Soy de una era tecnológica distemporánea

Mi mazmorra son los libros, los pensamientos, las ideas. Mazmorra de luz, lúgubre tenebra luminosa, fulminante, antípoda de la luz de las pantallas. Encripto fonémas y compongo falsos latinismos desde mi precariedad verbal: nihilo cognitio res lumine. Prefiguro esfuerzos banales, con el apego de ancestros que naufragaron por el cáncer. Remilgoso recuerdo a los sínodos del episcopado global y compongo altares ensombrecidos por el tiritar de los astros perdidos: los hombres de letras que configuran el mapa existencial de mi laberinto mental. ¿Mentalista? Indago los bordes y linderos del cretinismo nacional mexicano, impelo al cretino nacional mexicano como tipo social de nuestra incondición postmoderna, de nuestro ímpetu neoliberalista. Desde la anacronía esperpéntica de la hoja de papel cabalgo los soporíferos trances del auge libresco, de la página impresa: no tengo libros personales impresos, tengo un montón de escritos sin editar. Movilizado por los pensamientos síncopa de mi teatralidad escueta, de mi ramplonismo lingüístico, de mi esquemática retóricidad anglofílica, estoy aquí, en esta fase posterior al auge tecnológico, y respiro, camino, veo, me extravío en las sombras de luz que proyectan infinitos micro cosmos. Andante, embalsamo los torrentes sanguíneos del azar, que me impelen a conferir asuntos innecesarios a sentencias imposibles. Aquí espero un atardecer de otoño para morir, mientras denuncian mis crímenes en el ágora global.

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