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Atisbos de autor autodidacta

Leído el 20 de julio de 2018 en la biblioteca Luis González y González del Colegio de Michoacán

El libro que presentamos debería llevar el subtítulo Ensayos de juventud. El primero de los trabajos que lo componen, mi ensayo sobre la educación en México antes de la transición democrática foxiana, es una huella de inocencia mezclada con inmadurez. ¿De qué juventud hablo? Cuando tenía 15 años en 1997 escribí una tesis para poder obtener la cinta negra primer dan de Tae Kwon Don. Un año después escribí otra tesis para mi examen de segundo dan, al que renuncié tiempo después por diferencias con quien era y fue mi maestro. Mi hermano Emiliano dice que esas dos tesis son también parte de mis primeros ensayos. En el año 2000 ingresé a la Universidad Autónoma Metropolitana de Iztapalapa a estudiar antropología social. Un año después me vi presentando una ponencia en Yucatán, el segundo de los textos de este libro. Mi madre Margarita murió en noviembre del 2000 y fue demoledor. Tardé más de 10 años en entender que valía la pena vivir. En el 2002, en pleno foxismo democrático, viví mis primeros episodios psicóticos por atacarme de drogas psicodélicas. Me quedé en un viaje de LSD y perdí todo, excepto quizá una suma de dinero en el banco derivada del seguro de vida de mi mamá, con quien en mis últimos semestres de la prepa, cuando ya deseaba estudiar humanidades, conversaba sobre Monsiváis y sus correrías intelectuales en los años setentas del siglo pasado. En el año 2008, fui hospitalizado en una clínica psiquiátrica y comprendí, finalmente, el valor social de lo institucional. En esa clínica conversé por última vez con Augusto Urteaga, el padre de mi hermano Emiliano, y me contaba del proceso de sudamericanización —por la violencia, los paramilitares y el narco— que se agudizaba en México para quién los premios literarios no eran síntoma de bien estar estético ni eran importantes. 2008, ese lejano año de las olimpiadas en China. No quise entender en un principio que debía dejar de drogarme. Mis padres, la mencionada y el oncólogo Rafael, vivieron la psicodelia, fueron de fiesta, profundizaron en la liberación sexual, mantuvieron altos standáres profesionales, y obvio que era bien visto fumar el primer porro, beber la primer cerveza, salir con la primera novia, ser un clase mediero en la Xalapa de Patricio Chirinos y Miguel Alemán hijo.

Cuando troné la primera vez quedé enloquecido y obsesionado con una chica. Aluciné que la televisión controlaba mis impulsos eléctricos, mis actos y mis pensamientos. Creí ver a Sandra Bullock manejando un auto en la ciudad de México y voltear a verme con cara estúpida de asombro. Intenté seguir en antropología pero desistí. Volví a Xalapa en 2004, después del fracaso citadino a pelear con mi padre. Un año después decidí volver a las aulas y estudié lengua y literatura hispánicas en la Universidad Veracruzana. Y otros desencuentros me orillaron al camino conocido de los excesos hasta que volví a tronar.

Recuerdo que los baños del psiquiátrico no tienen división entre sí. A la hora de las necesidades todos se ven unos a otros. Recuerdo que la enfermera a cargo me dijo: olvide todo y siga su vida, usted no está loco Rómulo. Pero en el año 2002 fui a Japón y Corea del Sur, con mi familia paterna, por el mundial de Foot ball. Ahí enloquecí, ahí grité que me llevaran al psiquátrico, ahí, en esa cúspide de la civilización oriental, me convertí en nadie.

Entre mis carreras aprendí, a la mala, que podía publicarse algo de lo que escribía. Y gracias a personas que ahora me son indeseables publiqué unos poemas, estuve en la Feria de Minería, me sentí grande, pero me empequeñecía siempre.

Todo este tiempo, como desde los 10 años, escribo. No he ido a escuela alguna para tildarme de escritor. Hace 40 o 60 años no existían la Fundación para las Letras Mexicana, La Escuela de Escritores de la Sogem o toda esa tribuna letrada de escuelas de paga o públicas para “convertirte” en autor. Son otros tiempos, claro está. Y en este escribir desde pequeño se extraviaron, gracias a una joven estudiante de letras que decía ser mi amiga, mis primeros relatos, a mano y mecanografiados, lo que ya cicatrizó, pero evoca dolor. Desde mi primer congreso siempre que he podido asistir a alguno lo he intentado y eso por varias razones: para ir voy como ponente, me obligo a investigar y escribir, también lo hago para viajar y conocer otros lugares. Muchos de los ensayos de estos Retazos son ponencias o trabajos académicos. Otros son más bien desfiguros, escritura automática, esbozos reflexivos.

En el año 2004 murió mi abuela paterna Lourdes, la antagonista de mi madre, con quien compartí sus últimos días. Uno de los trabajos es un homenaje a ella, a su vejez, al recuerdo de su amor por mi abuelo y su tocar en el piano a Agustín Lara, María Grever o José Alfredo Jiménez.

