Ramillete de angustias

Vas por la vida

cosechando horarios, tu siembra

la obligación de ser ciudadano,

ser madre, ser empleado, ser ¿cuándo?

Entre los cafés, las oficinas, las máquinas,

el tiempo roza las mejillas de tu infancia.

Contra el cielo plomizo de ausencias,

tu rostro, tu cuerpo, tu rutina de gimnasio,

la bicicleta, la vida sana, no fumar, etcétera.

Ejercitado en el arte de la técnica, tu mutismo

llamado entretenimiento, falsedad, ilusión,

fragmento de realidades distorsionadas.

¿Olvidaste que un día de 1810 duraba 24 horas

igual que un día del año 3 o el día de ayer?

No hay fórmulas para la psicosis pero sí hay

narcóticos, excesos, consumo elevado -de amores,

de drogas, de mercancías, de personas, de órganos,

de genitales, de pantallas, de libros, de revistas,

de familiares, de amigos, de bosques y recursos naturales-

porque en la apología tecnológica

perdemos la vivencia, perdemos el estar,

perdemos el ser -en el y por el tiempo-

como figurines de porcelana en una colección

de los inquisidores del siglo XVII.

Embarazos, cine, helado napolitano,

la gangrena de nuestro presente es nuestro presente

mortalmente angustioso, vívidamente angustioso,

angustia como totalidad llamada: ¿necesito

éxito, triunfos, medicamentos, seguro de vida,

viajes por el Caribe, visita a museos internacionales,

gimnasio, películas, dotaciones de comida gourmet?

Al final todo es un simple frasco

de carne y hueso, todo es la niña que te rompió

el corazón por primera vez, la mujer que te ignoró,

la madre de tus hijos a quien no amas,

el título de doctorado que te dio tu plaza

-la cual odias porque es provinciana-,

la memoria de que tu vida pudo ser distinta:

pero seguiste el molde y encajaste

-hoy eres el encaje de otros-

y te persignas y te escondes en tu exhibición

cotidiana y común. Un auto del año,

el smart phone más impactante,

el colegio privado para tus pequeños,

seguridad social, garantias de por vida,

ochocientos mil pesos para cada miembro familiar

si mueres en un accidente o súbitamente,

tarjetas bancarias, ahorros, planes dentales,

viagra, disformidad emotiva, ansias, siempre

angustia, la peste y la nausea y el rincón repugnante

al lado de tus compinches machistas, sexistas,

racistas, exclusivistas, que ven cadena nacional,

que siguen los deportes, que fungen como árboles.

La enfermedad es mía, la cordura es de nadie.

Y así habitas un paraje, un segundo, un cuerpo,

una edificación -por el inmenso crédito a 15 años-,

todo porque al final del día te recuerdas

parte de una inmensa sociedad imparable:

capitalista, salvaje, explotadora, injusta,

demencialmente narcotizada por doquier.

Entonces el sueño ha dejado de ser reparador,

se ha vuelta una máquina cuyos engranajes

soportan la teatralidad existencial del mundo.

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