Las lecciones

No importaban los días, ni los libros, ni las uñas negras de mugre, no importaba tener el refrí sin comida. Tampoco había otro cosa en el lugar que botellas vacías de whisky, de wodka, de ginebra. Era jueves y sabía que ella no iba a volver. Llevaba meses sumergido en una depresión alcohólica, inmerso en un letargo vital, sin dinero para comprar pintura, sin pintura para sus cuadros, sin ella. A veces sólo salía a la calle a deambular por el parque del barrio, aunque tenía la certeza de que con las primeras nevadas eso sería más difícil. Le gustaba ver los atardeceres, con las montañas de fondo, ver ocultarse el sol, revolviendo nubes, colores, atmósferas. Además tenía unos quince cuadros en exposición en distintas galerías regionales aunque no esperaba vender nada antes de que empezara noviembre.

Se levantó mustio, estiró su brazo y alcanzó una botella de cerveza que estaba junto a su cama. Bebió un poco mientras andaba por la habitación en busca de un poco de hierba para fumar. Encontró sus pantalones sucios de la noche anterior y se los volvió a poner. La habitación era un verdadero cuchitril: cuadernos de distintos tamaños esparcidos por todas partes, lápices de carbón aquí y allá, ropa desperdigada, restos de las borracheras pasadas por doquier, cigarrillos y ceniceros aleatoriamente distribuidos también, en ese cosmos entrópico que era su refugio. Después de ponerse sus pantalones buscó una camiseta y una sudadera para cubrirse. Eran las 11 am y la ciudad ya había dado distintos rugidos. De pronto un motor como de camión se escuchó en la calle. Vestido dejó la botella de cerveza, ya sin ni una gota, y encontró los restos de un cigarrillo de marihuana, ahora le faltaba fuego. Se dirigió al baño y ahí encontró un encendedor, encendió su cigarrillo, o lo que quedaba de él, mientras se veía en el espejo. Ridiculamente había una voz dentro de sí que le decía que la pensión estaba por terminarse y que aún faltaban 9 días para volver a cobrarla. No le importó esa voz como de conciencia flagelante y de inmediato buscó su cartera. La droga hacía su efecto y la cerveza también, pero necesitaba algo más para estar anestesiado, whisky pensaba. Salió de su cuarto, se perfiló hacia la sala pero recordó que no tenía consigo las llaves del lugar. Las buscó desesperadamente mientras había encendido un cigarrillo.  Encontró las llaves y pausadamente se dirigió a la calle.

La mañana fue soleada, el viento corrió, los árboles perdieron aún más sus hojas, secas y anunciando la contundencia del otoño. El verdor de los pinos contrasta con las ramas y el follaje que cae. Robert sale de su apartamento, camina tres cuadras hasta la tienda, compra tres botellas de whisky y regresa con la misma. Antes de abrir su apartamento piensa en los kebabs de la vuelta de su casa y decidí ir por unos, no ha comido nada en tres días y siente un poco de resaca. Pero su sudadera con capuchón le oculta el rostro, Robert no quiere saludar a nadie, no quiere ser identificado. Inevitablemente, al llegar al puesto de Kebabs, el vendedor lo reconoce y lo saluda. Robert le pregunta si tiene cerveza alemana y le pide tres kebabs, dos para llevar y uno para comer ahí. La cerveza llega junto al alimento tipo árabe. Robert lo ingiere sin mucha avidez, como si acabara de estar en un buffet y el kebab fuera sólo un remate aperitivo. El cocinero, que se llama Al Jalil, le da su envuelto con los otros dos kebabs. Robert toma el paquete, paga la cuenta, saca de la bolsa de papel una botella de whisky, la abre y se va a su casa bebiéndola. Fue una mañana soleada y la luz de este otoño no es similar a la que atraviesa el río más allá de la ciudad.

 

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