El pórtico del vuelo

Devana mi presente

enquistes de recuerdos

contra el escalpelo triste

que es mi fantasma.

Fulge la incisiva imagen

otrora orfandad y horrores

hoy proclama de esperanza.

Invadida en este pórtico,

que dejo,

una viga es pedestal

para un nido.

Aves ven en este lugar por abandonar

un lugar para la vida… y sonríe

mi corazón, envuelto en acertijos

históricos y pañales académicos.

Los polluelos crecen y deberán volar:

como yo vuelo, pronto, quizá

como nunca antes, otra vez.

Rebano contra tiempos

en la esfera culminante de los otros

porque en cinta está mi futuro

de una alfombrada señal

que es facto saltimbanqui.

Aventura ahora el insomnio

nuevos salones y viejos ojos

leyendo, aventura paseos,

personas, indagatoria nueva

que es vejez por ser olvido.

Y este nido de aquí es la metáfora

del nido que tuvimos, pero también

realización del nido temporal —abandono—.

Repito contra mi pecho

el signo de una primavera

quinceañera donde bailé

como nadie y entre los fetiches

del sol y de la tierra, del agua

y la madera, esparzo nostalgia

como si comprar tamales de elote

no fuera ya un símil del hogar.

Consanguínea mi paranoia y terror,

mi depresión, mi tristeza, mi ruindad,

emiten una sinfonía monocromática

pero que es la marcha previa

al horizonte nuevo, al vuelo

de los polluelos, próximo.

¿Vivirán? ¿Viviré? Sueño

con una esperanza que no sea política

como si de las fauces de la tragedia

mi destino pariera indómitos festines

luzanianos, literarios, provincianos.

Me voy y en el pórtico de esta casa,

nuestra casa Emi, Lu, Mague,

hay un nido donde unos polluelos crecen.

Vuelo pronto, también, con pendientes

y adeudos morales, con el tino prístino

de un gemido y ese poema de historiadora

que es mi más valioso tesoro, al fin…

Al fin llega un verano y suplanta ese verano.

Llega un ave, confía, arma su nido, sus polluelos

están ahí y les doy avena y temo que su madre

sea cazada por un gato,

que muera de pronto;

me invade la aprehensión de la vida

y los polluelos pían inclementes

—hambrientos y ciegos—

pero el nido soy yo también:

un lugar donde nacer es propicio

y volar la próxima estación del panorama.

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