Micro poética del desconsuelo

Una tradición poética se levanta con Aristóteles, Horacio, Nicolás Boileau, Ludovico Antonio Muratori, Ignacio de Luzán, Johann Friedriech Hegel, y luego pensar que los estructuralistas del siglo XX no pudieron omitir la función poética del lenguaje. No, Roman Jakobson no estaba equivocado, pero no se trata de una simple teoría verbal, no, tampoco es el rinconcito donde escribiste tus primeros versos. No es El cementerio Marino de Paul Valery, no es Ezra Pound, no, no es El arte del Ingenio de Gracian ni tampoco es el sentido de la teoría verbal que busque la belleza. No, es más bien el llanto, el dolorido momento de ver que no sabes cuál es la sílaba tónica ni tampoco comprender la variación de los diptongos, no es el acento diacrítico ni tampoco la eufonía o el epifonema. No es la definición antropológico-filosófica del hombre de Cassirer como un ser mitopoético. No es la poesis o la autopoesis de Humberto Maturana. Nada, este lenguaje, esta teoría, estetiza un  berrinche, un drama de control como de los que habla Victor Turner. Es la experiencia misma de los atardeceres en Lisboa, pero sin barcos ni fado ni Madredues, ni la chica que tenía un años más que tú cuando intentaron ser novios pero al final te perdiste en las drogas. Eso es, el desconsuelo de la juventud dilapidada, de la esperanza rota, la estética del llanto, del dolor, de la tristeza, como si fuera hermosa la depresión, pero también es la lógica paradójica oriental de la que habló Erich Fromm en El Arte de Amar, también es el perdido recuerdo de Las penas del joven Werther leído una primavera. Es también la ominosa omisión del Arco y la lira, de Quadrivium, la omisión de Octavio Paz, como trampolín a la ignorancia, también desconsoladora. Esta teoría verbal es lo opuesto a un dildo en una escena pornográfica, en una alcoba de solterona, es lo opuesto a la consolación masturbatoria. Es igual al auge rotulado del absurdo mítico levistraussiano, camusiano, satreano, como el juego de espejos de Lacan pero sin la crítica de Freud. Eso es esta teoría verbal, este escueto pasadizo de sin sabores: mejor hubieras estudiado física cuántica y te habrías forjado una identidad de vídeo juego. El desconsuelo de la miseria, de la trágica inmanencia edípica-eléctrica, son todas las lágrimas vertidas por una caída a los 4 años en reconocido parque local, son todos los desamores por las morenas, rubias, trigueñas de fuego, con bustos perfectos, caderas perfectas, simétricos y hermosos rostros, es, finalmente, la puja por la evasión dolorosa, es decir, el dolor que no cesa, el fin que no alcanza, que no llega, que no termina. Esta teoría verbal es la apoplegia del simbolismo antropológico de Geertz pero con las teorías culturales de Boas, Kroeber, Herskovits, es la mismísima escuela de antropología norteamericana, sin Ralph Lintón por favor. Como toda teoría verbal, su práctica es definitoria del precepto desconsolador, del dolorcito voluptuoso de una amanecer en una ranchería. El desconsuelo queda escrito así como una teoría del dolor irreparable.

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