Distorsión visual o de la irreverencia del pastiche fotográfico y su sátira

Amorfismo

Todas las perversiones que acompañan mi talento son efímeros retruecanos enquistados dentro del maremoto de mis instintos. Sí, cuando perdí la inocencia creí que todo jamás sería igual. Caminé por archipiélagos de tres continentes, poderosos, portentosos, inquebrantables. Navegué por horas para cruzar el Egeo, el Caribe, el mar de Cortés. Todo fue inútil. Siempre terminé perdiendo la constancia, terminé exhausto por los pasadizos de mi lenguaje desquiciado. Una vez cuando de pequeño me atreví a quitarme la playera en mi escuela terminé regañado.

Siempre he sido un inmoral, un libertino. Pero no soy malo, supongo, hago cosas malas para otros.

Y tenía la puerta de entrada el mundo y a la vida farandulera. Lo dejé, lo omití, tuve consciencia.

Cuando de pequeño veía la revolución con esos tintes románticos, como si fuera un burgués en 1789 en París, no creía que la vida fuera tan difícil. Al final uno mismo se impone sus dificultades.

En 1991 hice un viaje a Paquime, una zona arqueológica en el desierto de Chihuahua, en Nuevo Casas Grandes. Acompañé a mi madre y a su hermano mayor a un encuentro de antropología, arqueología y cosas de académicas sobre el sitio. Nunca lo olvidaré. Recuerdo también que por esos entonces en Chihuahua capital me enamoraba a diestra y siniestra de niñas. Siempre he sido un enamoradizo, ahora es más mi machismo incrédulo lo que me conduce a ser esta pieza de universo destrozado.

En 1994 veíamos el mundial de Foot ball por TV. Creíamos en TV azteca, que pasaba ALF, novelas colombianas y brasileñas. Vimos cómo perdió México contra Bulgaria en penalties. Siempre me acompañaron los deportes, hasta el 2002, del quibre. En el norte me gustaba jugar basket ball, era un vagabundo, un niño sin tutela, sin orden, divagante en videojuegos, en canchas deportivas, en rodadas de bicicleta. Todo eso quedó atras muchos años después.

Cuando te quedas en un viaje de LSD, cuando nadie más puede comprender tus dificultades para vivir, cuando terminas ahogado en la corriente —como dice el dicho camarón que se duerme se lo lleva la corriente— simplemente terminas a un lado del camino —y no sólo como la canción de Fito Páez—. Me gustaba escuchar rock argentino, mucho. Me parecía inmensamente radiante, asombroso, luminoso y tenaz. He dejado de escuchar música o la escuchó por intervalos. Viví en la Ciudad de México entre el 2000 y el 2003. Naufragué. Recuerdo brotes psicóticos caminando solo por la avenida Ermita Iztapalapa. Los edificios eran monstruos, las personas se sorprendían de verme. Caminé por Tlalpan hasta donde comienza en el centro histórico. Desorientado terminé en casa de la poeta Guadalupe Müeller. Ella me atiendo, me vió muy mal, me dió medicinas. Llevaba días sin dormir y esa tarde, con la guitarra negra que me regaló Gonzálo, pude dormir. Esa guitarra la perdí, como muchas otras cosas.

Del viaje a Japón trajé un abanico que obtuve en intercambi por collares tarahumaras y por un beso con una mesara muy linda japonesa. Traje una pieza de cerámica de un hotel, igual que robe las Enseñanzas de Buda, libro de cabecera de otro hotel. Todo eso se perdió. Del viajde de Corean Arilines obtuve una cucharita de metal, también perdida. Las fotos que tomé nunca nadie las vió, nunca fue importante mi visión de las cosas. Lo fue mi crisis. No pude volver a estudiar antropología y termié frustrado. Volví derrotado a Xalapa y pasé 13 años ahí. La ciudad de los hongos decía mi madre, la ciudad de mi padre, de los chiles xalapeños, de las tortas de vena, del chileatole. Sí, es muy drástico el recuento, muy a modo.

Las potencialidades de mi estilo autobiográfico no dicen mucho del resto de las cosas, son demasiado egóticas. En Xalapa leí cosas de Jung de la biblioteca materna. Me comprometí leyendo psicoanálsis, no sirvió de nada. Años después me psicoanalicé, eso sí sirvió.

Todo devenir constriñe el determinismo del ser a una apoplegía del sentido. Al cabo del silencio el simbolismo retuerce los escondites que elucubran memorias atomizadas. Si las lindes del tiempo me encontraron en el trance maniaco del quebranto el horizonte de la quietud me condujo a vibrar en frecuencias limítrofes. Estoy convencido de que mis esfuerzos parecen vanos. El mundo es un cubilete de elecciones, a cada momento decidimos. No hay esencias. Las apariencias denotan aparatosas maniobras que dejan helados a los maniquis de la memoria.

Ahora, años después, en este horizonte que devana los trepidantes instantes de la elucubración propia parece que los axiomas de una ética cierta, de una vida construida y tenaz, de un guardar silencio por respeto, quedan fuera de los instantes colapsados en fotografías viejas. También en 2002 conocí isla Margarita en Venezuela y todo era una decepción. Sí, soy un sobreviviente.

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