Micro estridencia panfletaria de una apología al frijol enlatado

No podemos intuir que las semillas germinadas en nuestra infancia perduren todo el tiempo. Pero cuando disponemos la olla exprés y colocamos frijoles ¿olvidamos su metafísica, ósea nosotros? Redoblamos los esfuerzos por conquistar las cumbres de la fama y del éxito y acaso no podemos degustar un bisteck a la mexicana con sus frijolitos y unas tortillitas de mano. Es por eso que cuando llega el momento del chile, oh chile picante, redondeamos nuestra lengua y el paladar zurce el picor inmanente. Porque una vez creíamos que la política se refería nada más a votar y someter a la anarquía el sistema, pero en la olla exprés, en los frijoles, está la revolución. El afán localista, mexicanista, remueve los torpes caireles de las señoritas que dicen: no como frijoles, me producen pedos. ¿Y no es un pedo un síntoma de estar vivos? Olvidamos por completo que si bien el rechinar de las llantas en las calles empedradas es una oda a la magistratura del conductor, nuestros días inmiscuidos con hombres, mujeres y personas -seres de inmensa pluralidad- es una fórmula mágica que nuestra tierra del nopal nos proclama cada vez que decimos en las comidas corridas: ¿tiene frijolitos? ¿Dónde quedó la estridencia? Precisamente en eso que brilla cuando nos enfrentamos a la vida, a la ardua labor de mantener el paladar con el tacto y el gusto inoculado de sabores. Porque no podemos rechazar tortillas de mano, porque amamos el maíz, porque nosotros inclusive distinguimos socialmente a los que comen de los que no comen frijoles. No podemos generalizar, pero ¿cómo viven en otros países sin maíz y sin tortillas? Vamos, se trata de nuestra raíz mesoamericana, de nuestra herencia cultural más prístina, de la raigambre culinaria que nos dota de sentido. Comamos frijoles entonces, no los olvidemos ni con el chilito relleno ni con al arrozcito ni con nuestras tortillitas, por favor, promovamos las enfrijoladas -rellenas de pollo- y conquistemos, gradualmente, la metafísica de la olla exprés. Y si nos creemos autosuficientes, migremos a otros países con nuestros frijoles enlatados o envasados, plastificados, porque no dejaremos de ser mexicanos si vivimos en Andalucía o en Wisconsin o en Sao Paolo o en Lima o en Winnipeg o en Sidney o en Viena o en Edimburgo o en el lago Victoria o en Deli. Vivamos la festividad del frijol, llevémoslo con nosotros a todas partes.

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