Rómulo Pardo Urías escribe

Cien vueltas al instinto

Lozana es la canción

en el cuerpo tibio

de pronto volcadura violenta,

también acto represivo.

¿Acaso olvidaste el deseo de tu sexo,

de su sexo erguido, de su lengua, de su perfil y tacto?

Estabas húmeda cuando él apareció

para humedecerte y llenarte. Saltaste a un sueño

desde el balcón ansioso de la pasión. Olvidas,

todo el tiempo, una figura religiosa para evadirte.

No, el callejón donde te desnuda diario no es un hotel.

En cambio tus gemidos son éxtasis puro,

sus oídos son el auditorio del placer,

tus orejas y su lengua son una conjunción.

Tus senos apretados y sus dedos involucrándose

contigo toda la noche, de píe, acuclillada,

toda tú eres todo él, son unidad del amanecer.

No es momento de rezar o de sentirse pecadora

porque tus muros, tus adentros, fulgen en tus venas

contra el impulso roto de frenar, freno acaso

el orgásmico instante, el boom de una mecánica mutua.

Solo das vueltas a tu instinto para provocarlo

en el sombrío instante de tu indiferencia. Mutismo

luego explosiones, luego besos, luego juegos de dedos,

ojos y sudor, lágrimas eróticas, todas plenas en ustedes.

¿Acaso omites que refrenas tus perversiones

porque temes una noche espantarlo? No es momento

de arrepentirse ni de callar sino de expulsar el amor,

de entreverar los sexos, de inmiscuir los flujos internos

en el acto preciso de la carne vuelta frenesí.

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