Los corazones

Eran los corazones
trampas y las trampas
andamios y erguían edificaciones
grises, de torpeza inmensa
como basureros rotundos
de la existencia opaca.
Eran proletarios los corazones
porque eran explotados
y se organizaban para la lucha.
En ocasiones eran torpedos
los corazones y esparcían semillas
de bocas y suelos y domingos de amargura.
Eran también museos del desconsuelo y zoológicos de la barbarie
los corazones
cuando al unísono gemían
por azarosas hazañas de equipos atléticos.
Eran toda la dicha y el horizonte
puro de la historia
los corazones que se rompían
como gotas de papel
que se humedecían por lágrimas secas.
Eran abismos de tiento y falanges del dolor los corazones
que suponían azules las nubes
y blancas las estrellas
porque sentían el agobio de sus apodos deformados.
También eran arcos los corazones en dos sentidos: soportes y armas
instrumentos de la bóveda de la intranquilidad
y utensilios para cazar desfalcos de rabia y sin sentido,
raramente alegría y sorpresa.
Todos ellos surcaban una atmósfera serena y apacible
donde olvidaban su destino
entregados al festín de lo cotidiano.

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