Charcos

Esta es la mañana que nos habita, como nosotros somos trozos de papel incinerado. En el ahora, diluido entre cobijas y persianas, duermes. La lentitud presencia nuestro atisbo amoroso, entraña misma de una noche donde nos desvencijamos por el miedo a la soledad mutua, donde caímos en la torpeza de amar, de indagarnos, de perfumar una porción de universo con el aire mismo de nuestro esfuerzo amatorio. El sol ha salido ya desde hace 40 minutos. Desperté, intentando omitir que te irías pronto aquella mañana. En la cama voltee a verte, me inmiscuí en el escrutinio preciso de tu perfil, en la pesquisa perecedera de tus ojos cerrados, de tu torbellino de aliento que me rompió la noche anterior los paños mismos de mi pesadumbre. No puedo si quiera creer que en un par de horas ya no estarás más aquí. Y aunque todavía duermes en mis brazos, ya me siento solo de nuevo.

La lluvia anoche nos hizo beber whisky y fumar un porro en la calle, precipitados, envueltos en la mística psicodélica del barrio rojo donde nos encontramos. Todo fue un simulacro de ausencias, porque al final de los tragos, al final de la rumba, nos decidimos pronto a huir a mi casa, a perdernos lentamente en los besos que nacían ya, como golondrinas volando hacia el sur cuando llega el invierno. Nos precipitamos también en el taxi, siempre que tu boca —boca de arena y marejada de emociones— narraba tus peripecias en el mercado, en un callejón donde compraste tus inciensos, en el trolebús donde dijiste recordar el rostro de un niño que dormía plácidamente. Ese vehículo, ese taxi, donde la emoción traslucía tu mirada, donde mis manos anduvieron tus muslos, donde te desabotonaste la blusa y me dijiste que te besara como si fuéramos esposos y amantes desde hace miles de vidas. Teníamos 40 minutos de habernos conocido y éramos felices. Todo el trayecto me tocaste entre las piernas, mirando mis ojos con picardía y atrevimiento, hasta que susurraste en mi oído —te la quiero chupar hasta el fondo— y el taxista nos veía como dos extrañas islas de sentido, de emociones, de sexos entreverados con la noche. La tormenta duró hasta las 4:40 de la mañana y nosotros seguíamos amándonos, seguíamos explorando la infinita faz del caudal sexual. Tarde comprendí que no podía enamorarme, que debía mantener mi fuero interno intacto, porque después de comernos, me di cuenta que tenías los ojos más extraños y hermosos del mundo, los senos más morenos y torneados del planeta, la boca más sensual y el aliento más exótico de todos. Tarde porque eran las 6:30 de la mañana cuando finalmente quedamos dormidos los dos.

Nos contamos de todo mientras nos amábamos: anécdotas juveniles, sitios de interés, deseos y traumas, eventos importantes, todo lo que nos hace ser lo que somos. Enfrente de nuestra unión, en el territorio del sueño a tu lado, exploré también los efímeros paraísos de haberte amado con tanta enjundia y furor. Soñé que viajábamos a la India y que nos dedicábamos a vender nueces en un mercado de Coyoacán. Fueron los coloridos detalles de mi sueño los que me hicieron despertar súbitamente. Te encontré dormida y me fue posible evitar saber que seguías a mi lado. En poco rato te irás de mi vida, te irás y te llevarás la felicidad más grande que haya tenido, la ternura más trémula y la osadía más afortunada que me hubiera alcanzado a vivir. Sé que fuimos un cosmos, igual que los charcos que están ahí afuera, después de la tormenta, y que reflejarán tu andar, cuando yo haya hurgado en mi piel para encontrar tu perfume. Sé que te irás y me despediré dándote las gracias por haber desinhibido mi psique y mi cuerpo. Y los charcos se evaporarán pero durarán hasta la tarde y entonces sabré que no fuiste un sueño, sino que me deje llevar por el soñar tuyo de aventuras y regocijo.

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