Ejercico automatizado de despilfarro verbal Alpha 1.57.98

Imaginen: una chica y un chico, se besan, lentamente, en una película. Es más, se han olvidado de las palomitas. De pronto, en la pantalla, una esquela como parte de la narración, tétrico desenlace. ¿La película? Qué importa. Luego, afuera, los árboles verdes movidos por el viento, trinos de pájarillos, flores, verano. No. Otoño. Hojas secas, ramilletes de rosas, los novios, que se besan en el cine, no saben que afuera de él, la tarde siguiente, sus amantes tienen una cita. No es más que el eco de la ciudad. A raíz de la revisión de periódicos viejos, no consigo más que intuir que ya no sé escribir, ya no sé imaginar. Pero los novios, tiernos y poperos, arremeten contra sus labios y desquitan sus deseos reprimidos. Su inconsciente les dice: no puede enterarse de mi amante, su presencia les sugiere: vamos, no hay problema, ella/el es mi novia (o). Y de pronto, el tinaco de la casa del novio, hijo de familia, de clase media, seguidor de Limp Bizkit, estalla. Su casa se inunda. Todo su acervo de amantes desnudas, resguardas en su disco duro extraíble, queda bajo las aguas del tinaco. Vaya pérdida.
Los novios salen del cine y elle decide pedirle que no la acompañé a casa, que ella se puede ir por su cuenta, que la deje caminar por la arboleda. Se besan. ¿No son acaso los besos la forma de sellar un encuentro o una despedida? Entonces, salen del cine y ella se perfila hacia el andador. Él, sin intuir ni siquiera imaginar lo que pasó con sus “otras” en cueros que almacenaba, se topa sin remedio con Cindy. Ella lo ve, lo sigue, lo detiene, la agarra de la cabeza y lo besa. Él, entre dócil y renuente, después del beso le habla: -oye, mi novia está cerca, no mames, vete a la verga. Cindy, le guiña el ojo y le responde: ya lo sabía, el que se va a la verga eres tú, siempre me dejas mojada en la tienda. Mientras tanto la novia, ella, Elena, camina por la arboleda. De pronto se detiene, voltea hacia atrás para cerciorarse que su novio no está cerca, toma su celular, marca un número, aguarda. Se escucha: Ruben, corazón, estoy a la vuelta, llego en 15 minutos, ¿compraste los condones de sabores? Bueno, ahí llego.

Todo para él, Ricardo, lo es Elena. Pero mientras camina para alejarse de Cindy y tomar el camión a su casa, se da cuenta que tiene una erección. Maldita sea, piensa. Detiene el camión, que pasaba justo a tiempo, se sube, paga y busca un asiento. Se dirige hacia la parte de atrás. Casualmente, para Ricardo, el único lugar que hay es junto a una chava que parece modelo de Play boy.

Elena llega a casa de Ruben. Se detiene, respira, toca la puerta. Ruben abre, en bata al estilo de Mauricio Garcés: Pasa, Lena, te esperaba. El tono de voz de Ruben, niño rico que vive la vida de soltero licenciado recién graduado, es como un grave violoncelo. Elena, voraz, entra, toma las manos de Ruben y las pone en sus pechos apretándolos. Ruben impávido la toma por la cintura y ella lo cruza con las piernas. Suben a su habitación y empiezan sus menesteres. Elena, oh Elena, la más bella de la Universidad. En fin, todo vuelve a un cierto estado de normalidad después del coito.

Pero Ricardo, sentado junto a la modelo de Play Boy, se pregunta qué hace una chava “tan atractiva” en un pinche camión urbano. Pasan un tope y la bolsa de la chica, desconocida pero deliciosamente atractiva, cae al piso. Ricardo, con su agilidad de saltador de triple salto de longitud, se agacha, toma la bolsa y la devuelve a su dueña. ¿Su reacción? Gracias corazón. De nada, contesta Ricardo, y sin darse cuenta ya la tiene encima besándolo. No se hace el difícil. Prosigue la relación. ¿No sé cómo te llamas pero besas rico? No importa el nombre, sé besar con todas mis bocas, dice ella. Qué atrevida, dice Ricardo. No, jovencito, apenas comienzo, dice ella y remata, nos bajamos en la que sigue. Ricardo asume que es una oportunidad de oro. Se bajan, cruzan la calle, doblan la esquina, ella le dice, mira tengo que comprar condones de sabor, me encanta mamar. Ricardo, mueve afirmativamente la cabeza. No lo cree. Ella entra a una tienda donde, curiosamente, hay condones de sabores, sabor sandía. Además compró una botella de whisky Glendfidich, reserva 1944. Ricardo se pregunta, ya en el departamento de la chica, qué clase de tienda es esa y qué clase de chica es ella. Nada, cuando se da cuenta está desnudo, envainado con un condón sabor sandía y la desconocida haciendo su trabajo. Todo parece una maldita película pornográfica de los sueños de un adolescente de la década de los 90 del siglo XX. Pero no, Ricardo termina y piensa en Elena. La chica, coqueta y satisfecha le dice, eso era todo, me llamo Lorena. Malditas coincidencias.

Elena va al cine con Ricardo. Es una muestra internacional de Cine. Se vieron a las 3 de la tarde, fueron a comer, luego al motel, se besaron todo el tiempo. Llegaron al cine como a las 4. Entraron a la película, se besaron. La película terminó como a las 6. Era una producción francovietnamita sobre unos niños que encontraban un cargamento de napalm enterrado junto a un río en Laos. Nada del otro mundo, una simple tragedia euroasiática. Se despidieron con un beso. Se volverán a ver pasado mañana, en la escuela.

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