Ataque al teclado

Sí, por eso me escondo, solitario, inmerso en una nulidad, luminosidad, esperpento, torrente. Este fastidio de intuirme comulga en el trance ignoto de seberlos. Rompecabezas de silencios, alientos entrecortados, pulsasión de recuerdos frustrantes, esmalte y resina en la pátina del dolor. Todos estos años aquí, absorto, abyecto, absuelto, absorbente, en el tufo roído que es mi nombre.

Esconde por si acaso las lenguas vacuas del sentido, porque mi semántica carece de emblema, porque carezco de la etnografía pertinente a la destrucción del presente. Desde un pasado quebradizo arremeto contra los fulgores de la iluminación. Entonces mis libros son un montículo de vapores de otras vidas que subyacen a la monotonía del instante.

Camino los deteriorados momentos del estar, conspicuo me embalsama el árbol de la existencia. Dentro de mí yacen las momias metafóricas, blandengues y oscurecidas por la irradiación histórica del humanismo español. Evoco sin querer al arbusto torpe que fuera injerto en la biblioteca de Alejandría, porque entre las calles del ahora y las luces del ahora y la ceguera del ahora todo es un ramillete de insufribles compaginaciones algorítmicas.

muchedumbre

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