Lectura en el ahora: novela naturalista japonesa El Edredón de Tayama Katai

Uno de los dramas más complicados y recurrentes, más rotundos y plenos, es la salida de los individuos de su ceno familiar. Si existe una forma social, sus funcionamientos consistirán, no obstante la legitimidad de la violencia, en la posibilidad de reproducirse, de perpetrarse. Ya en mi adolescencia pensaba en escribir un guión sobre un problema de este tipo, cuando abandonaba la tutela y guía de mi primer gran maestro, el que fuera mi entrenador, tutor e introductor en el karate coreano o Tae Kwon Do. Porque si salir del seno familiar es abrirse a la circunspección de una otredad validada en función de su calidad educativa, de su dúctil y esbelta adecuación, de la inserción constante en el proceso formativo del ser (colectivo e individual), el tema central es el vínculo cierto alumno-maestro. Reproducir costumbres, ideas, formas, saberes, etcétera, más allá de memorizarlos o ejecutarlos sin reparos, es, además, uno de los soportes del actuar colectivo. Por el otro supe mi nombre y es a través del otro que me distingo único y singular. Además de eso, mi obcecada intuición torpe sobre los orientes posibles, que me rondan desde pequeño, que me escriben y me palpan y me agitan, son también otros de los ecos inscritos en la fugacidad de este comentario: el libro de las mutaciones, el arte de la guerra, el tratado de los cinco anillos, el Tao Te King, pero siempre, desde la mutilación propia, desde este desquiciante terreno occidentalizado, mío, inservible, fútil, rancio, ya escueto de tecnofobia y amaneceres en Tokio a las 4:30 am.

Tampoco deberé pensar en las formaciones económicas precapitalistas, de Hobsbawn y Marx, o el modo de producción asiático. No, tampoco es la revolución industrial en Japón o el quiebre de la sociedad tradicional de dinastías que desconozco. Mucho menos se trata del recuerdo del palacio de Hiroshima o de los paseos por Kyoto, 15 años atrás. Es también menos que la consciencia de los estilos literarios decimonónicos y su difusión por el orbe. Se trata de una novela japonesa, peculiaridad cultural que invita a olvidar también ese abanico que obtuve a cambio de un beso y un collar rarámuri en Saiki, de una bellísima y hermosa nipona, rubia, trabajadora, pueblerina, que regalé hace años. Es la narrativa de Tayama Katai, autor desconocido. En una edición limpia del Colegio de México, es además el periplo de indagar latitudes literarias dentro de las posibilidades de las librerías de viejo xalapeñas.

Y me doy cuenta de que este tema, maestro-aprendiz, me persigue, de muchas formas. No olvido la muerte de José Knecht cuando trataba de salvar a su aprendiz de ahogarse, aunque se trata de otra alumnaje, de otra forma de ser maestro. En el caso de la novela japonesa, estamos frente a una relación maestro-alumna, una relación triple de asimetría: el hombre, experto, conocedor y maduro, la mujer, deslumbrante, inocente y apresurada. Es la historia de una mujer que en el Japón de principios del siglo XX quiere ser escritor y su maestro, Tokio, que es un autor mediano, con un sueldo, con una familia. Ella lo busca, él rehusa aceptarla, pero la acepta. El viaje comienza y en la narración de los accidentes, tribulaciones y desasosiego de la vida cambiante, de ella y de él —que se ubica enamoradizo de su aprendiz— la trama va incluyendo personajes que deambulan por pasajes ignotos hasta representar nudos narrativos que dan un toque sorpresivo al desenlace. Ella, aprende, lee, se comporta, pero vive de una forma contraria a las tradiciones de las generaciones que la preceden. El maestro la comprende, la estimula, la desea eróticamente. Todo se desvanece al enamorarse ella de un joven en Kyoto. Y el maestro se convierte en su complice, primero, pero después en el atormentado receptáculo de dudas, intrigas, sospechas. Por un lado su relación es va diluyendo, al diluirse el furor y la pasión por la literatura, en una misteriosa sinuosidad amorosa, triangular, que pone en jaque al maestro y el motivo de tener una alumna. Él la defenderá frente a su padre, a su familia, acomodada y provinciana, pero todo es en vano: ella no logra ser novelista, no culmina su educación, vuelve al terruño, a ser una mujer más dentro de la jerarquía familiar. Él, maestro, defensor y secreto amante erotizado por la joven de 19 años, termina derrotado como mentor, pero también harto y fastidiado, colapsado, con la certeza de una vida común, cotidiana, corriente y pesada, que abomina.

