Rómulo Pardo Urías escribe

Reseña histórica de la ningunidad

Primera dimensión: el ningunismo, la optatividad identitaria de lo ninguno de lo no existente, deambula como un tejido plasmado en el ejercicio consciente de las volatilidades sublimadas de la sociedad. Un ser ninguno, un ser nadie y nada, es una composición fraguada en las conquistas de una otredad que somete y sobaja al objeto de la ningunidad. Lo ninguno se sopesa siempre, se compara, de ahí su esencia, su ser DON NADIE, su espectral silueta de, hagas lo que hagas, ERES NADIE. El atisbo general de la nigunidad es mucho más que un perfil idóneo o salubre del ethos ideológicamente pragmático, es decir, de ese elemento de exclusión social del otro, del ninguno o ninguna. No es sólo su denigración genérica, sino su anulación, su nulidad como existencia y presente. Ningunidades abismales nos llenan todo el tiempo y acaso nos detenemos a preguntarnos si somos ninguno o ninguna para otros ¿para quiénes?

Segunda dimensión: la ductibilidad del ninguneo es una condición ontológica compleja, que traspasa los ámbitos institucionales para convertirse en una lógica inherente al capitalismo occidental. Si el modelo del pequeño burgués, quien obtiene las ganancias, recrudece la brecha entre los distintos individuos que componen el tejido social, el ninguno es una réplica de la constancia anulatoria del otro. Históricamente este desenvolvimiento se ha traducido, en la tradición occidental, en la centralidad ciertos sujetos sociales —o individuales— y en la anulación de diversas otredades —colectivas o individuales—. De ello se desprende que el filtro primero de la ningunidad es lo social, ejercido como maquinaria de asalta en vías de anular al otro: físicamente, mentalmente, espiritualmente, ideológicamente, económicamente, políticamente, educativamente, culturalmente, etcétera. No hay límites una vez aplicados los criterios de la ningunidad, pues al ser objeto del ninguneo, el ninguno se convierte en una pieza a la cual se adjudica un valor, negativo pero a la vez neutro, para que sus actos, sus palabras, sus relaciones, sus actividades, sus identidades, carezcan de valor según los consensos normativos. Entonces, la performatividad de los ninguneadores se transmuta en una conducta socialmente aceptada, discriminatoria, difamadora, que trascoloca al otro, a un lugar y sitio de ausencia, especialmente de significado.

Tercera dimensión: no es posible abarcar los mecanismos de la experiencia humana en donde la ningunidad se expresa porque abarcan todos los ámbitos de la vida humana. En el caso animal la experiencia puede traducirse en el abandono o sacrificio del individuo débil o anciano, pero en el caso humano la construcción de círculos sociales establece los criterios para ser un ninguno dentro de ciertos sectores. En ocasiones las ofrendase —colectivas e individuales— que son catalogadas de ningunistas pueden encontrar otros rangos de acción, de identidad y participación igualitaria o de mayor reconocimiento en ámbitos y esferas sociales que no estén contaminadas por la actividad de la red ninguneadora. Al final de cuentas es posible asumir, en esta concepción de las relaciones sociales y humanas, que lo ninguno se establece como parámetro de conquista y sometimiento del otro, el cual puede asumir o no su condición, pero sin lugar a dudas una vez puesto en el sitio de la ningunidad, el sujeto comprende, cabalmente, que algo de él es juzgado y sentenciado de forma negativa.

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