31 de julio de 2002

Grité, grité, grité

grité desgarrado

grité, con la mente

resquebrajada, grité.

Tu nombre era mi mensaje

¿cuándo alguien

me ha escuchado?

Tarde fue demasiado pronto:

perderte seguridad de mi vida

¿con nuestros amores imposibles

de vidas pasadas, también imposibles

eternamente, viviremos?

Grité, una, dos, tres, Dariana te amo.

En vano,

grité,

torcido

del alma,

rengo sin ti por ti.

Contra el mundo, grité.

Absorto en un dolor indescifrablemente

inexplicable, grité, como un niño

abandonado, en el fluir constante

de todos los tiempos.
Mi grito fue mal interpretado,

a menudo, mi voz, mi hacer

con palabras, carece de sentido.

Y contigo —ya no grito

pero lo hice por años—

Aprendí a escribir

una geografía dolorida y solitaria.

Grité, grité, grité,

como si fuera pedir un deseo

al universo, grité hasta el silencio,

tu nombre, Dariana te amo, grité,

sin miedo. ¿Es Dios quien escucha?

Entonces una pesadilla, ya más realidad

que fuga onírica, fue más concreta

más cierta, más destino ridículamente cruel

sin que pudiera amar algo,

alguien, que eras tú, Dariana por los

minutos de los años estos sin un nosotros.

El día que Juan Pablo II canonizó

a Juan Diego.

 

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