Gramatopoeticografia y literatocentrismo alfabetocéntrico

Automecanografía 1

Aquí hay un tiempo fijo, hay una montaña, hay inmensos atisbos de silencio. Lo doloroso no puede romper el zurco de la esperanza. Conmovidas las entrañas del ser expanden su interior a una profusa dimensión: eternidad. Todos los caminos que dijeron llevarían a Roma llevan a un profundo mar de podredumbre. Así, años son estiercol y cenizas, días escriben en nuestra mirada su tiento y su vértigo, asomos al sopor de los instantes. La tranquilidad se pierde como hoja de papel en la lluvia. Lo pensaste demasiado, ¿sabes? Es un eco de los complejos atómicos derivados de las modernidades, sí, lo plural no es lo social. Unitariamente perdíamos los aromas en las cejas de las prostitutas, sí, levanta pirujas, menor trance, más escándalo, fértil nostalgia.

Una vez hubo mitades de amores que se rompieron en esquirlas de sentimientos y al final de la vida habían almacenado diarios y diarios de miles de páginas sobre el hecho del coito. Al final todo fue un predicador encarcelado, al final no es una estadísitica más, al final todos los años son ahora distintos porque si nos desquiciamos por dentro desquiciamos el afuera. Todo conspira como síbilia de sílabas que se aterran ante el impacto de unos besos. Todos caemos, siempre, en el sueño, tenemos lugares fantásticos, ideas recurrentes, somos inconsciente, siempre, eso que nos manda a la tienda por licores y venenos pero que al final de los años nos convierten en una especie de vícera en salmuera.

El cómo de los abriles olvidados nos persigue, nos atañe, nos amarra. Estamos aquí, en el compás exacto de unos torpedeados ojos, de unos senos, de una cicatriz que evoca los axiomas precisos del desconsuelo. Nos escondemos, nos fatigamos, nos hacemos el amor ¿y qué? Cada vez es como el final que comienza para no terminar, pero termina cuando empezamos a ver que ya es fin lo que nos indica el tramo del dolor. Porque al cabo de las galaxias nunca hemos sigo vestigios ni de los fuegos hemos sido las hogueras. Porque un día una boca linda te dice que te ama y al otro una boca terca te dice que te vas a ir a la chingada, como otra vez una boca ruda te dirá: si quieres te mato.

Nunca es tarde, nunca es suficiente, nunca porque acabamos enfrascados en prosas filosóficas inservibles, con lógicas tautológicas, con irrevocables designios de neologismos que no ayudan a nada, porque todos los días estamos hartos del payaso que somos pero nunca dejamos de serlo.

Adentro, en el margen superior izquierdo de nuestro corazón, hay un resorte que nos impele a la acción. Afuera, en nuestra glande, nos encontramos huérfanos y desamparados porque terminamos actuando con la lujuria y el erotismo y no con la razón. Porque no tenemos moral, porque no tenemos valores, porque nuestra axiomática del caos nos induce al error, siempre, siempre, siempre ahí.

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