Blogging poetico

Tiempos de depresión: apuntes sobre las vicisitudes de una crisis epistemológica (2008)

         

              Introducción

El pasado enero del año en curso (2008) como parte de mis asignaturas dentro del plan de estudios vigentes de la carrera de lengua y literatura hispánicas, incursioné junto con otros compañeros del denominado MEIF, a esta experiencia educativa que lleva por nombre Seminario de Tesis 1. Convencido estoy de qué al tratarse ya de una experiencia educativa que perfila la conclusión de los estudios, más de uno de nosotros quedamos apabullados por distintas razones, pero siento, que por una en común: enfrentarnos a lo que es un proceso de investigación institucionalmente válido. En mi caso, terminé por abandonar dicha experiencia educativa junto con el semestre Enero-Julio 2008, entre otras razones por una catastrófica crisis emocional derivada de dos situaciones concretas: mi bloqueo en el ámbito creativo, y una severa crisis epistemológica. Durante esos días, me quedaba muy clara la primera de las razones enunciadas; la segunda fue descubierta a penas está tarde y sin perder más tiempo, me interesa mucho dar cuenta de ella, también por diversos motivos. En primer lugar, convencido de una postura intelectual personal pero también de una apertura crítica y académica, he logrado detectar una serie de insuficiencias y carencias dentro del ámbito institucional de la facultad de letras, lo cual no quiere decir en ningún momento que dude y ponga en duda el desempeño del cuerpo docente de la misma. En todo caso, lo que sí pongo en duda es la capacidad de articulación, mediante una experiencia de enseñanza y aprendizaje, del proceso de investigación. A investigar se aprende investigando. Considero que hay, por lo tanto, un abismo de distancia entre juzgar al cuerpo docente de la facultad de letras españolas de la UV y poner en el renglón un componente básico dentro de la producción del conocimiento mediante la siguiente pregunta, ¿qué es investigar?, o mejor aún, ¿qué es investigar en los comienzos del siglo XXI? Al poner estas preguntas sobre la mesa de discusión, estoy convencido de una realidad innegable y avasalladora que subsiste aún en tiempos de virtualidades exacerbadas: ¿hay una única forma de perpetrar el conocimiento? 

     Si mal no recuerdo el siglo XIX fue, en muchos aspectos, un momento de apertura a distintas manifestaciones y expresiones del conocimiento. Sin duda, esto permitió la creación de una multiplicidad de ciencias que encontraron validación a partir del contacto con aquellas formas novedosas de conocer, pero sobre todo, validadas en términos inusuales hasta entonces. Hablo de la sociología, de la psicología, de la antropología, de la lingüística, entre otras más, que posibilitaron el desarrollo del conocimiento que fuera sustento y matriz del próximo siglo XX. Para E. Wallerstein esta situación, que conformo lo que ahora llamamos ciencias sociales, se desprendió de una crisis de la filosofía en esos tiempos, crisis que planteaba nuevas formas explicativas y de acercamiento a problemáticas evidentes y constatables dentro de la experiencia humana. Por si eso fuera poco, la constatación posterior de la validación del grupo de saberes desprendidos de disciplinas como las mencionadas, fue cause y causa de revoluciones intelectuales que partieron, a su vez, de alguna de las fuentes de inspiración teóricas del siglo XIX: marxismo, positivismo, hermenéutica, por nombrar solo tres de las que recuerdo ahora. Sin embargo, no todo fue color de rosa ni tampoco fue logros y acrecentamiento civilizado. En ese sentido, considero que el conocimiento, además de ser un constructo y herramienta de la humanidad, tiene dimensiones políticas que aún no es posible dimensionar del todo. Si bien N. Elias nos puede ofrecer una lectura como Conocimiento y poder, no es necesario sino acercarse a una fuente literaria como La odisea, para corroborar el hecho del poder del conocimiento, representado sin duda, por Odiseo y su relación con Palas Atenea. 

     Volviendo al punto, las llamadas revoluciones científicas de Kuhn fueron, independientemente de su lectura, campo de cultivo fértil para que la filosofía retomara una senda que, con el planteamiento kantiano según mal lo recuerdo, parecía sucumbir a una síntesis irrevocable. Lo que busco enfatizar es que después de una crisis, viene un momento distinto ya sea de superación o de estancamiento, pero por lo común, puedo afirmar que se trata de un momento de transformación. Y dentro del plano del conocimiento, quizá sea más complejo y difícil poder observar las crisis y las transformaciones, puesto que el conocimiento no se construye, según lo entiendo, de manera definitiva ni mucho menos esporádica, sino que responde a necesidades diversas, ya sean practicas o pragmáticas, ya sean científicas o tecnológicas, ya sean teóricas o descriptivas, etcétera. No hay, por lo tanto, un programa unívoco del conocimiento, no hay una meta unívoca del conocimiento, ni hay un método exclusivo para la reproducción del conocimiento —comprendiendo por reproducción no la acción de ponerle play a un reproductor de MP3, sino la de reproducir en un sentido biológico, en el sentido de engendrar—. De no ser así, Dilthey no habría si quiera pensado en la distinción entre ciencias del espíritu y ciencias de la naturaleza, dicotomía que desde distintos planteamiento teóricos e intelectuales, corresponde a un primer campo de delimitación del conocimiento, aquel que distingue a las ciencias duras, exactas, de las humanidades y las ciencias sociales, sobre todo a raíz del factor experimental de las primeras frente a las segundas carentes del mismo. Claro está que tal distinción en nuestros días deberá quedar sujeta a un amplio debate epistemológico, que por mi parte desconozco y del cual no tengo sino las nociones hasta aquí mencionadas. No por ello desisto de la empresa que significan estos apuntes, puesto que he llegado al punto central de esta introducción, la reflexión epistemológica que me condujo a la crisis de esta primavera y la visualización de la resolución de tal crisis este otoño.

