ya no distingo ni aplico ni consecuento las formas eróticas, en un sentido abstracto y concreto, las formas en las que el amor se expresa. Ya no percibo el amor, ya no lo identifico, ya no lo puedo nombrar, no puedo referenciarlo ni tampoco puedo seguir los flujos amorosos. ¿Qué es el amor? Y quizá no sólo debería leer a Stendhal.

Mosaico También Ignacio de Luzán habla del amor en su Poética. ¿La calidez, el abrazo, el beso, la ternura, la vida, el sol? Todo me remite a la biografía de Mozart que leí a los 16 años, a la división nietzcheana entre lo apolíneo y lo dionisíaco: http://es.wikipedia.org/wiki/Apol%C3%ADneo_y_dionis%C3%ADaco 

También Ignacio de

También Ignacio de

Estoy en medio, entre la luz y la oscuridad, pero dentro, vive una tundra inmensa, tundra de desamores, de desencuentros, de rabia y odio, de veneno, de envidia, de dolor, de fracasos y tristezas. Tundra porque mi corazón me resulta una gélido páramo. Por ello mis traducciones intelectualistas, mis fórmulas retóricas torcidas, espasmosas, lúgubres a veces, y otras desangeladas. Fisiológicamente mi esquizofrenia lo explica todo, mi depresividad constante, mi aislamiento, mi tabaquismo, la sombra que soy del adolescente radiante que era derpotista de alto rendimiento, la sombra de los flashes de mi psicodelia personal, ese pasaje mío turbulento, turbio, ese residual estrato psicótico, ese desorden de la razón, de la mente, los senderos transitados del laberinto del desquicio. Y yo estoy ahí, no aquí, estoy allá, no acá, sin pertenecer. El trauma erótica es eso, la actitud de abandono, el miedo a brillar, el terror al mundo, a las personas, a los juicios. Mi sensación es de un histórico rechazo a mi persona. Y aquí estoy, escribiendo, vomitando quizás, pero por encima de todo el telón de los años, 33, la edad de Cristo. Entonces el abosultismo mental de mi presente es lo imposible constante.

Estoy en tránsito y vuelvo aquí, a ser un rincón, a ser una aire, a ser letra.

 

 

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