Gramatopoeticografia y literatocentrismo alfabetocéntrico

Ritualidades y orden interior

Toda la organización social, por más postmoderna o posthistórica que sea, conlleva una gramaje de ritualidad. Los rituales estructuran y vertebran la acción individual y colectiva. En mi caso el ritual de la escritura, que ha perdido voz y carácter en mi presente, es el que me permite acomodar la instancia interiores y dar paso a una sociabilidad y condición exterior. La ritualidad puede enmarcarse en el hacer conjunto, pero también se inmersa en el acto individual. No es únicamente una fórmula volitiva ni tampoco mental, sino que conlleva una dimensión práctica y ejecutoria y una dimensión simbólica.

Somos seres rituales, toda la vida, todo el tiempo. Nos marcan los hitos pequeños o grandes de nuestro andar, inscritos en conglomerados civilizatorios, en bloques y estructuras culturales y simbólicas. En ese sentido el ritual es mágico y religioso, pero también es semántico e histórico. Cada vez que decidimos inclinarnos por una preferencia o por una condición de ser en sí y en lo colectivo, la ritualidad nos recuerda que no somos más que piezas de un engranaje potenciador y abismal. En nuestra civilización occidental antropocénica el ritual parece haber perdido su eficacia pero en términos comunicativos y pragmáticos más que interiorizadores. Porque el ensamblar las piezas del rompecabezas vital cada día, cada momento, en nuestro proceso de adaptación a las constantes variables, ejercemos nuestro derecho a una ritualidad que nos desborda: desde el nacimiento hasta la muerte, transitamos por ritualidades que nos incluyen o excluyen de ciertos segmentos sociales, que nos inculcan o nos ahuyenta de ciertos patrones de conducta, que nos invitan o repelen de participar o no de ciertos segmentos socialmente construidos.

En mi caso he perdido el sentido del ritual escritural, he perdido la voz autorizada, interior, para condificar mis emociones. Inmerso en un desorden formal y en una constrictiva situación de estancamiento, el ritual de la escritura ha dejado de significar. Porque un tiempo escribir era algo como terapéutico, porque era una forma de exorcisar mis demonios. Porque en otro tiempo se volvió una disciplina, una constancia de juegos y jugadas. Porque ahora, en mi presente, escribir ha perdido el significado, ha perdido su ritualidad, como otras tantas instancias rituales que ahora no representan hechos en mi día a día. Porque también me encuentro tremendamente decepcionado por mis resultados como escritor público, porque me encuentro desilusionado, porque mis trabajos parecen no merecer un sitio en el mundo. Pero entonces el ritual de la escritura no debe depender de la condición pública y comunicativa de sus alcances sino debe retoñar, debe volver, debe transformarse. Como tomar café en la mañana, como cocinar, como ir de compras, en esta sociedad tecnócrata aún hay márgenes para la ritualidad que deben ir más allá de lo necesario, porque el ritual extiende las necesidades a ámbitos que dislocan lo cotidiano para embalsarma el tiempo en lo extraordinario.

El ritual de escribir, si quiero resemantizarlo, resignificarlo, no puede caer exclusivamente en el afán y el impulso por socializar lo escrito. La pérdida de la disciplina para escribir, el retomar el hábito, la capacidad de fluidez, el sentido y significado propio de una tarea tan occidental, no puede restringirse a un acto mecánico. Por el contrario, mi falta de sentido creativo, mi crisis escritural, mi no representación del presente, indican el camino de una no traductibilidad emotiva, de un bloqueo, de una imposibilidad para dar nombre a los hechos y las vivencias. Empezar con ese toque de consciencia es primeramente acomdar interiormente las piezas de una clave que se ha roto y que debe reensamblarse. Aquí, este sitio, debe fungir para eso, para la práctica, la ejecución, el ejercicio, el ser propio de mi acto creativo y escritural.

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