Rómulo Pardo Urías escribe

La cuadratura del armario

Era un nido total cuando jugábamos a las escondidas, era también el sitio donde esconderse de los ofensivos rayos de luz, pero además escondía una multitud de trapos, trajes, vestidos y ropas que nos hacía pensar que un día ser adultos nos haría ir de compras y tirar todo ese tilichero. El armario estaba hecho de encino con caoba y era un mueblo heredado al menos de 6 generaciones. Todas las navidades la última historia familiar que nos era contada era la del armario que teníamos en el cuarto, un armario que había sido hecho para Luis XVI pero que unos piratas holandeses robaron y trasladaron hasta las Antillas. Lo demás era una círculo vicioso de la grandeza familiar. Pero en 1956 había mucho más que un intento por mantener viva la armadura de una historia que de vieja parecía agria. Al final de cuentas el mueble había resistido ya 2 siglos y estaba en perfecto estado. Por eso Daniel, mi hermano, quiso ser ebanistero y pasar sus días dedicado a la conservación de muebles antiguos. Yo en cambio me escondía en el armario para tocarme mis genitales cuando tenía 14 o 15 años. Ahí podía tocarme a gusto y además sabía que no tendría consecuencias fatales si era descubierta pues podía argumentar que estaba pobrándome el vestido de novia de la abuela Lorena. No sé, pero hoy que me ha llegado la noticia de la muerte de papá en lo único que puedo pensar es en quemar ese viejo mueble. Mi hermano Daniel está de acuerdo y sólo nos falta el consenso de mi otro hermano, Fabian, para que al fin podamos tirar al infierno ese vejestorio que debió ser quemado el día de la toma de la Bastilla. Lo único que puede salvarlo es que mi prima Patricia nos llegué al precio. Daniel dice que un mueble como ese debe valer cerca de 350 mil pesos, por la antigüedad y el buen estado. En todo caso prefiero pensar que papá murió poco después de ponerse su traje más elegante al haberlo tomado de ese mueble rancio. Quizá sería mejor dejar de considerarlo un objeto de repudio y tal vez los tequilas que me tomé, el dolor y la tristeza por la muerte de papá y la pesadilla de que mis hijos estarán fuera de la escuela 3 días por el funeral y esas cosas me hacen perder el sentido de este monólogo. Qué más da, al final de cuentas sí me quede con el vestido de bodas de la abuela. El mueble puede muy bien servir de leña para un calentador de paso.

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2 replies »

  1. Me gustó, me encantaría ver más este tipo de cuentos. Solo un detalle, al principio dices “mueblo heredado” en vez de mueble, un leve error de dedo 🙂

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