Recorrido de los astrales terrenos individuales

Lenta la mordida de los años
cortó el hilo de la paz.
La boca reseca y el pelo cano
de las trifulcas amorosas,
de los libros leídos y las pisadas
grises de la finitud indómita.
La terraza de la angustia
escribió con el látigo de la dulzura
los atisbos de una crónica fugaz:
un beso que era un recuerdo y fue
la cicatriz inocente de la ciudad
transida como agua de fuente en museo.
A la izquierda del palco de la melancolía quedaron las revisiones de cintas y papeles.
Que tibia la adolescencia cuando se goza, que fría la soledad cuando se sufre, que rápida la caída cuando se idealiza.
Era el sueño de vivir un arrecife
de constelaciones simbólicas. Su dureza era un trayecto mental
de obras y autores
que derruyeron el edificio de la consciencia. Totalidad secuestrada ¿la luna llena recitando una espacialidad conquistada? Toda la línea ecuatorial fue una metáfora orbital
de los desastres descritos por el desconsuelo.
Arriba de los estantes del fracaso
la imaginación ubica un hálito de ternura: una costra de personajes
oscila entre la cordura y el tenue
resplandor de falacias doctrinales.
El ciclo  de la tristeza queda resuelto
con los agujeros negros de pasividades infértiles. Una noche
un hombre muere y todas las aves
inician su migración a tierras más cálidas. Los vestigios del amor
arremeten contra la fecunda hora del porvenir.

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