Hasta el año 2010 todo fue un acento en la ausencia y la muerte. Ese año don Sergio Pitol, recientemente fallecido, me permitió acercarme a su vida, me abrió las puertas de su casa, platicó conmigo, con la dificultad que eso representaba por su afasia crónica progresiva, me obsequió libros, me impulso y me dio confianza cuando ya nadie ni nada me la podía dar. Gracias a él estudié historia en la Universidad Veracruzana, gracias a él pude tener claridad respecto a mantener mi esfuerzo escritural, gracias a él logré aprender un poco de ópera, gracias él supe cómo comer alcachofa, gracias a él conocí a Lubitsch, gracias a él volví a ser humano. Pero no todo fue miel sobre hojuelas. Me mantuve bien, estudiando y trabajando, al lado del antropólogo Mariano Báez, primero, y después con la estudiosa de literatura Elizabeth Corral. Escribía blogs desde entonces. Tuve un periodo creativo que debería tildarse de pornográfico aunque para mí era hacer pornopoiesis, término inacuñable. Y cuando ví que necesitaba ser algo más serio que un simple reproductor cultural, que me importaba la vida académica, que quería construir un futuro más o menos estable, deje esos delirios sexuales y de mujeres desnudas, exuberantes, voluptuosas, operadas. Porque otro de los ensayos de homenaje de este libro, el más irreverente, psicótico, desquiciante, cuanta bien a bien mi iniciación cuando niño a ver pornografía por tres machines mexicanos. Pero también en ese ensayo, que leyó Pitol y que me abrió mucho más las puertas de su vida, me propuse un programa cultural, intelectual y literario que he cumplido: concretar una investigación explicativa sobre Ignacio de Luzán en México (la cual se mantiene en píe y construcción hasta el presente), recopilar las obras de mi difunta madre (ahora editadas por la Universidad Veracruzana) y terminar de escribir mi primera novela El olvidado Imperio Natdzhadarayama. Tres cosas que cumplí en orden distinto, pero que fueron el motor para impulsarme a vivir entre la muerte de Monsiváis en el 2010 y mi titulación como licenciado en Historia en el 2016.

No puede faltar en el libro de retazos mi adoración por la poesía como tampoco falta lo oriental ni lo marxista, falso o frustrado. No faltan páginas de obras relevantes escritas por mujeres, ni faltan el existencialismo, cierta filosofía cultural, cierto cúmulo de lecturas, distorsiones historiográficas, equívocos interpretativos, plumazos y un largo además de otras cosas.

Ahora aquí en el Colegio me siento agradecido por la buena intención y recepción de la idea de presentar mi libro, mis retazos. ¿De qué juventud hablo? La juventud de un junior frustrado, de un raro, de un joven que dilapidó horas y monedas, papeles y lágrimas, en correrías que pudieron costarle la vida. Hablo también de una sobrevivencia, ya visto desde el presente. Toda la culpa o el temor a la crítica o el miedo a ser políticamente correcto o incorrecto se plasman en la oposición de exhibir mis ensayos.

No tuve educación religiosa, a duras penas fui bautizado. No he leído la biblia. Mi abuelo materno era ateo, mi abuela Lourdes tenía una bendición Papal y un retrato de Guizar y Valencia en su cuarto. Mi madre fue guerrillera en Chihuahua, participó en el asalto al cuartel Madera. Mi padre es oncólogo y ha tenido 7 hijos con 4 mujeres, uno de ellos no reconocido. Todo ha sido siempre una contradicción en mi vida, excepto quizá este presente que hoy es mío. Dicen unos grandiosos amigos xalapeños venidos a menos que tengo buenas raíces. Creo que sí. Desde niño no dejo de escribir, para bien y para mal. Pitol me dijo que era un don, yo creo, además, que es un ejercicio, como correr o hacer sentadillas. En abril murió Sergio, la última vez que lo ví fue en el hospital en 2016. Mi libro, este libro de retazos que ahora presentamos, salió al público el 11 de abril, un día antes de su muerte el 12 de abril. El 13 de abril cumple años Emiliano. Tengo una hermana, mi única hermana carnala, Luisa, a quien admiro. Me arriesgo a esta semblanza autobiográfica porque al final estoy convencido de que escribir y leer es vivir, compartir y soñar. No he leído a Cervantes y mis empresas intelectuales quizá sean quijotescas. Al final mis escuelas literarias han sido las aulas de las universidades públicas. Cuando salía de la prepa se me antojaba irme a estudiar antropología a Columbia en New York y no lo hice porque no quise pedirle nada a mi padre. Al final la vida con la muerte de Margarita me dio todo lo material para poder irme, pero me quito todo para querer vivir. Y hoy, aquí, puedo sentir mi deseo de vida, que comparto con ustedes. Las piezas, los retazos, de mi vida, son más que letras, anécdotas, investigaciones, momentos, búsquedas. Son ya huella dejada al libre fluir de las audiencias, son ya testimonio de mi gran época oscura, son ya luces, estrellas, en la constelación sideral de una existencia en el México presente. Dicen por ahí que soy privilegiado, yo creo que el privilegio es nacer sietemesino, luchar por la vida, sobre vivir las drogas y la muerte materna, erguirse con  propósitos valiosos y salir al mundo,  aunque sea parlotendo boberías, para ser alguien trascendente, en lo ínfimo, lo mediano y lo grande, después de ser uno menos en la despersonalización desquiciante de los infiernos posibles en el Veracruz de Fidel Herrara y el México de Felipe Calderón.

Toda la vida mi madre dijo que yo no sabía escribir y fue hasta ese ensayo sobre educación que su opinión cambió un poco. No sé qué diría de lo que escribo, no sé qué opinaría de que sea historiador o de que estudie a Ignacio de Luzán, no sé que diría de mis despilfarros y mi dilapidación, no sé que diría de lo que escribo sobre ella. Sé que tal vez sea sería una típica madre mexicana, orgullosa de su criatura en lo que tanto y tan bien hacía ella. Quizá sea estéril imaginar qué diría Margarita si estuviera hoy aquí. Sé que su espíritu me acompaña y que hoy sentiría que finalmente su retoño comienza a emprender el vuelo en este oficio de la escritura.

Infinitas gracias por estar aquí.

Zamora de Hidalgo, Michoacán de Ocampo, México América del Norte

A los 19 días del séptimo mes del décimo octavo año del tercer milenio después de la crucifixión

Rómulo Pardo Urías

 

 

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