              Reflexiones epistemológicas personales: un acercamiento a mis lecturas

Recuerdo con claridad que allá por el año 2002, bajo la inquieta mirada de la incursión al ámbito de la antropología fue me que me pude plantear la necesidad de construir un método de acercamiento a los problemas sociales, método que no derivo sino en lecturas dispersas que fueron conformando una modesta biblioteca. Dentro de esas lecturas puedo decir que hubo textos teórico-filosóficos, textos literarios, textos de disciplinas variadas como antropología, sociología, historia, psicología, economía política, y algunos más que no recuerdo bien a bien. Lo cierto es que de entre todas esas lecturas, realizadas en mayor o menor medida, las propias del campo de la metodología fueron haciéndose cada vez más ausentes, cada vez más distantes, gritando las carencias que años después, seis para ser exactos, conformarían la crisis que da forma a estás anotaciones parciales. En ese sentido, comprendo que fueron seis años de lecturas intensas y extensas, de indagaciones y pesquisas variadas, de aproximaciones distintas al conocimiento partiendo de intuiciones y de hipótesis construidas al tanteo. No quiero decir con esto que esa sea una forma equivocada de plantearse un trabajo de investigación, lo que trato de poner en claro es que a mi me condujo a una crisis de orden epistemológico, es decir, a una reflexión disciplinaria que me arrastró a un callejón sin salida. Pero aclaremos.

     La situación concreta fue que al verme en la necesidad de plantearme un tema de tesis, no contaba con la maduración intelectual para hacerlo, mientras que había logrado encontrar mi objeto de estudio. Se trataba, y se trata, de un tratado de literatura española escrito por un humanista del siglo XVIII, Ignacio de Luzán. En todo caso, lo que no pude ver antes y ahora contemplo con nitidez es que acercarse a un texto como este plantea una dificultad mayor por el simple hecho de que hay una multiplicidad de líneas de investigación que no pueden ser abarcadas de una sola vez por todas. Ese punto de mi incursión en el conocimiento, el de la posibilidad de ver un objeto desde distintas perspectivas, fue el que me condujo, sin lugar a dudas, a la crisis de la que hablo, puesto que: ¿cómo poder distinguir un estudio filológico de uno de crítica literaria cuando se tienen nociones tanto de una como de otra? ¿cómo distinguir un acercamiento antropológico de uno sociológico? ¿cómo diferenciar el análisis lingüístico del propio de la filosofía del lenguaje o del filosófico mismo? Peor aún: ¿bajo qué principios organizar el conocimiento adquirido en seis años de lecturas variadas sin contar con algún faro orientador en estos tiempos denominados por varios postmodernos?

     En fin, la crisis se suscitó y yo sucumbí a ella, pero no al deseo de claridad. Así, un buen día, avocándome a retomar el estudio de la poética, me vino a la cabeza un impulso que fue clarificador: la posibilidad de realizar un análisis del discurso interno del tratado dieciochesco. Por consiguiente comencé a retomar algunas lecturas mal hechas sobre análisis del discurso y sencillamente comenzaron a surgir las conexiones internas en mi memoria: me quedó claro que para poder tener un tema y campo de estudios delimitados, primero debía delimitar mis propios conocimientos, identificarlos, distribuirlos, y no querer condensarlos en el estudio de ese texto; segundamente logré ver que el texto de Luzán condensaba una serie de inquietudes personales que no podían plantearse de manera sencilla ni mucho menos rápida, y que me obligó a tener un proceso de maduración intelectual mayor o menor; en tercer lugar pude ver que para alcanzar a plantear un estudio de La poéticame resultaba preciso desentrañar aquello que había logrado ver en ella que me había fascinado desde un principio, por lo que me resultaba indispensable hacer frente a mis apuntes y notas incipientes sobre la línea de investigación que, sin darme cuenta, ya había empezado a construir. Por lo tanto, sin mayor esfuerzo, pude darme cuenta de que mis planteamientos iniciales estaban equivocados debido a supuestos y a prejuicios que no me permitieron ver con claridad los acontecimientos internos que se suscitaban en mi saber, en mi proceso de construcción de conocimiento. En ese sentido, el bloqueo intelectual me condujo a no saber la forma de expresar mis ideas, mis inquietudes y mis deseos verdaderos para fundamentar y defender mi posible estudio. Sin embargo, después de algunos meses logré tener el momento de reflexión que me permitió distinguir, en mayor o menor medida, que dentro de las lecturas realizadas por mi parte, algunas asimiladas y otras por asimilar, era necesario poner en claro la pertinencia de cada rama del conocimiento que había explorado hasta entonces. Fue así que me decidí a realizar estos apuntes, sin que por ello presuma o intente demostrar que no han quedado aún ciertas lagunas que en el mejor de los casos he de llenar con el proceso de investigación que ahora tiene mayor organización.

