Tormenta intelectualista

El extravío personificado en una cópula ideológica, simbiosis aglomerante de estruendos falaces, como esa tautología del colonialismo etnológico, no es más que la complicidad del etnocentrismo de ida y vuelta. Decía Clifford Geertz que se debía refigurar el pensamiento social. Yo no soy un lector agudo ni hábil ni tradicional. Es más mi soberbia intelectual que mis alcances ciertos. No soy disciplinado. Carezco de información. No tengo en mi haber una posición conspicua respecto al conocimiento. De niño quizá hubiera sido todo distinto. Me hubiera dedicado a las artes marciales. No sé, era buen deportista.

Pero en el afán de revocar mi estructuralismo, ya en este estado de mi personalidad que es la anacronía postinternética, se yergue mi tabaquismo y un afán roto, esa rotura, pentasexualista. Y me falta el don apacible para afrontar al héroe de las mil caras, me falta la posibilidad mitológica del ser, me falto la plurivalencia trascendida de lo nacional. Las fronteras mías han sido introyecciones del complejo edípico suuturante de mis acosos imaginarios. Porque en el fondo quizá también me gustaría escribir la historia de la pornografía, que ya otros escriben. Me gustaría también dejarme orientar por una psicoterapéutica mayor, pero no, aquí, me enfrasco, en este reclinar el tiempo en una lógica infértil, binacionalismo hispano-mexicano.

No es leer y escribir o hablar y escuchar la facultatividad de una dualidad absorta. Por el contrario es más bien el hito dialéctico que irrumpe invitándome a ninguna mis adquisiciones cognitivas. en el fondo de mi autohistoriografía no hay más que un mujer emblemática, que recuerdo como modelo de play boy o victoria secret, que no es real. Y vengo aquí y vomitar unos cuantos libretos, libros, palabras, atravesadas por mis ojos. En mi paladar narcisista promulgo una intentona ya caduca de desobejetivar el materialismo histórico, pero nunca he querido desdialectizar el materialismo. Desfiguro entonces la tradición desconocida y en cambio, dado que no leeré a Marx ni seré marxista, involucro mi andar intelectualista en la desproporción áurea del instante. Y el instinto me hace padecer la necesidad de afecto, de piel, de lengua, pero de esa lengua que fue la de Garcilaso o la de Góngora, esa lengua que fue la de los primeros neanderthales, esa lengua de fuego, Sioux, pero también de los jesuitas Checos en la baja California. Estertor el signar frases de realidades abyectas, abyección este torbellino que no hace más que pendular entre lo postmoderno y lo prepostneoreoximorónico. Falta tanta vida y es tan largo el olvido, no es así entonces como la vida se alarga, aunque como dijeran por ahí no importa.

Ya es tiempo de desusar la insignia de mi nombre.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s