Rómulo Pardo Urías escribe

Distemporaneidad, solipsismo y enquiste cultural

Me comentan lo hermético que puede ser mi intento por reflexionar. En sí es también un acto improvisado. Escribo y pienso desde lindes que rozan el abismo digital. Algunos dirán que se trata de una postura indie frente a la creación literaria. Es también la reminiscencia del fin de las ideologías y el sincretismo abismado de una versión postmodernista del ser. También es una contra cultura del trauma de la modernidad: fracaso de la historia, no su fin como lo dijera Fukuyama, triunfo del materialismo —cultural y monetario—, vivencia de un pathos inservible, de unicel, desechable. No es entonces gratuito intuir la ausencia de ritos de paso en mi vida, mi existir como un indigente de la cultura y el pensamiento. Escribo entonces, pero pienso también, que me devano los sesos contra el espejismo de una identidad fragmenta: fragmentación de soplar lecturas e hilvanar los silencios de tradiciones también fracasadas. 

Dentro de la distemporaneidad, o esa hyper fragmentación del tiempo, no es sólo la capacidad solipsista, o la ausencia de diálogo, no es sólo el monólogo o la tendencia a cifrar la experiencia del pensamiento, del actuar del hacer con el lenguaje, sino es más bien la infértil traducción del ser mutilado. Destiempo, cifrase monumental del anything goes, postmodernidad anquilosada, transitoriedad reflexiva del silencio, del ruido, del andar prófugo por las laberintos de otras cronologías. Al final no es tampoco el mérito de un racionalismo ortodoxo o de una racionalidad vigente. Es más bien el producto de una podredumbre intelectual. En todo caso se trata del medio instantáneo de confeccionar los accidentes del absurdo. El el distemporáneo instante promulgamos la existencia fútil de enclenques sistemas paradigmáticos de observación de la realidad. Podría muy bien emprender una epistemología del arrinconamiento ideológico, pero no desisto de la reproducción social. Y en clave transgeneracional aumento los espectros de autores, de obras, de mecanismos propios de acercamiento al universo españolizado de la humanidad.

Carecer de tiento y de métrica, explotar los pasajes torcidos que van de la poética a la historiografía, de la narrativa en su dimensión realista y ficcional, es un ejercicio que denota los axiomas propios de una enquistada fórmula de aprehender la composición eidética del sentido y del estar inserto en el micro cosmos humano. Tal micro cosmos, quebrado de su ontología naturalista y proclive a una metafísica metaficcionalizada postmaterialista, es también la oportunidad de acometer empresas matlshusianamente disímiles del signíco enunciado referencialmente construido respecto a la muchedumbre pornonarcotecnocrata. Podría simplificarlo todo a la interpretación, mutilante, del individualismo neoliberal. Neoliberalmente no es la libertad o el espacio y territorio de una geografía longitudinalmente intelectualista lo que arroba los instintos de la indigencia cultural. Todo es un presente roto, un sistema roto, un imagen rota, un psiquismo roto, una modernidad rota, traumatizante y traumadora del ser: egoísta y colectivamente fragmentación de lo uno y de lo diverso.

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