Rómulo Pardo Urías escribe

Si un día

Lo piensas, constantemente, te detienes. Intentas argumentar a favor o en contra. Nada consigues. Es ridículo creerlo, esa obsesión truculenta, ese instinto refrenado, eso ego capturado. Cada mañana te levantas, haces tus ejercicios matutinos, desayunas ligero, evitas el café, te duchas, tomas tu bicicleta, vas a trabajar. Al medio día, en el lunch, notas que a Gabriela le gustas tanto como a Magda, pero evitas ser directa. Tarde o temprano tendrás que darles el sí, quizá a una o a las dos. Como toda ejecutiva llevas falda y traje sastre. Has olvidado lo que es el sexo y desde que conociste a Natalia, esa que te abrió las piernas y te chupo los pezones, no paras de imaginar lo que sería una Gabriela o una Magda en tu poder.

Una tarde, ya de horas extras, Magda pasa a tu oficina. Lleva el botón de la camisa desabotonado. Te comenta que quiero mostrarte los avances de un proyecto. Tú pensabas en irte ya, sobre todo para no volver de noche con tu bicicleta. Adelante, puedes pasar, contestas. Entonces Gabriela sale de tu oficina y te comenta, volveré en un momento. De pronto, zaz, tu pesadilla erótica vuelta realidad. Ahí están Magda y Gabriela para presentarte los avances del proyecto. ¿Dudas acaso que no quieran coger contigo? A ver chicas, ¿es más extenso el proyecto?, les preguntas después de media hora. Estás húmeda, pero sobre todo contenido. No puedes olvidar los pechos de Natalia en tu boca, pero haces un esfuerzo por no parecer erotizada. ¿Podríamos ir a cenar a alguna parte? Replica Gabriela. Todo confabula. Está bien, tómense el día de mañana, cenamos hoy juntas y me muestran sus avances, volveré a casa en taxi. Todo en orden.

Acabas de subirte al tercer taxi de la noche. En la parte trasera Gabriela, Magda y tú. De pronto las copas ya son notorias. Muy buen proyecto chicas, excelente propuesta, pero falta algo. Entonces aprovechas el silencio, el suspenso generado. Les voy a dar una orden y si la cumplen seguimos si no las veo el viernes. Ese miércoles habías postergado tu regreso al gym después de una lesión y ahora estabas fogosa y atrevida. Desabróchense los tres botones de arriba  y muéstrenme sus pechos. Gabriela no lo piensa, incluso toma tu mano, que vas en medio de las dos, y te la pone en su seno. Magda se acerca y te dice: llevo meses queriendo besarte. Todo va bien. El conductor del taxi de pronto voltea por el retrovisor y no da crédito. Todo está en orden. Son 160 pesos. Pagas el taxi y las tres bajan en tu casa. Adorable tu gata las recibe en el visitador, se adentran en el pasillo y entonces das rienda suelta a tus instintos. Todos tus años de represión afloran en un trío inmensamente erótico, divertido y sensual. Hasta que olvidas todo y te precipitas: escuchen chicas, yo las amo, yo las adoro, no perderán su trabajo. Y Gabriela te ve con complicidad, y Magda te ve con complicidad, y tú ahí, masturbándolas. Pasan las acrobacias y los esfuerzos. Finalmente eres feliz, aunque mañana tú si vayas a trabajar y Gabriela y Magda no.

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