En el inter aparece la esposa del escritor maduro, sus hijos, en las noches de alcoholismo con sake, en las noches de pérdida de sentido, en el caos de la incertidumbre sobre la pureza, la castidad de su alumna. Aparece el hombre que sacude a la aprendiz, ramplón, de mediana inteligencia, desertor de estudios religiosos, más valentón que realmente valiente, más ignorante, resignado, entregado e inexperto, más intempestivo y juvenilmente acelerado, pero obtuso y arrogante. También aparece la cuñada de Tokio, esa mujer de barrio tradicional que recibe a la discípula, aun estando en contra de sus formas y modos de vida. En las escenas finales conocemos al padre, agro empresario japonés, acomodado, sensato y cortado con la tijera del viejo molde. Y todo es un desenlace dramático, donde los sentidos terminan por jugar malas pasadas y la frustración impregna el ambiente con una nostalgia potencialmente irreparable.

Del remilgar improvisaciones líricas o de cómo tornarse un autómata textual

Oh taxista nocturno

que del conocimiento

y la cultura griega

me inquiriste,

¿fue antes la poesía

que la filosofía,

antes la historia

que la gramática?

Desconocer entonces

es también rememorar

los caminos del mediterráneo

y sus olivos y sus vides,

también la tumba de Homero

en las Cícladas, también entonces

Creta y la mitología. Espera oh taxista

no fue precisa la hendidura

donde esparcí los átomos de Demócrito.

Endeudar contigo este verso,

que de silencio es estructura y

de correría imaginario,

es también acompasar una lírica

desvencijada en islotes, ideas, papeles y tinta.

¿Comulgaste, sí, con mi narración,

pero en el atrio de la noche

—estrella y signo, mutación—

te embauque en la liturgia

prosaica de conocimientos olvidados?

Oh, taxista, ruletero xalapeño, perdonad,

olvidad, romped, por su grosor, mi equívoco.

Salto al escondite de un lirismo ramplón.

Perdonadme, no os olvidéis, ni mucho menos

dejaros doblegar por la crisis del pendejismo:

global, nacional, regional y local.

Una vez me nombraron escriba,

porque nunca seré escritor,

porque versifico emociones

distorsionadas

en este caminar las turbias mareas

de un siglo XXI que ya es fin de época,

como épica de nuevas temporadas

—y las generaciones ya son obsoletas

maniobras de luminarias en todos los quehaceres

humanos—… pedazos de noche, también

escondieron en ti

un traqueteo común, cotidiano,

que es la fertilidad de luchar por el pan,

aunque yo no soy católico:

perdonadme, os pido.

Irreverencia poética 22

Hoy no existe

este presente

marcado de papeles.

Remonta una turba

los escondites del medio día

como fuentes borbotando

negrura histórica.

Empedernidos cuchicheos

cabalgan los rayos de sol

y la tormenta, renombrar

entonces de los húmedos espejos

de concreto, maquina huídas

entre autos, jets, aviones y trenes.

Hoy estaban las nubes

hermosas como tu cuerpo

pero te olvido y entonces

son algo que no eres:

yo sin voz aclamando el espectro

de una muchedumbre sabatina.

Vomitividad y verbalismo

Falsifico mi emotividad, falsifico mis ideas, falsifico, evado, el torrente cierto, acuoso, de la lengua. Desconozco de retórica, inmensamente ataco el teclado, pam, pam, pam. No es verdad que por escribir uno sea escritor, es mucho más complicado, pero tampoco es cierto que uno deje de escribir: escriba dice un buen amigo librero. Existe una horizontalidad que promueve el despilfarro verbal, la del sintagma. Ahora no es una cuestión de lingüística. Más bien se trata de la performatividad del momento: ¿qué pienso que digo cuando escupo saltos dentro de este cuadrado que será visto por 25 personas máximo? Es mucho menos que una audiencia, mucho menos que los libros que se pueden vender en una presentación regional.

