Terrores y presente

El halo de podredumbre presente implica hacer una valoración transgeneracional siempre que nos enfrentamos a un mundo, a un ethos, que nos ha sido heredado. En el nivel de la herencia, especialmente del siglo XX y lo que va del XXI, los que nos encontramos en una intención “aún de cierta modernidad” no podemos dejar de sorprendernos frente a este estado de cosas terrorífico y terrorista. Las escalas múltiples de la herencia no implican, exclusivamente, el hecho de habitar un planeta saqueado, de vivir en un tejido social global descompuesto, de pretender, en el estado del capitalismo salvaje, la concreción de intereses particulares, egoistas, individuales. El sentido de pertenencia a una comunidad implica también asumir que los terroristas o el terror tienen su lógica comunitaria. La era del terror global puede cifrarse en el estado de la psique colectiva que denomino necropatismo, la sensación y vigencia absoluta de la muerte como simbolismo oculto a nuestros días. En ese sentido, el afán de sobre vivencia y el impulso por mantener una “armonía ilustrada y moderna” contrasta con el hecho del multihomicida momento contemporáneo, divergente de momentos previos exclusivamente en la dimensión hipersaturada comunicativa del presentismo, es decir, la masificación saturadora de las informaciones tendenciosas sobre las víctimas inocentes del terrorismo y sus secuaces, los directos y los velados.

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