Exposición

Enlatada

conquista

del instante

fragancia

que escribe

nombres en la arena

del alma

expuesta al sentido.

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Pixel moment 13

Imagen

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Drinking coffee

Nano narración alpha 3.6

Minientrada

Nadie conseguía perturbar su semblante, hasta que empezó a llover y supieron que ella era la primera lluvia del verano.

Rescoldo postdata

Cegadora inflexibilidad

como añicos del alma

surca indómita el palacio

del pensamiento extinto.

Lozanía y terror, mismo elemento.

Dentro los maremotos de la imaginación

sortean el abismo luminoso.

Lúgubre y torcida cantinela de llanto,

mordaza, como comida enlatada -al vacío-

sin expediente de caducidad: la vida,

monotonía reproductiva, ansia, tropelía.

Pero las noches mantienen figuras y cumbres

de barros antiguos y remotas tribus,

porque instamos al dolor a pedir perdón

y sabemos, cruelmente, que las uñas

no dejaran de crecernos después de muertos.

Y reímos. Lloramos arqueados por la tragedia

-que es la nación despilfarrada- para dilapidar

los sueños en cansancio y torrentes de vaho

-neblina del alma, carburación motriz de los adentros-,

porque levantada la silueta del universo

nos carcome el trance de agujerar el cielo:

con la metralleta de las memorias y los atardeceres.

Y fingimos, pero mustiamente, que sabemos

para acumular títulos y nombrarnos. Y creemos

porque la esperanza nos nutre sin abandono.

Perdíamos los minutos en canciones de amor

y ahora encontramos el rompecabezas de la existencia

como torpe fragmento arqueológico no estudiado.

Rincón nosotros

A mi novia, Reneé

 

Si en tus ojos

encontré el cielo

es porque tu boca

imita la curvatura

de las estrellas:

porque tu alma brilla

y enciende mi vida

hecha penumbra antes de ti.

Contigo quiero nunca perder

el ritmo inherente de nuestros corazones.

Neo Micro Poiesis 3.c Serie de Micro Poesía

Minientrada

Refulge en el prisma del amor

la luz de la eternidad

que eres en el fondo

de mis sentimientos.

Arrecife de silencio

Debajo de la grisura

del escondite blando

llamado tristeza

la manta gélida

de los recuerdos

levanta trozos de vida,

trozos de tiempo,

como aplanando la vista

con el tropel certero

del desconsuelo.

Fértil invocación

febril misterio

el alma entumecida

por desencuentros,

contra el bamboleo

del recuerdo

el cortejo

de todos los fracasos unidos,

unidos como silencio.

La rabia entonces indómita

costra amarga y ramplona

exige sus recompensas

al destierro de la luz,

de la alegría y el amor,

como caracol, húmedo y lento,

exige la rabia su descontrol,

desde la fábrica del rencor,

irguiendo sus flácidos sueños

la melancolia y el dolor.

Arrecife de silencios

que nombra una tragedia

incompleta y yerma,

alma acicalada con la cortina de humo

llamarada de memorias quebrantadas

como un árbol talado el día de San Valentín.