              La crisis epistemológica de un joven: ¿método o multidisciplina?

Hasta aquí he tratado de ser fiel a los hechos. En cierta forma creo que el planteamiento divergente en mi caso fue el de pretender hacer indagaciones dispersas, que para bien y para mal, fueron constituyéndose en mi acervo de lecturas. En ese sentido he logrado conformar un grupo de conocimientos relativos a diversas disciplinas que puedo agrupar a partir de escuelas distintas unas de otras: una escuela de conocimiento alemana, una escuela de conocimiento francesa, una escuela de conocimiento española, una escuela de conocimiento mexicana y latinoamericana, una escuela de conocimiento norteamericana, y algunas escasas incursiones en otras escuelas como la oriental y de estudios orientalistas por mencionar una de ellas. En esta agrupación de escuelas he logrado hacer indagaciones de mayor o menor profundidad pero no he logrado aún establecer debates y discusiones entre unas y otras, sobre todo porque no he sabido plantearme una actitud frente a dichas posturas del conocimiento. De tal suerte me declaro víctima de la fragmentación y de nociones muy generales, pese a tener algunas lecturas críticas que organizan mi ideario personal. Creo que si bien he perseguido tener panoramas más o menos generales del quehacer de las escuelas mencionadas, desde los puntos de vista teóricos provenientes del siglo XIX, mencionados anteriormente, no he logrado hilar de manera final mis conocimientos. En todo caso, me encuentro en la dicotomía entre modernidad y postmodernidad, en la medida en la que naufragué a la fragmentación del conocimiento pero bajo el intento fiel de mantener un orden de lectura. Dicho orden se ha establecido a partir de planteamientos amplios como lo son el debate entre modernidad y postmodernidad, el problema de las ciencias sociales, la validez y validación del conocimiento, problemas relativos al arte y el lenguaje, y últimamente la pertinencia de los discursos estéticos y el comentario de textos literarios. He aquí mis búsquedas y mis pesquisas, he aquí mi desorganización, he aquí el fruto de años de lecturas mitad pasivas mitad críticas, he aquí la cabeza de la hidra que ahora son mil y un cabezas deformes. Pero no todo está perdido. Creo que para bien y para mal los hechos me han conducido a este callejón, del cual espero salir bien librado.

     Por una parte, al confesar mi condición postmoderna estoy apelando a un estado conciso de las cosas que se deriva de la trunca idea de progreso: la fragmentación. Por otro lado, al aceptar mi condición moderna, mi falta de método deriva en la angustia de no encontrar una forma de aproximación delimitada y precisa, metodológicamente correcta, para la realización de un estudio concreto sobre lengua y literatura, actual campo de inquietudes e interés de mi parte. Así, navego en estas notas, pero con la consciencia y su claridad, con el espíritu que me ha permitido darme cuenta del fallo y del extravío, sobre todo, dentro del amplío laberinto del conocimiento: la caja de Pandora ha sido abierta y no me queda más remedio que aceptar los males y los sueños venideros.

              Conclusiones

Por mi parte he sido testigo de los cambios de actitud para con el conocimiento a raíz de la crisis descrita en estas páginas. Una de las conclusiones finales y de las más valiosas es la que se refiere a la composición de una metodología que según mi manera de ver, a expensas de la actual revisión de fuentes metodológicas que realizo, marca la distinción entre distintas disciplinas más que distintos enfoques. Otra conclusión valiosa es la del aspecto de organización de una investigación que según entiendo debe partir del conocimiento personal más sólido y concreto, menos que de intuiciones e hipótesis vagas o grandilocuentes. En todo caso mi labor contemporánea será la de encontrar los elementos que organicen y delimiten mi campo de estudio frente a un inmenso objeto de estudio como lo es La poéticade Luzán. Finalmente, debo agradecer a maestros y alumnos de la facultad de letras por su compañerismo y sus conocimientos, por su esfuerzo constante y por su dedicación, así como por formar parte de estos apuntes, puesto que la posible crisis interna de la facultad es también una situación de crisis en lo personal, mostrándose así una coyuntura inusual en cualquier trayectoria académica, más aún en cualquier trayectoria personal. En todo caso he de aceptar que mi crisis fue cartesiana, inevitablemente epistémica, inexorablemente crisis de mi saber.

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