No vayamos muy lejos, por favor. El abecedario es distinto del alfabeto, pero también la resistencia oral es distinta al trazo escrito. La mejoría estriba en la articulación del signo lingüístico y la escritura, no obstante los escondites ciertos de la inteligencia ficcionalizada del instinto, del arrobar las cúspides de la mente con grandilocuencia efervescente de misterios. ¿Dónde estaba abril en 1678? En el mismo sitio, cronológicamente. Se trata por ello de la calendarización del vacío, la vacuidad historizada, cata pum, cataplasma, ectoplasma, protoplasma, como la adenéica señal de decrepitud que arrostra mis ojos frente a una cabalgata insufrible de payasos literarios. Pero el payaso soy yo, sí, ridículo, sí, siempre, desde niño. Igual que las estrellas, igual que la sal, ridículo, sí, siempre, as usual. 

El acto de habla escupe, entonces, estas fruslerías, vaya palabreja, vaya intentona, vaya raquitismo, este ramplonismo ideológico, este desconocer tradiciones, este ni siquiera estar seguro pero seguir adelante. Vamos, cómete un Hot Dog, es lo de menos. Maravilloso, simples combinaciones infinitas. Diría Chomsky: your speech deos’t say anything, who cares? Encima del trance psicodélico, sexydélico, pornodélico, logofágico, emblema si carisma de cuento de los años cuarenta del siglo pasado, chasis de pacotilla de un automóvil oxidado en La Habana. Debería vivir más, debería abrirme, debería dejar de intelectualizar mi interpretación de mí mismo, soy un fiasco, un fraude, pero soy. ¿Aquí hay temporalidades ocultas en un numeral endecasílabo de fractales insalubres? De nuevo el hecho de la salud, la enferma obstinación del nombrar, más bien del expresar sin decir. Pamplinas, sería como ir de un lado al otro en la calle de la zona roja y decir: no soy carnívoro, soy vegetariano, who cares?

Teoría del instinto mutilado 4

Aflora la costa escritura:

si maremotos de sentido

refulgen en la playa de papel

somos saltos seguros de saltar.

Cae en nuestra lengua

—de torcedura indómita

la flexibilidad verbal—

una porción terrena,

salubre, indecisa, de simbolismo.

Roto espejo

alfabeto carcomido

en cinta

boca

lengua

código y señal…

siempre que es nada

nadie acompaña

al nosotros engreído.

Constipada nuestra memoria

recordamos que estar es hilar

los años con las estaciones,

pero ¿somos existencias del siglo

o figurines rotos en la caída

del siglo antecesor que ruge en nuestras

biografías? Espasmos conquistamos

cuando de pronto es un eco la tortura

de decir que una vez algo fue futuro. 

Y encima de nosotros, blancas pendejadas,

azotamos el tiempo en su coordenada

apolínea y cansados del vértigo indagamos

en las fruslerías de papeles no leídos jamás.

 

Cartografía del instante 1

Machucar el alma

contra el sopor del truco

esgrime siempre en la fábula

un siniestro desenlace:

nuestra, la boca espuma,

textualiza linderos fugitivos.

Escupir hacia el silencio

los restos del quebranto

es cantar al oído eterno

la balada derruida de cansancio

que somos siempre, aquí y ahora.

Anécdota fugitiva

Despliega una época

despistar nombres

como siluetas de barcos

—óxido interior

la bocanada de luz—

cuando envejece

el silencio torpe del cielo.

