Guerra interior: un ensayo sin cabeza

Pensar en los efectos propios de la creación literaria, de la construcción de una identidad literaria, de la personalización del tejido literario, ¿no es acaso una compilación de los retazos que construyen el criterio personal y propio de los rincones, autores, obras, por las que se ha transitado? Existen los lugares comunes, las modas, las tendencias. También existen los abandonos y el exotismo, no siempre fiel al mercado. No se trata de ser un autor de culto o de retratar, en términos estéticos verbales, las aristas de experiencias convencionales o de pasajes cotidianos. Existen las escuelas también, que nutren a la personalidad literaria de un algo que define sus impulsos creativos.

En lo personal no soy una persona que haya estado fielmente adscrito, convencidamente definido, por alguna tendencia o por alguna generación o corriente. He construido un perfil sinuoso por mis obsesiones humanistas que me han hecho intentar tres licenciaturas. Me la he pasado leyendo teorías sobre la realidad y sus formas explicativas, he conocido, mayor o menormente, autores, ideas, pensamientos. Pero me he mantenido alejado de la creación y sus círculos institucionales. Desconozco las tendencias actuales y no soy parte de ningún nicho ampliamente reconocido. Escribo porque no puedo vivir sin ejercitarme en la escritura y porque no puedo concebir el mundo sin letras. ¿Qué es la escritura para mi? Es una forma, con diversos mecanismos, de traducción. Puede ser un acto explicativo, expiatorio, pero también una formulación carente de sentido. Puedo de pronto creer que escribir es mucho más que un instinto, pero no olvido que también es un don.

El problema con las escuelas, con la institucionalización de la creación literaria, es que se generan circuitos y agrupaciones, con valores morales, con criterios estéticos y estilísticos, con una especie de intelectualidad creativa orgánica. Cada quien juega el papel que desea en la sociedad. Yo considero que no está mal pedir becas para crear porque también vivimos en una época donde las oportunidades están más cercanas al mundo en general. Lo malo es que siempre sean los mismos los beneficiados ¿por qué? Porque vivimos en un tiempo conservador donde los “nuevos valores literarios”, jóvenes de entre 20 y 40 años, se han apoderado de un nicho creativo concreto. Los que no cabemos en esos nichos, los que nos mantenemos en un intento poco ortodoxo, poco convencional, por decisión propia, debemos buscar otros medios de difundir nuestras ideas, nuestras expresiones. Y es duro saber que en esta ciudad, Xalapa, existe una élite creativa a la cual medio mundo desea pertenecer y que si no perteneces a ella simplemente no existes. Eso ha pasado toda la vida y en el fondo se trata de una vivencia de la modernidad centralista, que descarta los intentos periféricos y los margina por sus rasgos, características, formas, estructuras, contenidos. Muchos creadores se dicen activistas sociales y terminan siendo los peores censuradores o los críticos más comprometidos con promover a sus amistades. Por todo eso puedo pensar que sin cabeza escribo esto, porque mi necedad no me permite ser políticamente correcto ni optar por los canales estables de una creación mansa, pagada, orgánica al sistema y el mercado culturales.

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