Frenesí de una escena interior

El cuerpo como mazmorra

mía, como cortina polvorosa,

teje un manto frío y helado

que soy yo fabricando nada,

que es el mundo envuelto

en abyecciones contundentes.

Escapa al vericueto del sentido,

del éxito y el cambio de vida,

la esfinge total desfigurada,

mi alma pesadilla incierta,

la flama congelante de mis adentros.

¿No somos seres de odio

los que nombramos la noche

cuando despierta el murciélago

en nuestra boca y nos chupa la sangre?

Acaso las sanguijuelas del espíritu

no están todas las eternidades de la existencia

presentes, buscando un aroma cálido, ténue, frutal

que rompa el círculo de su vicio cotidiano.

Pamplinas y rascacielos inmensos, todo es

una masa de estiércol fútil y contumaz

arrebatando al sol el espasmo de una ave

moribunda y a punto de ser devorada

por una horda de perros callejeros.

Todo eso habita mi existencia

mi yo

mi ningún nombre consuela la desgana.

Desfachatez y excesos, olvido nombre y todo

podrido en el vacuo asiento del confort.

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