 

De la conflictividad autobiográfico-existencial de una estancia zamorana en vías de ingresar a un posgrado

Dejé en mi diario vivir el espacio a la escritura que aquí concierne, primero por razones laborales, segundo por razones creativas, tercero por razones académicas. Estoy en medio de un proceso de selección para ingresar a un reconocido programa académico de posgrado en Zamora, Michoacán. Esto me condujo a preparar documentos y realizar ciertas diligencias, pero también a localizarme en la entrevista y las evaluaciones de ingreso. Llegué a Zamora el pasado martes 13, de mala suerte como ese 13 de abril de 2002, pero esta vez era de junio y quince años posterior. 13 de mala suerte, no, en sí, aunque sufrí desvelo por el trayecto Xalapa-México Norte, sin carecer de valía el haber logrado cambiar mi horario de salida de las 11:15 a las 9:30 el pasado martes. Viajé y dormí, soñé, escuché un tronar, un terremoto, en mí trayecto. ¿Desperté de mi pesadilla que inicio hace 15 años? No lo sé, todo se mueve todo el tiempo, pero también es real que podemos absorber los tejidos mismos del tiempo y del ser con tan sólo un ápice de nuestra percepción.

El calor me acogió en este territorio del norte michoacano. De inmediato me quité el saco que traigo conmigo, pensando en mi regreso a Ciudad de México y luego a Xalapa. En fin, todo esto no es más que la crónica derruida de mi estancia, felizmente consumada, felizmente (objetivamente) realizada. Pero mi vivencia, más allá de mis paseos caminando desde el centro de Zamora hasta Jacona o en las banquetas donde pega el sol, me remite considerablemente al proceso emocional por el que atraviesa mi presente, no sólo por haber realizado un programa de vida de 2010 a hoy, sino también por la subyacente insinuación biográfico-estructural de mis primer década en este siglo XXI. Tres conflictos de mi vida, tres aristas de mi ser, tres formas prevalecientes de mi anquilosamiento, de este anacronismos tabaquista, reiteradamente darianítico, apache y chihuahuense frustrado. Me refiero a los conflictos que ahora, en mi estancia zamorana, se detonan.

El primero de ellos dialectal, ¿hablar cómo chihuahuense, cómo norteño, cómo hablaba mi madre, cómo hablé de niño, cómo me identifico, cómo hablaba en mis delirios psicóticos de mis excesivas correrías psicodélicas? Ahí, donde el usted tiene una forma distinta al tú, me retrotraigo a la represión de la abuela paterna, ese 2002, cuando dijo: aquí (en Xalapa, Veracruz), no se habla así, no hablamos así. La represión entonces vuelve. ¿Mi identidad? ¿Mi voz? ¿Mi enternecimiento y nostalgia de mis años infantiles chihuahuenses? ¿Mi identidad matrilíneal? También eso resurge hoy, ahora, al comer machaca, frijolitos bayos, tortillitas de harina, al reencontrarme con ese modo de ser, con ese espíritu que añoró. No es Chihuahua, es Zamora, no es mi madre, es ella, siempre, sí, innolvadible, que evoca igual mi cobardía de ese andar rondando las calles, murmurando, fraseando, royendo recuerdos, diciendo que no valí nada para ella. Sí, porque ese es el segundo conflicto: la hermosa mujer bailarina michoacana de 2002.

