Autoconcepción negativa: negatividad constructiva

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I

Hay un punto en el camino de la vida en el que puedes quedar doblado, torcido, resquebrajado por todo lo que no has conseguido, todo lo que no has hecho, todo lo que te hace arrepentirte de ser quien eres. Imbuido en una moral judeocristiana, más por motivos culturales que familiares, vivir el arrepentimiento como una dosis para la creatividad es un marasmo difícil de asimilar. No importa naufragar en el input deteriorado o concebirse negativamente, como una basura del siglo o un aborto frustrado, sino el eco catártico, el desahogo, el hecho, intrascendente, de la traducción vivencial de un ego, de un ser, de una entidad psíquica única, exclusiva, que se proyecta al universo público.

No es el acto rememorativo o las secuencias intelectuales recorridas, ni siquiera es el hecho de saberse privilegiado y sentirse, por ello, un miserable en el presente. No es tampoco la dosis existencialista o ni siquiera el apabullante escándalo del wanna be a writer o peor aún quizá el ghetto prefabricado en torno de mi persona, lo que me induce a interpretar mi realidad como una almohada pedregosa de sabores exóticos. Ni siquiera es el posible tono difamatorio de algunos de mis escritos o peor aún el emolumento autodifamatorio, lo que moviliza este catartic moment.

II

Cuando tienes 18 años y pasas 10 años viviendo en crisis, ¿qué te queda a los 30? No es tampoco el hecho, proeza o no, de sobrepasar los obstáculos. Es un oscurantismo autoinducido, inductivo de las mareas lunares, epicéntrico de recuerdos intraducibles. No es tampoco esta prosa infértil o la letanía mortífera de sentirse uno menos en el mundo. Es mucho peor que el dobles firme de la juventud que me dijo: no puedes. Y es también el podrido acto de acumulación de poder, es la negación de toda instancia mística y mágico-religiosa, es una especie de ateísmo culpable o de un deísmo falto de congruencia racional. Es también la torcedura de los afectos perdidos, de los seres queridos muertos, de los que aún no se van pero ser irán. Es todo eso y también el odio y el rencor y la frustración y todo lo que significa ser alguien a quien nadie busca un sábado por la noche, a quién nadie llama un día cualquiera, a quien nadie toca la puerta de su casa. Y en esto estriba la ningunidad, un ser ninguno, un ser nadie, ya trascendido el acto del don juanismo, ya fertilizada la semilla desquiciada de un verbo en distorsión. Nunca recibí educación religiosa y no la recibiré. Es eso, lo ninguno, el ningunismo, el representar una ausencia, un algo desagradable, podrido, lúgubre, incomprensible. Y de ahí los huecos y vestigios de otros días cuando la sociedad, cuando las personas, cuando otros se proyectaban en este espejo, ahora disformismo musical.

III

Paseo cantando irreverencias

canto de melodías mutiladas, pastiche

inseminado de distorsión, Mozart y otros,

cumbia, reggeton, jamás rancheras. Las viejas del patrón,

el peor programa musical  de todos los tiempos

la inspiración. Mutilación emocional, declive, existencia

torpeza social inmanente al abismo crudo de no decir nada.

No decir nada, no ser nada, nadie, nadie, nadie, aquí.

Estaba saltando cuando caí y caí tan hondo

y salté tan alto y escuche un trueno y me partió.

Partido como transición de milenio, te extraño madre flor.

IV

Y todas las veces estar arrinconado, ya no con lecturas ni autores, sino con una falsificación por identidad, estar ahí, en el mundo, un ser extraviado, sin núcleo, sin centro, sin sentido, con un corazón que ama, con una deseo que se expande, con la tristeza de la distancia, distancia siempre realidad que amordaza los sueños, que amarra las ilusiones, que derruye los placeres. Llegar siempre al mismo punto, al mismo sitio, a las mismas conclusiones, un círculo, no una espiral. Algo que no ha dejado de ser, algo como una maldición, algo quizá ya de tan viejo, de tan antiguo, peor que obsoleto, cadáver.

Incrédulo mascullo este escrito, este vómito de letras, de palabras. ¿Intención? No puede pensarse el mundo, no puede aprehenderse la realidad, no sin antes atender el complejo personal, la unidad psíquica interna. No puede abstraerse nada sin antes proponer una concreción del adentro. Y en ese devenir, en esa dialéctica ego-grupo-sociadad, me pierdo, todo el tiempo. Por eso, desde esta torre de cristal, desde este asidero insano o torre también de marfil, desde aquí, el juicio extremoso de lo inmediato. La figuración obtusa, miope, lánguida, del no ser, del no pertenecer, del no estar, del estar no como ausente sino de ser ausencia…

Romulaizer Pardo

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