Rómulo Pardo Urías escribe

Lectura en el ahora: La modernidad de lo barroco de Bolivar Echeverría

Una tarde noche de otoño del año 2000 caminaba por una de las recientes construidas edificaciones de la aquella ascendente y alternativa Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo en la ahora Ciudad de México, cuando enfrente de mí quedaron presentes un grupo de libros  del pensamiento contemporáneo en oferta. Eran ediciones españolas de Altaya, pero sin tener la más mínima consciencia de nada adquirí La condición postmoderna de Lyotard. La leí años después, para un trabajo de literatura y artes mexicanas en algo desembocado en un viaje a La Habana. Modernidad es el punto. en 2001 cursé una clase de epistemología de las ciencias sociales y obligadamente leímos el libro editado por Gedisa El final de los grandes proyectos, vaticinio de los ecos postmodernos en la discursividad humana. Para ese momento Enrique Dussel ya había publicado en La colonialidad del saber su estupendo ensayo sobre eurocentrismo y modernidad, aunque mis vestigios, torpes en muchas dimensiones, me condujeran a él mucho tiempo después, cuando leía La poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies por allá del 2007 o 2008. De 1998 es la edición de Bolivar Echeverría que ahora he leído, la cual remite a este andar, ya desfasado y anacrónico, de mis pesquisas en las modernidades. No es una casualidad garante de fertilidad filosófica la que me induce a redundar en esta obra maestra del pensamiento transitivo al siglo XXI, puesto que su profundidad y urgencia explicativa, conducen invariablemente a los siglos XVI y XVII. No es gratuito tampoco que si en el pensamiento de Ignacio de Luzán no hay lugar para Sor Juana Inés de la Cruz, en el pensamiento mexicano, donde Sor Juana es Reina, no haya lugar para Luzán. Si asumir cuatro ethos históricos de la modernidad mexicana, barroco, clásico, romántico y realista, impele a revocar los síntomas axiológicos y materiales de la modernidad capitalista, también remite a un ejercicio demostrativo amplio y específico, donde se preve la transmodernidad de Dussel: para Echeverría la primera modernidad, esa que oscila del postridentismo, la contra reforma y la compañía de Jesús, como conglomerado de prácticas (intelectuales y económicas), que dotan de fisonomía el largo siglo XVII. Y así también remite a una conducta de mestizaje, de mezcla. La modernidad barroca no requiere de una representación ni de un referente real, sino que se desnuda en la alegoría, el adorno y el exceso, donde el remanso del atiborraje y el silencio bullicioso, recomponen la dimensión estética y artística, a expensas de la ruta religiosa y del rito católico. Echeverría consigue radiografiar los lindes de formulaciones histórico-culturales definitorias de una elaboración social propia, identidad y símbolo, construcción y recurso, ¿latinoamericano? mexicano, seguro. Lo impropio de mi reseña es que ya la modernidad parece un ethos transitorio que por mas que se reflexiona no conduce a ninguna parte. Al final de cuentas naufrago en lecturas que me invocan un pathos, el mío, ya fuera de sitio, en el acomodo laberíntico del cosmos humano.

 

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