De la indigencia académica y la dificultad de ser un polígrafo

Cuando ingresé a estudiar historia en la Facultad de Historia de la Universidad Veracruzana en el año 2012 me denominaba indigente académico. Después de dos intentos de carreras no me queda más preciso otro rótulo. Y en ese ser escritural que representaba para mí la indagación imprecisa de autores y secuencias, de ese ímpetu quebradizo de mi escritura, extraviado entre regiones intelectuales variadas, podía decir que tenía algo de poesía en mi haber. No distinguía mucho entre la complejidad de versificar mis emociones y entre un prosaísmo escualido. Me extraviaba siempre entre la compleja trama de mi frustración antropológica y mis búsquedas literarias. Me perdía siempre intentando proponmer un itinerario intelectual.

En 2010 murió Carlos Monsiváis y por ese entonces yo estaba teniendo un acercamiento con el maestro Sergio Pitol. Cuando murió Monsiváis entró en mí un sentimiento profundo, relacionado a la muerte de mi madre, quien trabajó junto a él y otros destacados intelectuales en el Castillo de Chapultepec. Estaba completamente destrozado. Fui a un café en el centro de Xalapa, La Naval, compré hojas blancas y una pluma y me puse a escribir. Mi ensayo esperpéntico se tituló De la heroicidad e idolatría literarias o del arte de combatir con la voz. A propósito del deceso de Carlos Monsiváis. En ese ensayo, que al terminarlo entregué a Pitol como una muestra de mis “afanes literarios”, me propusé un programa intelectual derivado de tres hechos de muy dudosa realización en aquel año del bicentenario: la realización de una compilación de las obras de mi madre, efectuar la investigación sobre el conocimiento de Ignacio de Luzán en México y terminar de escribir mi novela. Este programa lo cumpli cabalmente entre 2016 y 2017. Al tiempo me convertí en historiador. Además ese ensayo fue leído por un gran y querido amigo librero que también se llevó este 2018: Eugenio Palomo, quien después de eso me obsequió el librito sobre vampiros escrito por Vicente Quirarte y me denominó escriba.

Polígrafo es un término amplio, que quizá me queda grande. Y quizá no por publicar o intentar hacerlo sea válido mi reconocimiento como hombre de letras. Si tuviera que enunciar lo que me falta leer para poder adscribirme a una corriente de pensamiento o para conocer una tradición literaria o para poder adjudicarme ciertas paternidades o distingos, creo que mi perfil intelectual sería más bien nulo. Pero sí he escrito poesía, aunque para los poetas que conozco no sea de gran relevancia mi trabajo. He escrito ensayo, también. He escrito novela. Y al final lo que subyace es el problema de los géneros.

Ahora estoy en el meollo de una crisis de identidad: soy estudiante de posgrado en una institución prestigiosa, publico mis ensayos en España, dejo morir mi blog, deambulo por un proyecto de investigación muy poco clarificado. La indigencia académica me orilló a realizar una que otra hazaña escrita, mi profesionalismo académico se va construyendo. ¿Soy consciente de las dificultades de abarcar la poligrafía? Lo veremos.

 

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