Micro retoricismo de una existencia anacrónica

Esperad, no escuchéis, os pido, esperad. El mar es ancho, como si el infinito tuviera un referente enlatado en la eternidad. Un día tuvimos esperanzas, un día sonreímos, un día, que fue de noche. Nada, os invito a sorber la sopa con tiento, es más ¿recordáis la última vez que sintieron un hambre rotunda? La cuchilla de los años se vuelve en nuestra contra, somos las presas del tiempo. Pero si acaso las niñas fueran ahora mujeres yo podría decir que conocí a las mejores. Y todo es una pesadilla que no termina, todo es un presente inabarcable. Mustia la dentadura alquitranada. No crezco. Dentro de las nubes estuvieron escritas las tormentas, pero no fuimos nosotros, no fuimos, no estuvimos, no, al contrario. Rotura fue nuestro verbo, nuestro papel el desamor. Nada; comer, fumar y cagar. Dormir. No hay medicamentos para la mediocridad. Es mucha la larga lista de desfalcos emotivos ¿y que? No podrías sentir que una multitud de voces os pincha el dedo de vuestra conciencia cuando menos lo esperáis porque sois vosotros la tenacidad de una argucia fútil. Es todo lo que un helado en el suelo dice, como yo, un hombre en el suelo de su morada, en el sótano de su juventud, arrinconado contra la cortina del mundo, temeroso, como la muñeca fea de Cri-Cri. No, escuchad, socorred a otro, no a este que dilapida su esencia, ¿esencialista me nombráis? Eso, mucho menos que una ramplón intento intelectualista, retoricista del fracaso, propagandista de lo indeseable. Todos los años son la misma historia, todos los amigos hicieron su vida, todas las chicas están ahí, en el mundo. La cúspide de lo desabrido me manda mails constantes, igual que el sopor aturdidor de no saber decir las cosas, de no tener sentido, de balbucear intransigentemente los sonidos rotos por el candado emocional. Así, nada, escuchad a otro, leed a otro, acompañad a otro. No os invoco, no os necesito, no, yo no creo en Aristóteles cuando dice que somos gregarios. A mi me atomizó un espíritu colectivo a inicios del siglo XXI. Sí, a mi, por vándalo. Y no importa, está bien, cuando rompes todo lo sagrado, lo honorable, lo social, cuando transgredes no hay vuelta atrás. Mi estigma es el de un hombre que no vive su época.

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