Dariana, a quién mandé mi escrito de la presentación de mi novela reciente, que no contesta más, que no tiene motivos ni razones para ser molestada por mí de ninguna forma, ese traumático instante de eternidad que me acompaña, que no sé cómo traducir, también se revive, se renombra, se exalta, al pasar por Zamora. Porque en las calles veo muchachas que se le parecen, porque no terminó de entender mi cobardía de no buscarla hace 15 años, porque no terminó de aceptar el dolor de ni siquiera haberla conocido, porque no termino de descifrar el significado de su presencia-ausencia en mi vida. Así tampoco entiendo, ni acepto, ni asumo quién es o quién sea. No entiendo, ni acepto, sino mi introducción falaz, mi renegar constante, mi dolor, mi recuerdo, ese dolor del ácido lisérgico en mi cabeza, ese dolor de mi oído derecho, ese bailar con ella, ese verle los ojos, ese desear sin libido su cuerpo, eso roto tendón de mi inocencia, nombre y figura de mi designio. Y no es gratuito el mito platónico de la caverna como metáfora de mi vida: de la oscuridad a la luz post tenebras lux. También esto que muere, mi rencor, mi desprecio, por Xalapa, por los xalapitos y las xalapitas, por mi patrilinealidad. Mi dolor, mi ansía, mi esbelto trance mutilatorio, indómito e indeleble, de esa eternidad de milisegundos a su lado, volando, cayendo, volteando, y la última vez, siempre, incluso reiterando mi dequicio abismado. No logré matarme ni logré morir ni ser asesinado pero tampoco la tuve ni la tendré ni seremos unidad ni la abrazaré, no, su camino no es el mío ni el mío el de ella. 2002-2017 poca cosa en el numeral cronológico, para mí el camino desde la hybris hasta la epifanía. Y entonces, descubrir mi anacronismo de fumador del siglo XX, mi afán por destruir mi salud, mi deseo repulsivo, mi pulsión de muerte, mi psique resquebrajada, es también el conflicto padre-madre, uno oncólogo, otra muerta de cáncer, uno vivo y ausente, otra muerta y presente. Todo combina, por tanto, en este viaje zamorano donde he visto mujeres lindas y jóvenes, atléticas, donde me conecta la pulsión de reencontrarme con las artes marciales, donde la institución que me interesa no permite la actividad fumadora, donde la política antitabaco es verídica, real, contundente. Ese mensaje de nuestra época —queremos vivir y vivir sanos y felices— que mueve al mundo, que conocí en mi adolescencia cuando decía no a la degradación humana, cuando componía canciones, cuando me iniciaba versificando, hoy es el conflicto entre dejar de fumar, volver al deporte, cambiar más radicalmente mi vida. Y todo es este sentirme un guerrero derrotado, este creerme un mal hijo, un hombre extraviado en los placeres del cuerpo y en las malévolas cúpulas del error. Todo es estos tres conflictos anudados, todo es, también, esta traducción.

Comí chongos zamoranos, probé unos camotitos con chile y limón, comí carne asada en su jugo, todo esto y más, sin olvidarme de mis compañeros infantiles michoacanos, con quienes vendía donas en Chihuahua, y Denis, o la niña que se volvió mujer, que alucino desde niño, que veo, que me sigue, a quien no sé cómo hablarle. Todo eso y la abigarradamente emocionante posibilidad de una vida nueva, en un posgrado, investigando sobre mi Nachito de Luzán, sobre las relaciones culturales hispano-mexicanas, sobre ese espíritu que entró en mí en 2002. No es mi herencia española o mi herencia apache la que predomina, no es mi resquemor al olvido o la insignificancia personal, es el infinito instante de la claridad, el inabarcable absoluto de la luz renacida lo que me inunda e invade. Uri luz lux luz LuxUri, Urías, Pardo café.

Aquí, en la antesala de mi vuelta al altiplano mexicano, pido perdón público a ella, a su bailar, a su familia, a su historia, que no me pertenece, a la cual no perteneceré. Pido perdón al mundo por mi escandalización, por alborotar las aguas, por ser innecesario. Perdóname FOX, perdóname CALDERÓN, perdonen. El país es vuestro, las mujeres son vuestras, yo soy mío, y mía es la luz, mía es la certeza finita, mío es, como suyos los fraudes, este camino, este andar. Porque la pesadilla inició en 2002, se volvió realidad y todos estamos inmersos en ella de millones de formas. ¿Terminó mi pesadilla? ¿Me enamoraré de otra michoacana? ¿Quedaré inscrito en el posgrado? ¿Viviré una aventura en Zamora? ¿Concluirá mi tercer período xalapeño? No lo sabemos, pero como decía María Gabriela Epumer: ya lo dijo Dios a los primeros habitantes de este mundo, no coman de esa fruta, les traerá problemas.

 

Nena 1 copia

 

 

Desearte restringe

en mi andar

las esquirlas

de un cuerpo roto:

nosotros hoy saltamos

estrellados al paraíso perdido.

 

 

 

 

Vitalicia

Pedí el deseo de tocarte.

Digitalizaste mi silencio

hecho trizas. El escaneo

de mis noches fuiste.

Cornea lasser tu aliento

surco y camino: adelante

estaba la cima de un nosotros

quemazón nuestra ingravidez.