La nota

Anselmo caminó lento toda la tarde, por el parque, como introspectivamente se cobijaba en excusas. Anduvo queriendo conocer sus motivaciones más profundas, quería saber las razones por las que Andrea, su novia, lo había orillado a realizar actos como los de la semana pasada. Meditativo, con una bufanda de lana y su abrigo, Anselmo sabía que el problema no era haber engañado a toda su familia, sino que desconocía a Andrea en una manifestación clara de inseguridad. Y se preguntaba, con ahínco, si todo saldría como ella lo esperaba. Habían mentido juntos, a todos y cada uno de los miembros de la honorable familia Robles. Andrea tenía 3 meses de embarazo y se iban a casar hasta noviembre. En 4 meses seguramente la panza sería notoría. Anselmo no estaba dudando del amor de Andrea ni tampoco dudaba del tinglado que habían montado entre los dos. Dudaba de decir una cosa y hacer otra, de decirle a su familia que se iban a casar sin decirles que Andrea esperaba una criatura. Saco de su bolsillo los cigarros, tomo los fósforos, agarro un cigarro y encendió un cerillo. Las bocanadas lo tranquilizaron un poco, después de deambular por el parque como sonámbulo y perdido en el diminuto dilema de las explicaciones sociales. Entonces sonó su celular. Del otro lado Andrea le habló y con voz suave le dijo: mi amor, ¿dónde has estado toda la tarde? No tardes en llegar a la casa, al menos para la cena. Anselmo, sólo respondía afirmativamente, monosilábico, perdido. Sí, sí, llegaré a tiempo, remato. Y colgó. Todo el ruido de la urbe se avecinaba sobre sus orejas, todos los pasos dados aquella tarde le recrudecían una culpa ínfima y pecaminosamente nimia. Entonces Anselmo tiro lo que quedaba de su cigarro, se dirigió a la esquina y detuvo un taxi. A la calle 49 esquina con Díaz Ordaz. El taxista asintió y de inmediato Anselmo se sintió víctima de un capricho femenino. Como si aquella caminata, aquella tarde, hubiera hecho a Anselmo más viejo y menos decidido, todo el camino indagó en sus adentros qué decirle a Andrea. Debían ser sinceros con la familia, debían decir que esperaban un hijo. Anselmo se convirtió entonces en una especie de héroe decidido, convencido, de arremeter a Andrea con una sarta de coralinas para hacerla recapacitar. El taxi se detuvo nuevamente. Son 60 pesos señor. Anselmo sacó su billetera y liquidó su viaje. Bajo precipitado del coche, cerró la puerta y se dirigió a la entrada de su casa. Eran las 7:15 de la noche y la oscuridad permitía distinguir, en la sala, las luces de la lámpara de la mesita, donde, Anselmo pensó, Andrea debía estar. Entró a su casa, colgó su abrigo, vociferó un par de veces el nombre de su amada. Andrea no contestaba, todo era silencio. ¿Andrea? ¿Andrea? ¿Dónde estás mi amor?. Ninguna respuesta. Anselmo pensó que debía haber salido a comprar algo. Subió las escaleras y encaminándose a su cuarto se fue convenciendo más y más de lo necesario que era ser sinceros con su familia. Entró a la habitación, aquella donde según sus versiones habían concebido a su futuro heredero o heredera. Rápidamente fue al baño, al tiempo que encendía otro cigarro. Al salir se helaron sus pensamientos. En la cama había un sobre que decía su nombre. Eso lo sorprendió. Tomó el sobre y lo abrió precipitadamente. En su interior había una nota que decía: Anselmo, no te amo, el hijo que espero es de David y no tuyo… He decidido marcharme con él. Al menos podrás decir a tu familia que te he abandonado y no tendrás que decirles que esperabas un hijo conmigo, un hijo que no es tuyo. David y yo nos iremos de la ciudad. Disculpa. Atentamente. Andrea. Anselmo se sentía derrumbado y gradualmente aliviado. Ahora sabía que su mejor amigo lo había traicionado y que no tendría que afrontar el bochorno de aclarar las mentiras con su familia. Bajó a la cocina, encontró una botella a de whisky, tomó un vaso y colocó en él algunos hielos, justo para servirse un trago. Encendió otro cigarrillo y entonces dijo para sus adentros: siempre supe que esto pasaría.

Anti versos neuroemocionales

Entre el ojo y la cabeza

capital de una cultura no social

fluye la sanguinolenta idea

de trepar el árbol soleado

de los instantes. Pérfido aliento

de rancio alquitrán, espejo

como de goma arábiga, la cafeína

conquista el maremagnum del sonido.

Estruendo y demencia corta

la costra de amores y fatigas.

Acuoso ramillete celular

espasmos y tiernos golpes

porque la violencia estriba

en caer al universo de la fama.

Mustiedad anterior a la rabia del éxito,

eructo demacrado por una

hamburguesa hawaiana:

tocino extra, doble carne y

salsa barbecue. Excéntrico copete

de musarañas que enamoran a los indigentes.

Flacidez verbal como si todo pudiera reducirse

al oxímoron incómodo del porvenir.

Axiomas baladíes este tiento contra

la ética de Wittgetstein, siempre olvidando

el remo de los clásicos. Estertorea canción

el moribundo látigo de la metáfora insípida:

eres viento que toca mi trastocamiento

porque no eres mariposa de mi boca.

Adios y cruel inicio del fin o de como

los silencios acuchillaron al poeta. Iracundo

freno porque todos querían un ejemplar

del disco de su espalda: un ellos agreste

y como torcedura de tobillo incómoda,

pero tirarse un pedo es otra cosa. Insalubre manto

pensamiento torpeza dentro del ostión

de las ideas, flaca tersura, retruécano infértil

o mismidad antediluviana del ayer. Galopas

toda la desnudes psicótica del aroma

como ejército napoleónico

en la blancura del invierno ruso.