Rómulo Pardo Urías escribe

Viejo

El repique de los años

construyó un muro

de aceite y resina,

muro ténue pero firme,

como tormenta y nubarrones.

La vida es constancia decidida

pero los arrecifes del amor

yerguen una pócima exacta.

Encubierta la madrugada de la infancia

somos primitivas imágenes de otras

personas, sembramos y cultivamos

momentos y notas de despedida

porque en el fondo nutrimos nuestra voz

con simplezas: un helado un domingo,

alimentar a las palomas en el parque,

escuchar nuestra canción favorita,

contar un cuento a un niño. Y todos somos

como una fuente de agua tibia

donde nos bañamos cuando tenemos

tristezas y decepciones. ¿O es acaso

que el silencio navega nuestro interior

para dotarnos de sueños irrealizables

que cumplimos cuando amamos locamente?

No existen ni álgebra emotiva

ni química del fracaso,

quizá sí un residuo

de nombrarnos, sabernos, tocarnos,

como las huellas en la playa de la existencia.

Así conquistamos nuestros pasos

para incendiar nuestro último aliento

con las flores perennes de la vida.

 

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